Con dos días de diferencia, el 25 y el 27 de octubre, Brasil e Israel tuvieron elecciones, Estados Unidos intervino se pronunció ante ambas y en ninguna obtuvo lo que buscaba. En Brasil buscaba tres cosas. La primera, tierras raras. Brasil tiene la segunda reserva del mundo, detrás de China, de quien Estados Unidos depende para procesarlas, y en marzo Flávio Bolsonaro dijo en una conferencia en Dallas que su país era “la solución” para romper esa dependencia.

La segunda, el Pix, el sistema de pagos instantáneos que creó el Banco Central de Brasil en 2020 y que le quita negocio a las empresas de tarjetas, muchas estadounidenses; entró en una investigación comercial abierta en 2025 y terminó en un arancel de 25 por ciento en julio de 2026.

La tercera, frenar a China en un país donde domina más que Washington: en el primer semestre de 2026 le compró 58 mil millones de dólares, más del triple de los 17 mil que le compró Estados Unidos . Para conseguirlo, Trump puso aranceles de 50%, sancionó a jueces brasileños por el juicio contra Jair Bolsonaro y recibió a Flávio en el Despacho Oval.

Sin embargo, las elecciones las ganó Lula. La presión tuvo un costo ya que la soberanía se volvió bandera de la campaña de Lula y le hizo ganar simpatía entre sus votantes llevándolo a la victoria. Con Lula en el poder Brasil seguirá en los BRICS y fuera del Escudo de las Américas que propone Trump. Estados Unidos tendrá que negociar frente a un presidente que llega a la mesa fortalecido, porque ganó una elección en la que Washington lo presionó.

En Israel, Trump buscaba un aliado que siguiera con la guerra contra Irán sin que él cargara con todo el peso. La guerra es impopular en Estados Unidos y varios analistas de la política de Trump sospechan que Netanyahu la alargó para verse fuerte ante sus votantes.

Por su parte Trump, en miras a las elecciones intermedias del 3 de noviembre, no quería que pareciera que Netanyahu lo metió en una guerra impopular, cuando parte de su base rechaza pelear guerras ajenas.

Aun así, apoyó a Netanyahu en redes sociales el 18 de octubre y lo repitió antes de la votación.

El 27 de octubre Netanyahu ganó la elección, pero no la mayoría para gobernar: su bloque sacó 53 escaños y necesita 61. Gadi Eisenkot, su rival, sacó 48 y tampoco llega, porque le faltan 13. Solo los 19 escaños de los partidos árabes le darían la mayoría.

Uno de esos partidos, la Lista Conjunta, ya dijo que no votará presupuestos de guerra. En Israel eso significa semanas de negociaciones, y cualquier gobierno que salga nace débil. Eso deja a Washington sin lo que buscaba. Si gobierna Netanyahu, lo hará sin una mayoría clara, es decir, contará con aliado débil justo cuando Trump lo necesita fuerte para cumplir lo que prometió con Irán. Si gobierna Eisenkot, dependerá de votos de partidos que se oponen a la guerra. En ningún caso Trump tendrá el aliado que describió.

Las dos elecciones tienen, además, un interés que no está en Brasil ni en Israel. El 3 de noviembre los estadounidenses renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 de los 100 del Senado.

Las encuestas dan a los demócratas una ventaja de unos ocho puntos, la aprobación de Trump está entre 31 y 38 por ciento, y 61 por ciento desaprueba cómo maneja la guerra con Irán. La gasolina pasó de unos tres dólares el galón a más de cuatro.

Si los demócratas ganan la Cámara, pueden limitar el dinero que el Pentágono destina a esa guerra.

Trump salió a hacer campaña en el extranjero para mostrar fuerza y los resultados le enseñan a su propio electorado que esa fuerza no siempre alcanza para lograr sus objetivos, mientras el costo de sus decisiones exteriores, la guerra, los aranceles y la gasolina, se cobra en casa.

Un presidente que puede perder el control de la Cámara en una semana ya no manejaría la política exterior con la misma libertad. Trump lo sabe, ha dicho que la guerra con Irán podría terminar después de las elecciones. Que lo diga ahora, con las negociaciones estancadas, revela cuánto pesan los votos de noviembre sobre una guerra que se decide, en parte, en las urnas de Estados Unidos.— Mérida, Yucatán.

Analista de Política Internacional

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