En la psicología del mexicano, el complejo de inferioridad ha marcado profundamente el vivir y la interacción con las instituciones de cualquier índole.
Ya el filósofo Samuel Ramos en su estudio sobre el perfil del hombre y la cultura en México, deja claro el dato de considerarnos menos; como si nuestra identidad estuviera íntimamente ligada a la raza blanca, poder económico o jerarquía institucional para tener valor.
Y es que, aunque se nos ha enseñado que todos tenemos las mismas posibilidades, son únicamente los de procedencia afortunada los que triunfan o llegan a ocupar cargos de dirección.
Triste realidad que nos ha segado, que ha calado en nuestro ser para estar completamente pasivos y no cuestionar lo que las circunstancias nos demandan como injusticia.
Es por esto, por lo que con preocupación la Iglesia Católica a través de los obispos, continúa insistiendo en la consciente reflexión de lo que sucede todos los días en nuestro país.
A fin de insistir a las autoridades gubernamentales no taparse los ojos y oídos ante la situación tan difícil que el pueblo está experimentando en lo ordinario, porque el escenario es verdaderamente alarmante.
En mis constantes visitas a los hospitales públicos para dar asistencia espiritual a los enfermos, he experimentado aflicción al escuchar a los familiares no recibir lo básico de los medicamentos y atención hospitalaria; mirar las batas deterioradas que, incluso yo me he tenido que poner para ingresar a ciertos espacios, es vergonzoso.
Pero es tal el endiosamiento que el poder ha concedido al gobierno federal que todo es calumnia de los neoliberales.
Recientemente el presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), monseñor Ramón Castro Castro, visitó al papa León XIV y le entregó el libro: “Un nombre, mil voces”, con los rostros y nombres de personas desaparecidas.
Esta iniciativa de la CEM busca exigir a nuestras autoridades erradicar la apatía y posible complicidad con aquellos grupos criminales que hoy tienen sometida a nuestra sociedad.
Porque como cita el Episcopado: “Detrás de cada fotografía hay una historia, una ausencia y una esperanza que permanece.
Una guitarra que nadie ha vuelto a tocar, cumpleaños que pasan sin un ser querido, madres que siguen esperando escuchar un “buenos días”.
Sin embargo, la egolatría de la presidenta Claudia Shienbaum no le permite prestar atención a las opiniones distintas a su ideología partidista, su omnipotencia concedida por el pueblo no se cuestiona.
Y la pregunta es: ¿Que no sienten empatía nuestros gobernantes y políticos ante el panorama actual de nuestros ciudadanos? Diera la impresión de que al asumir el cargo de conducción la amnesia de ser servidores aparece; es más, en Yucatán no se debe hablar de verdadero Renacimiento Maya si continúan dividiéndonos entre ricos y pobres, buenos y malos, privilegiados e ignorados; porque la búsqueda del bien común es una.
De aquí el desasosiego de la jerarquía católica, porque sabemos que cuando el dirigente elimina la posibilidad de escucha y se diviniza, las personas resultan afectadas por los intereses particulares de quien ostenta el control a través de la autoridad.
Porque la constante negación de los escenarios y políticas oscuras, como por ejemplo el ecocidio a nuestra naturaleza peninsular para el Tren Maya, son reflejo indudable de la avidez por lo económico y no por el bienestar popular tan insistentemente proclamado.
También es probable que algunos sectores o individuos manifiesten su inconformidad y disgusto ante la exhortación del clero a ejercer el discernimiento en asuntos de política y gobierno, pero no debemos olvidar que la esencia del Evangelio que proclamamos no es capricho de nosotros los ministros de culto, sino característica inherente a la Buena Nueva.
Por lo tanto, aniquilemos el sentimiento de inferioridad asumido para promover y encontrarnos con la verdad que nos hará un pueblo libre.— Mérida, Yucatán
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Sacerdote católico
