En la noche de sus bodas el joven Ultilíneo ocupó su sitio en el tálamo nupcial, y se arrimó a su flamante mujercita con la evidente intención de consumar el matrimonio. “¡Joder! —se enojó ella—. ¿Por qué todos los hombres piensan nada más en esto?”.
Hay palabras que me ponen a temblar. Por ejemplo: “Pide la cuenta”. “Lúgubre sugerencia”, decía con sombrío acento un cierto amigo mío al oír esa frase.
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