“Después de 30 años de matrimonio me dijo: ‘La casa es mía, tú te vas’”: el derecho que toda ama de casa debe conocer antes de un divorcio.

Durante treinta años, Ana despertó antes que todos.

Preparó desayunos.

Llevó a los hijos a la escuela.

Cuidó enfermedades.

Administró el dinero de la casa.

Lavó, cocinó, limpió y convirtió cuatro paredes en un hogar.

Mientras tanto, su esposo construía una carrera profesional, hacía crecer su patrimonio y compraba propiedades.

Entonces llegó el día que Ana nunca imaginó.

—Quiero el divorcio.

Y después vino una frase que la dejó sin aliento.

—La casa es mía. Tú te vas.

Ana sintió que, en un solo instante, había perdido treinta años de su vida.

Como miles de mujeres, estaba convencida de que, por haberse casado bajo el régimen de separación de bienes, no tenía derecho absolutamente a nada.

Pero esa idea es completamente falsa.

El derecho que miles de mujeres desconocen

Durante muchos años se hizo creer que solo aportaba al patrimonio familiar quien llevaba dinero a la casa.

Hoy la ley reconoce una realidad que durante décadas permaneció invisible.

Quien dedica su vida al cuidado del hogar y al cuidado de los hijos también está contribuyendo a construir el patrimonio de la familia.

Porque mientras uno de los cónyuges trabaja fuera de casa, alguien más hace posible que todo funcione dentro de ella.

Y ese trabajo también tiene un valor económico.

Lo que muchas personas desconocen es que una mujer que durante el matrimonio se dedicó preponderantemente al hogar y al cuidado de los hijos puede tener derecho a una compensación económica, aunque se haya casado por el régimen de separación de bienes.

Sí.

Aunque la casa, los terrenos, los vehículos o los negocios estén únicamente a nombre del esposo.

La ley permite que, al momento del divorcio, el juez reconozca ese trabajo no remunerado y condene al otro cónyuge a pagar una compensación económica que, dependiendo de cada caso, puede llegar hasta el cincuenta por ciento del valor de los bienes que éste adquirió durante el matrimonio.

No significa que automáticamente la esposa reciba la mitad de todos los bienes.

Significa que el juez analizará cada caso en particular y, si se cumplen los requisitos que establece la ley, podrá fijar una compensación económica que nunca será superior al cincuenta por ciento del patrimonio adquirido durante el matrimonio.

¿Por qué?

Porque sería profundamente injusto que una persona dedicara treinta años de su vida a criar hijos, cuidar el hogar y permitir que su pareja creciera profesionalmente, para que al final del matrimonio simplemente escuchara:

“La casa es mía. Tú te vas con las manos vacías”.

La ley busca precisamente evitar esa injusticia.

Reconoce que construir una familia también es una forma de construir patrimonio.

No todas las amas de casa lo saben.

Cada divorcio tiene circunstancias distintas y será el juez quien determine si procede esa compensación y cuál debe ser su monto.

Pero lo verdaderamente preocupante es que miles de mujeres jamás la solicitan porque desconocen que ese derecho existe.

Y cuando el juicio termina, descubren demasiado tarde que pudieron haber reclamado una compensación por todos esos años dedicados a su familia.

Una reflexión final:

Si después de leer estas líneas pudiera dejarle una sola idea, sería ésta:

Una mujer que dedicó su vida a criar hijos, cuidar su hogar y apoyar el crecimiento de su familia no pasó treinta años “sin trabajar”.

Trabajó todos los días.

Lo hizo sin vacaciones.

Sin horarios.

Sin aguinaldo.

Sin recibo de nómina.

Y, muchas veces, sin que nadie reconociera el enorme valor de ese esfuerzo.

Por eso, cuando llega un divorcio, la ley no solo mira quién aparece como propietario de una casa, un negocio o un terreno.

También reconoce el trabajo silencioso de quien hizo posible que ese patrimonio pudiera construirse.

Porque el patrimonio de una familia no lo edifica únicamente quien lleva el dinero a casa.

También lo construye quien, desde el hogar, hizo posible que ese dinero pudiera convertirse en el patrimonio de toda una vida.— Mérida, Yucatán

Doctor en Derecho. Especialista en Derecho Familiar

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