A la memoria de Julio Rolando Castillo López, mi padre

Mi papá siempre había dicho cuando una persona moría: “Pasó a la historia”. Frase que en la familia no tenía más sentido que eso; ser una frase sin trascendencia.

Todos éramos conscientes de lo que nos esperaba al final de nuestra existencia, es más, sabíamos por la religión católica que el fin era el inicio de algo mejor.

Pero como siempre suele suceder en asuntos de doctrina, lo racional no modificaba la voluntad.

Por lo tanto, conocíamos, sin embargo, no hacíamos nada para prepararnos en este campo que la gente llamaba: muerte.

Dicen que el tiempo es el maestro perfecto para madurar en el entendimiento de cada instante encarnado y compartido; que mientras más años tengamos, la sensatez personal será nuestra compañera y consejera en esta travesía del vivir.

Sin embargo, nosotros los seres humanos caemos en la tentación de creernos eternos, de ignorar las señales de finitud que la misma memoria nos ofrece en lo cotidiano de nuestra existencia.

Es por esto por lo que muchas de las grandes injusticias y guerras cometidas en la humanidad se deben, precisamente, al olvido de esta gran verdad: somos pasajeros.

Se cuenta que en la antigua Roma, cuando un general entraba triunfal a la ciudad después de haber ganado la batalla, un esclavo iba siempre detrás susurrándole: “Respice post te! Hominem te esse memento”, (¡Mira tras de ti! ¡Recuerda que eres hombre!).

Gran lección para quien alcanzaba la gloria, el poderío y la magnificencia y así jamás ignorar que ni el poder y el tener alcanzan para ganar la batalla por la eternidad.

Porque al fin y al cabo la finitud que es inherente a nuestra naturaleza nos limita a no hacer de la vanagloria y el vigor lo que no corresponde a nuestra condición.

Estamos iniciando noviembre, mes dedicado a traer a nuestra mente y corazón a quienes físicamente ya no están con nosotros en este lugar.

Y creo que es también una gran oportunidad para reflexionar sobre el sentido de nuestro estar aquí; sobre lo que estamos haciendo con nuestra condición, profesión o vocación.

Es triste y angustiante mirar que las situaciones de pobreza y necesidad van en aumento en nuestros pueblos, que a la gente ya no le alcanza con el dinero recibido como garante de bienestar para verdaderamente estar bien.

Que mientras a una gran mayoría de ciudadanos las carencias los afligen, a otros muy selectos, la corrupta fortuna los asiste.

¿Qué acaso los actuales gobernantes han olvidado el vencimiento del ciclo llamado existencia? Y en vez de aprovecharlo para el servicio desinteresado a todos los habitantes a su cuidado, lo despilfarran para colmarse ávidamente de riquezas que jamás podrán acompañarlos en el momento de sucumbir ante la muerte.

Que la ambición de retener el poder los ha conducido a destruir las instituciones autónomas que buscaban garantizar la implantación de justicia y equidad entre los individuos para instaurar cada vez más la ecuánime convivencia.

O, como actualmente hemos sido testigos, la protección y eliminación de castigo justo a los saqueadores del erario de la nación en provecho personal y familiar.

¿Hasta dónde llegará su negligencia y aparente amnesia para hacer como si nada malo estuviera pasando? Por tanto, ojalá que este tiempo de remembranza del más allá haga a los servidores públicos redireccionar su conducta para beneficiar a los necesitados del pueblo que, en numerosos momentos, son invisibles a políticos y a la sociedad.

También de urgencia es que los ministros de culto retomemos seriamente el examen de conciencia para asumir nuevamente que, aunque la gracia del ministerio está en nuestra libre elección, las vicisitudes del mundo no nos distraigan; a fin de no relegar la sentencia de que la “Gracia no sustituye la naturaleza” y, por lo tanto, lo temporal nos haga sucumbir a la tentación del tener, poder e incluso placer.

Cuánta miseria interior hay en los fieles que buscan en la Iglesia el rostro de un Dios misericordioso y no una severa institución enquistada de clericalismo; aniquilando así el soplo del Espíritu que enriquece a la misma comunidad con sus tan ricos y variados dones.

Que la celebración litúrgica de los fieles difuntos remueva el corazón de quienes somos únicamente administradores de los sacramentos y no los dueños absolutos de tan gran misterio de salvación.

Por eso que el colorido de los altares, el aroma delicioso de las comidas tradicionales y las plegarias dirigidas para todos aquellos que fueron parte importante de nuestra historia, nos concedan la sensatez de quienes caminamos en el tiempo, pero con la mirada puesta en la eternidad.

Porque el verdadero sabio no es el que solo conoce, tiene o sustenta más poder, sino el que penetra la realidad con una mirada de fe; al grado de llegar a ver su historia personal como la oportunidad de siempre hacer el bien, a fin de perpetuarse en la memoria de aquellos con los que cohabitó en la finitud de esta nuestra casa común, llamada tierra.— Mérida, Yucatán

padrerolandocastillo@icloud.com

Sacerdote católico

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán