“No salgo con mujeres porque sufro un grave problema sexual”. Eso les comentó en el Bar Ahúnda un triste bebedor a sus compañeros de mesa. Todos guardaron silencio al oír aquella confesión de su amigo. Uno de ellos lo rompió —al silencio, no al amigo—, e hizo la pregunta obligada: “¿Qué problema sexual es ése?”. Respondió el tipo: “No tengo dinero”.
Himenia Camafría, célibe de 39 años cumplidos en varias ocasiones, contó en reunión de amigas: “Un hombre me iba a hacer el amor a punta de pistola, pero vino un policía y me quitó la pistola”.
Don Pasiflorino, señor de edad provecta, casó con Galantina, joven abrileña. De regreso de la luna de miel —fueron a Cuitlatzintli, pueblo natal del novio— la mamá de la desposada le preguntó, curiosa, cómo le había ido en su noche de bodas. “Fue un sueño” —respondió Galantina. “¿De veras?” —se sorprendió la señora. “Sí —confirmó ella—. Toda la noche se la pasó dormido”.
En tiempos muy lejanos estudié la asignatura de Economía Política en el viejo texto de Charles Gide. Muy antiguo era ese libro: en él su autor auguraba que el aeroplano sería en el futuro un medio útil para el transporte de mercancías y pasajeros.
Contenía, sin embargo, verdades impepinables, axiomáticas, como la ley de Gresham, la de la oferta y la demanda y otras que, entiendo, son intemporales, y rigen independientemente de la voluntad del hombre, al modo de las leyes de la naturaleza.
Un cierto meteorólogo pronosticaba el tiempo: “Para mañana, cielo despejado. Por la tarde nublados ligeros, y en la noche lluvias aisladas”. Luego de hacer su vaticinio añadía: “Todo eso si Dios quiere”.
Pienso que las verdades afirmadas por Gide son aplicables en un régimen de libre mercado, y no en un sistema totalitario, donde se atenta contra todas las leyes, excepción hecha de la de gravedad.
A ese totalitarismo apunta la curiosamente llamada Ley de Relaciones Inquilinarias, Rentas Justas, Razonables y Asequibles, propuesta por Clara Brugada, para la CDMX, ley de claro corte estatista a la que se han opuestos las bancadas del PAN, PRI y Partido Verde (se citan por orden de aparición en escena).
Los opositores consideran que dicha legislación atenta contra la propiedad privada, y que con ella vendrá un alza en el costo de los alquileres, a más de inhibir la construcción de vivienda.
Séame permitido expresar mi opinión en manera consonante:
“Cuidado con el mercado. / Cuantas veces el Estado / contra él ha atentado/ en forma grave ha errado; / graves daños ha causado. / Así, el proyecto citado / a muchos ha encabronado”.
Reconozco que estos versos no tienen la armonía de los de Góngora ni la hondura de los que escribió San Juan de la Cruz. Se parecen más bien a los de Margarito Ledesma o el Poeta del Crucero. Aun así, pienso que dicen la verdad.
Doña Harlota era viuda. No se cocía ya al primer hervor, pero conservaba ciertos atractivos de su juventud. “Jarrito bonito, tepalcatito hermoso”, dice una sentencia popular. Así, la señora sabía aún de cosas de hombres de amoríos de alcoba. Tenía dos hijas, soltera una, casada la otra con un sujeto de galana apostura, alto, musculoso, guapo y —según decires indiscretos— bien avituallado para las batallas de colchón.
Sucedió que Potencio —así se llamaba el individuo— dio en la flor de andar de coscolino en devaneos impropios de su condición matrimonial.
Lo supo su mujer —el amor es una cosa esplendorosa, hasta que se entera tu esposa—, y la ofendida joven se divorció de él.
Doña Harlota le informó a su hija: “Le pediré a Potencio que se case con tu hermana. Un hombre así no sale de la familia”.— Saltillo, Coahuila.
Los opositores consideran que dicha legislación atenta contra la propiedad privada, y que con ella vendrá un alza en el costo de los alquileres, a más de inhibir la construcción de vivienda.
