“El problema con el boxeo es que demasiado a menudo termina en tristeza”.— Barry McGuigan
Hace unas semanas publiqué, en este medio, un artículo sobre la fractura de la sociedad por el tema de la prohibición parcial que, originó la suspensión de las corridas de toros en eventos de las fiestas patronales y ocasionó un enfrentamiento entre taurófilos y antitaurinos. Mi postura es simple: soy antitaurino, pero pienso que debe de revisarse el impacto que causa tal restricción en eventos que se pueden considerar tradicionales, y que repercutirán en aspectos sociales y económicos, a la vez que, una vez más, condené esta barbarie de la palestra que son los “torneos de lazos”.
No salí del todo bien librado, sobre todo, cuando el tema se visualiza con el criterio del “negro o blanco”, del “todo o nada”, sin aceptar tesituras y recibiendo algunos comentarios poco amables. En el mismo artículo planteé que es paradójico que, hay antitaurinos que son fanáticos del boxeo y comenté el dato de que en la historia de la tauromaquia se reportan desde fines del siglo XIX, alrededor de 130 toreros fallecidos, como consecuencia de percances en las corridas, mientras que en un lapso similar han perdido la vida 1,604 boxeadores y, de nuevo fui enfático en el sentido de que en el boxeo hay dos seres racionales en igualdad de circunstancias, a diferencia de lo que ocurre en la llamada fiesta brava, entre un animal y un hombre pertrechado en un combate desigual, que sigo sin comprender donde está el arte y que a pesar de lo metódico en que se va llevando al toro, el resultado es, salvo contadas excepciones, la muerte del burel.
Lo anterior lo plasmé en un cuento que escribí llamado “El Duelo” con el cual incluso obtuve mención honorífica en el Certamen “Beatriz Espejo” del año 2019.
Confieso que me quedó un mal sabor de boca, sobre todo porque siento que no me di a entender, pero, hecha la aclaración (no pedida), sigo siendo antitaurino y como aficionado al boxeo me quedé más que consternado por el reciente fallecimiento de Arturo “Lobito” Torres, el pasado 25 de septiembre de 2026. Un joven boxeador mexicano de 26 años, que seis días antes en Mexicali, B.C., se enfrentó a Gilberto “Torito” García.
En el séptimo asalto Torres recibió severo castigo que terminó casi en simultáneo cuando el réferi detuvo la pelea al momento que, desde la esquina de Torres aventaron la toalla. La escena es dramática pues mientras el “Torito” García se fue a la esquina opuesta y se encaramó en las cuerdas a festejar, el “Lobito” Torres se desvaneció, de inmediato comenzó a convulsionar.
Fue trasladado urgentemente a una clínica de Mexicali; luego de pasar seis días en coma inducido: falleció. Pero detrás de esta lamentable noticia hay todo lo que hace más grande la tragedia. El entrenador del “Lobito” Torres era su propio padre, Jesús Torres. No quiero pensar lo que debe estar pasando este hombre con el corazón destrozado; su mente es sin duda una jauría de remordimientos, desde el “por qué dejé que fuera boxeador profesional”, “por qué no le enseñé a defenderse mejor” hasta “por qué no tiré la toalla antes”; del otro lado el réferi haciéndose la misma pregunta una y otra vez, si desde el primer golpe recibido con la guardia abajo no se debió suspender la pelea y así un terrible y dramático etcétera.
Desde luego hay otra carrera que está en vías de terminar y es sin duda la del “Torito” García, imprudencial, accidental, es factible que cada vez que mire sus puños se pregunte si son los de un deportista o los de alguien que le arrebató la vida a un ser humano.
El 13 de noviembre de 1982, en las Vegas, Ray “Boom Boom” Mancini noqueó al boxeador surcoreano Duk-koo Kim, al suspender el réferi la pelea en el raund 14, como consecuencia de una brutal lluvia de golpes que le ocasionó que falleciera a los cuatro días por una hemorragia cerebral. Esta tragedia marcó un antes y un después en la historia del boxeo: obligó a organismos internacionales a reducir los combates de campeonato mundial de 15 a 12 asaltos para proteger la integridad física de los atletas.
Pero eso no fue todo: Mancini quedó completamente devastado. El daño a su carrera fue inmediato. Aunque siguió boxeando un tiempo por presión y compromisos, nunca volvió a ser el mismo peleador. El peso de una tragedia familiar extendida: la madre de Kim se suicidó cuatro meses después de la pelea, y posteriormente el árbitro del combate, Richard Green, también se quitó la vida. Aunque Mancini ha sido desde comentarista hasta empresario exitoso, confiesa que provocar indirectamente tres muertes, fue un estigma social y personal sumamente difícil de sobrellevar.
“Los ángeles de Lupe Pintor” es el título de una extraordinaria crónica del colombiano Alberto Salcedo Ramos, que forma parte de la antología con el mismo nombre. Una larga charla con Guadalupe “Lupe” Pintor que el 19 de septiembre de 1980 en Los Ángeles, se enfrentó al joven galés Johnny Owen, en una pelea de campeonato mundial. Faltando 30 segundos para concluir el raund 12, un tremendo impacto mandó a Owen a la lona. Una hemorragia cerebral lo mantuvo en coma 40 días hasta su muerte. La manera en que Salcedo Ramos desentraña el dolor de la culpa de Pintor es sobresaliente, pues el púgil mexicano comenta que en medio de la conmoción fue paradójicamente el perdón y el propio aliento de la familia de Owen, lo que impidió que abandonara el boxeo de forma definitiva, pero hay más de esta historia de redención: En 2002, transcurridos 22 años de la tragedia, la familia de Johnny Owen invitó a “Lupe” Pintor a su pueblo natal, Merthyr Tydfil (Gales), para develar una estatua de bronce en memoria de Johnny. La escena de un Pintor abrazado por los padres del galés fue impactante. Me quedo con una frase que encarna sin tapujos la intimidad de los pensamientos de un boxeador en estos casos: “¿Que cuánto pesa un muerto?… Mucho”.
Se investigarán si existieron factores agravantes. Vendrán de nuevo ajustes, tal vez indemnizaciones y multas. Para la familia del “Lobito Torres”, un dolor que jamás se mitigará; para el “Torito” García: la victoria más amarga de su vida, tan amarga que puede marcar el fin de su carrera.
¿Alguna iniciativa para la prohibición? …, muy difícil: solo tres países lo hicieron en forma temporal: Cuba, Suecia y Noruega. En México se intentó en 1906, solo fueron prohibidas en mujeres hasta 1999…, ¡y vaya que ya es un negocio redituable!
No ha prosperado ninguna iniciativa de ley seria orientada a “prohibir” por completo el boxeo profesional, dado que es uno de los deportes que más glorias, campeones y derrama económica le genera al país.
Como aficionado al boxeo, pero como médico y además traumatólogo, me quedo sin argumentos, y me pregunto si acaso no estamos ante otra palestra de la barbarie.— Mérida, Yucatán
Médico y escritor
