Mario Maldonado Espinosa (*)

Hablar de Yucatán es hablar de un estado que, desde hace muchos años, se ha convertido en un verdadero santuario de tranquilidad. Mientras en buena parte del país la inseguridad ocupa diariamente los titulares, nuestra entidad continúa distinguiéndose por ser la más segura de México, una condición que no es producto de la casualidad, sino del trabajo institucional, de la participación ciudadana y de una cultura social que durante décadas ha privilegiado la paz y la convivencia.

La seguridad es, sin duda, el mayor patrimonio de los yucatecos. Basta comparar los índices de homicidios, robos y otros delitos de alto impacto con los registrados en entidades vecinas como Quintana Roo y Campeche, o con otros estados del país, para entender por qué miles de familias voltean a ver a Yucatán como el lugar ideal para vivir. Aquí todavía es posible caminar por muchas calles con relativa tranquilidad, desarrollar actividades económicas con mayor confianza y disfrutar de una calidad de vida que difícilmente se encuentra en otras regiones de México.

A ello se suma la importancia de la infraestructura. Las carreteras conectan de manera eficiente buena parte del territorio; el Aeropuerto Internacional de Mérida fortalece la conectividad nacional e internacional; el puerto de Progreso continúa ampliando sus capacidades; además de que existen inversiones constantes en lo público y privado que impulsan el desarrollo económico del estado.

Sin embargo, sería un error pensar que todo está resuelto. Yucatán sigue enfrentando retos importantes que durante años han permanecido sin solución definitiva. La pobreza continúa afectando a miles de familias y aún existen comunidades con importantes rezagos sociales. De igual forma, la falta de empleos mejor remunerados obliga a muchos jóvenes a buscar oportunidades fuera del estado o aceptar salarios que no corresponden al costo actual de la vida o sus profesiones.

Paradójicamente, el mismo éxito de Yucatán comienza a generar nuevos desafíos. El acelerado crecimiento inmobiliario ha transformado el paisaje de numerosos municipios. Grandes desarrollos habitacionales y residenciales de lujo aparecen prácticamente en todo el territorio, impulsados por personas que desean establecer aquí su patrimonio y escapar de la violencia que azota a otras entidades.

Este fenómeno representa una oportunidad económica, pero también exige una adecuada planeación y orden. Más habitantes significan una mayor demanda de agua potable, energía eléctrica, movilidad, servicios públicos, escuelas y hospitales. Son precisamente el agua y la electricidad dos temas que desde hace tiempo muestran señales de insuficiencia y que requieren inversiones oportunas para evitar problemas mayores en los próximos años.

El crecimiento debe ser ordenado y sostenible. De lo contrario, el costo de la vida seguirá aumentando y muchos yucatecos podrían verse desplazados por un mercado inmobiliario cada vez más caro e inaccesible. El progreso no debe beneficiar únicamente a quienes llegan con mayor poder adquisitivo; también debe traducirse en mejores oportunidades para quienes han vivido y construido esta tierra durante generaciones.

No obstante, el desafío más importante continúa siendo preservar la seguridad. Esa es la verdadera razón por la que tantas personas deciden venir a Yucatán. Difícilmente alguien vendría por su clima o el intenso calor únicamente; lo que realmente atrae es la posibilidad de vivir en paz, criar a los hijos en un ambiente seguro y desarrollar proyectos personales con mayor tranquilidad.

Precisamente por ello resulta inevitable preguntarse cómo es posible que importantes líderes del crimen organizado sean detenidos en territorio yucateco o que ocasionalmente las autoridades descubran propiedades con decenas de vehículos de lujo vinculados a actividades ilícitas. Estos hechos obligan a mantener una vigilancia permanente y a reforzar las estrategias de inteligencia para impedir que organizaciones criminales encuentren en Yucatán un lugar para operar o esconder recursos obtenidos ilegalmente.

El desarrollo económico siempre será bienvenido, pero también debemos reconocer que, junto con las inversiones legítimas, pueden llegar intereses vinculados al dinero ilícito y a actividades delictivas disfrazadas de oportunidades de negocio. Ese riesgo no puede minimizarse ni ignorarse.

Los yucatecos tenemos derecho a preguntarnos cuál será la garantía de conservar la paz que hoy disfrutamos y qué medidas deberán tomarse para evitar que la delincuencia avance al ritmo del crecimiento económico. La respuesta debe encontrarse en instituciones fuertes, autoridades vigilantes y una sociedad comprometida con la legalidad.

Sigamos construyendo un Yucatán donde el crecimiento económico, las inversiones y las oportunidades sean motivo de orgullo. Pero hagámoslo sin perder aquello que nos distingue ante México y el mundo: nuestra paz, nuestra tranquilidad y nuestra seguridad. Porque una vez que esas se pierden, recuperarlas cuesta mucho más que cualquier obra de infraestructura o cualquier proyecto de desarrollo. Ese debe ser el compromiso de todos para que Yucatán continúe siendo, por muchos años más, el verdadero santuario de tranquilidad.— Mérida, Yucatán

mariomaldonadoes@gmail.com

@mariomaldonadoe

Especialista en Derecho Parlamentario y Técnica Legislativa

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