Hoy, 2 de noviembre, recordamos a los que ya no se encuentran en este plano terrenal, a quienes tenemos con el corazón en la mano sabiendo que el amor no se acaba con la muerte.
Momentos complejos en los que solemos replantearnos la existencia del otro y de uno mismo, donde nos llenamos de preguntas sin respuesta, de incertidumbre, y probablemente también nos encontremos en un proceso en el que comprendemos lo frágil que es la vida.
Sin embargo, nuestro país tiene esta gentil tradición que nos une e invita a celebrar la vida sintiendo la presencia dentro de la ausencia: Día de Muertos.
Los altares que ponemos dentro de casa se llenan de vida y nos recuerdan algo que, para mí, es lo más profundo dentro de la muerte: la trascendencia. Dicho esto, si bien la trascendencia la vivimos en individualidad de diferentes maneras, los exhorto a pensar en todo aquello que estemos dejando en esta vida para los demás, nuestra huella en el mundo, el trabajo, las palabras, los caminos construidos, el corazón y el amor con y para el otro.
Personalmente, si pienso en trascendencia me es imposible evitar un nombre sumamente particular: Jorge Auais Dogre, de quien a su vez se conmemora hoy mismo el aniversario luctuoso.
Recuerdo de formas muy peculiares y específicas sus abrazos de oso, palabras de aliento e inmensurable fe. Jorge era para los demás, y el haberse ido de la presencia física un 2 de noviembre me hace pensar con mayor certeza que, por el resto de nuestras vidas, también estará y será para los demás.
No hay mejor manera de recordar a los que se nos adelantaron que celebrando su vida, honrándola, tomando y compartiendo sus palabras y recreando una vida que se sienta —valga la redundancia— con ganas de ser vivida.
Que la trascendencia del otro nos acompañe siempre y que podamos ir dejando un poco de nosotros adonde sea que vayamos. Ojalá portemos sus sonrisas como bandera. Porque los que ya no están, siempre están.
Psicóloga.
