María Isabel Cáceres Menéndez (*)

Hay personas que pasan por nuestra vida y dejan un recuerdo. Hay otras que, sin haberlas conocido personalmente, se convierten en compañía, en brújula, en luz. Para mí, Santa Teresa de Jesús ha sido eso: una presencia espiritual que ha caminado conmigo durante toda la vida.

La conocí desde niña en el Colegio Teresiano. Allí aprendí a quererla, pero con los años comprendí que aquel cariño infantil se convertiría en algo mucho más profundo: en admiración, en refugio y, sobre todo, en una manera de acercarme a Dios.

Santa Teresa fue una mujer extraordinaria en todos los sentidos. Tenía una inteligencia luminosa, una pluma prodigiosa y una personalidad de una fuerza poco común. Pero quizá lo que más me conmueve de ella es que, detrás de la gran reformadora, de la escritora y de la mujer capaz de enfrentarse a las dificultades de su tiempo, había un corazón profundamente enamorado de Dios.

Y eso es lo que hace que Teresa siga siendo tan actual.

Han pasado siglos desde que escribió sus páginas y, sin embargo, cuando la leemos parece hablarnos al oído. No nos propone una espiritualidad complicada ni distante. Nos invita a algo tan sencillo y tan inmenso como aprender a estar con Dios.

Para Teresa, orar no era recitar palabras perfectas. Era encontrarse con Alguien. Era conversar. Era permanecer. Era amar.

Quizá por eso su enseñanza sobre la oración sigue teniendo una fuerza extraordinaria en un mundo como el nuestro, lleno de ruido, de prisa y de distracciones. Teresa nos recuerda que para encontrar a Dios necesitamos también aprender a encontrarnos con nosotros mismos, hacer silencio y entrar en ese lugar íntimo del alma donde nadie puede entrar por nosotros.

Su famosa invitación a considerar la oración como un trato de amistad con quien sabemos que nos ama sigue siendo, para mí, una de las definiciones más hermosas que se han escrito sobre la vida espiritual.

¡Qué maravilla entender así la oración!

No como una obligación, sino como una conversación amorosa. No como miedo, sino como confianza. No como distancia, sino como intimidad.

Teresa conoció también el cansancio, las dudas, las dificultades, las incomprensiones y las noches del espíritu. No fue una santa ajena a las fragilidades humanas. Al contrario: precisamente porque conoció la condición humana, puede resultar tan cercana.

Fue una mujer que vivió con los pies firmemente puestos en la tierra y el corazón vuelto hacia el cielo.

Y junto a ella, en mi formación teresiana, estuvo también San Enrique de Ossó, aquel sacerdote que comprendió que la espiritualidad de Teresa tenía una fuerza capaz de transformar vidas y que hizo de su pensamiento una misión educativa. A ambos les debo buena parte de esa mirada espiritual que me ha acompañado a lo largo de los años.

Hoy, cuando miro hacia atrás, comprendo cuánto recibí en aquellas aulas del Colegio Teresiano. No solamente conocimientos. Recibí una forma de mirar la vida. Aprendí que la fe puede convivir con la inteligencia; que la mujer puede pensar, escribir, decidir y transformar; que la oración no nos aleja del mundo, sino que puede darnos la fuerza para vivirlo mejor.

Santa Teresa fue declarada Doctora de la Iglesia en 1970, reconocimiento que confirma la extraordinaria riqueza de su pensamiento y de su enseñanza espiritual. Pero para quienes la queremos desde el corazón, ningún título alcanza a explicar lo que Teresa significa.

Porque Teresa no es solamente una santa de los libros.

Es una mujer que sigue conversando con nosotros.

Cuando la vida se vuelve difícil, cuando aparecen el cansancio o la incertidumbre, cuando necesitamos recuperar la serenidad, sus palabras siguen teniendo esa capacidad maravillosa de poner cada cosa en su sitio. Nos recuerdan que nada es definitivo, que Dios permanece y que el alma puede volver a encontrar la paz.

Hay una frase suya que ha atravesado los siglos y que para mí conserva una verdad inmensa:

“Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa, Dios no se muda.”

Quizá ahí está, resumida, una de las grandes lecciones de mi querida Teresa: todo cambia. Cambian las personas, las circunstancias, los dolores, las alegrías, las etapas de la vida. Nosotros mismos cambiamos.

Pero hay una presencia que permanece.

Por eso hoy no quiero hablar de Santa Teresa solamente como escritora, reformadora o Doctora de la Iglesia. Quiero hablar de ella como se habla de alguien amado.

De esa mujer que, desde hace tantos años, me enseña a hacer silencio.

A confiar.

A volver a Dios.

A no tener miedo.

A comprender que la oración no consiste únicamente en hablarle a Dios, sino también en aprender, poco a poco, a escuchar.

Qué privilegio haber crecido bajo su sombra.

Qué regalo haberla encontrado tan temprano.

Y qué hermoso llegar a esta etapa de la vida y descubrir que aquella niña del Colegio Teresiano que aprendió a querer a Santa Teresa sigue caminando con ella.

Quizá ésa sea la verdadera herencia de los santos: no que los admiremos desde lejos, sino que nos enseñen a vivir.

Y Santa Teresa, con su inteligencia extraordinaria, su pluma luminosa, su valentía y, sobre todo, con ese corazón rendido al amor de Dios, sigue siendo para mí uno de esos faros que no se apagan.

Santa Teresa de Jesús: maestra de oración, mujer de fuego, escritora inmortal y amiga del alma. A ella le debo muchas de mis preguntas.

Muchas de mis certezas.

Y, sobre todo, una forma de buscar a Dios que todavía hoy, después de tantos años, sigue siendo camino, compañía y esperanza.— Valle de Bravo, Ciudad de México

Abogada y escritora

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