Durante los primeros días de noviembre, en México hacemos un espacio para quienes ya no están. Colocamos sus fotografías, encendemos veladoras, preparamos los platillos que disfrutaban y compartimos sus historias. Durante unos días la muerte deja de ser un tema incómodo y se convierte en una forma de seguir cerca de quienes amamos.

Pero cuando la conversación se acerca a nuestra propia despedida, preferimos callar, cambiamos de tema o decimos que todavía falta mucho. Como si hablar de ella pudiera acercarla. Todos sabemos que la muerte es una de las pocas certezas que compartimos. Algún día tendremos que despedirnos de alguien, o alguien tendrá que despedirse de nosotros.

Morir cuesta. Hay que considerar traslados, trámites, preparación del cuerpo, ataúd, velación, flores, ceremonias, espacios en cementerios, criptas, nichos y, en algunos casos, gastos posteriores relacionados con el mantenimiento o conservación del lugar.

Al momento del fallecimiento, además del dolor de la pérdida, las familias deben enfrentar decisiones difíciles, como comparar precios, revisar contratos y resolver gastos en un momento en el que menos preparadas están para hacerlo.

Quizá confundimos previsión con pesimismo. Creemos que hablar de nuestra muerte es invocarla, que preparar nuestra despedida significa renunciar a la esperanza de vivir muchos años. Pero no es así. Planear algo que llegará no es anticipar una tragedia. Es reconocer que existen acontecimientos sobre los que no tenemos control y que, precisamente por eso, debemos prepararnos para sus consecuencias.

Decisiones

Pensemos en una familia que acaba de perder a uno de sus integrantes. Mientras intenta asimilar la noticia, comienza una sucesión de decisiones que no pueden esperar. Hay que contratar los servicios funerarios, organizar el traslado, resolver los trámites, elegir el lugar de velación y decidir entre inhumación o cremación. Al mismo tiempo, alguien tiene que preguntar cuánto cuesta y resolver de dónde saldrá el dinero.

Es difícil imaginar un momento menos oportuno para tomar decisiones financieras. La familia está emocionalmente vulnerable y tiene poco tiempo para comparar alternativas. La urgencia puede llevarla a contratar lo primero que encuentre, aceptar servicios que no tenía contemplados o asumir gastos que superan su capacidad económica. En algunos hogares, el pago se resuelve con los ahorros disponibles; en otros, con una tarjeta de crédito, un préstamo o con la ayuda de familiares.

Una alternativa que vale la pena considerar para enfrentar esos momentos difíciles son los planes de previsión funeraria. Se trata de servicios que se contratan por anticipado para que cuando llegue el momento del fallecimiento, la familia pueda disponer de las prestaciones acordadas sin tener que comenzar desde cero la búsqueda, contratación y organización de los servicios.

Este tipo de planes permiten anticipar un gasto inevitable, distribuirlo a lo largo del tiempo y evitar que los familiares tengan que desembolsar una cantidad importante de dinero justo cuando atraviesan una pérdida.

Su funcionamiento es sencillo. Una persona contrata un paquete funerario y puede pagarlo de contado o mediante mensualidades, quincenas u otros esquemas de financiamiento que ofrecen las empresas. A cambio, garantiza el acceso a los servicios establecidos en el contrato cuando llegue el momento de utilizarlos. Dependiendo del paquete, estos pueden incluir ataúd, preparación del cuerpo, sala de velación, traslados, asesoría en los trámites correspondientes, cremación o servicios de inhumación. La cobertura y las condiciones pueden variar, por lo que es fundamental conocer qué incluye exactamente el plan que se desea contratar, cuáles son sus alcances y qué gastos tendrán que cubrirse por separado.

Servicio

Algunas empresas ofrecen planes individuales y otras permiten incorporar a varios integrantes de la familia. La ventaja económica está en anticipar el gasto y establecer una forma de pago que pueda considerarse en el presupuesto familiar. En lugar de necesitar una cantidad importante de dinero en un solo momento, se realizan aportaciones periódicas para cubrir un servicio futuro. Además, dependiendo de las condiciones contractuales, contratar anticipadamente puede permitir conservar determinados precios y reducir la exposición a los incrementos que experimentan los servicios funerarios con el paso de los años.

Antes de contratar, es importante no quedarse únicamente con el precio o el monto de las mensualidades. Hay que conocer las condiciones bajo las cuales se puede hacer uso del servicio. Por ejemplo, qué sucede si el fallecimiento ocurre antes de terminar de pagar, si existe un periodo de espera, si el plan puede transferirse a otro integrante de la familia, si cuenta con cobertura fuera de la ciudad y cuáles son las condiciones para cancelar el contrato.

Otro aspecto que debemos considerar es el destino final de los restos. Los planes de previsión funeraria generalmente cubren los servicios de preparación y despedida, pero no necesariamente el espacio donde los restos descansarán. Los derechos de uso de espacios en cementerios, criptas y nichos para urnas suelen comercializarse por separado, por lo que representan un gasto adicional que también debemos anticipar.

Incluso después de contratar un plan, hay algo que no debemos olvidar. Necesitamos informárselo a nuestra familia. Deben conocer el nombre de la empresa con la que contratamos el servicio, dónde se encuentra el contrato, qué servicios se adquirieron y cómo hacerlos efectivos. De poco sirve haber pagado durante años si, llegado el momento, nadie sabe que existe ese derecho. La previsión también implica comunicar nuestras decisiones.

Tampoco deberíamos esperar a llegar a la vejez para hablar de estos asuntos. La muerte no distingue edades ni espera a que hayamos cumplido nuestros proyectos; puede llegar cuando menos lo esperamos. Por eso, prepararnos para nuestra despedida no significa vivir pensando en la muerte, sino entender que la vida también nos exige responsabilidad con quienes amamos. Significa reconocer que hay decisiones que podemos tomar hoy para evitarles preocupaciones mañana y que nuestro cuidado por ellos no tiene por qué terminar cuando nosotros ya no estemos.

Cuando llegue ese momento, quizá no podamos ahorrarles las lágrimas ni hacer que nuestra partida duela menos, pero sí podemos dejar resueltos nuestros gastos finales como una última muestra de cariño, y como una manera de decirles: “te quiero tanto que me ocupé de todo para que tú solo tengas que despedirme.”

—Mérida, Yucatán

marisol.cen@kookayfinanzas.com

@kookayfinanzas

Profesora universitaria y consultora financiera

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