Los médicos son apostadores desdichados a los que al final siempre derrota el destino, Rafael Pérez Gay

Me encontraba cursando el último año de la preparatoria en el Colegio Americano. En aquel entonces dividido por grupos, en Ciencias Biológicas, cursaba la materia de Anatomía y como parte del programa educativo asistimos a clases de disección.

La cita: la sala de Morfología en la Facultad de Medicina de aquella entonces Universidad de Yucatán. El instructor se dedicaba a recitar con envidiable memoria, los segmentos del cuerpo. Me encontraba por vez primera frente a un cadáver. El grupo de preparatorianos rodeaba la mesa, una escena sin duda “mata vocaciones” para más de uno, incluyendo a tres vomitados y dos que acabaron desmayados.

A partir del segundo año de la carrera, de la simple vista pasé al tacto y más, pues me convertí en prosector, un apasionado de la Anatomía, encargado de preparar disecciones en cadáveres para su demostración, estudio o investigación.

Distinto de lo que hubiera pensado antes de aquel primer contacto visual, el primer cuerpo sin vida parecía estar formado de cartón, color madera. El fuerte olor a formol impregnaba no solo las fosas nasales, quedaba la bata embebida del tufo al químico. Una época dorada en mi formación. Qué tremendo contraste, a diferencia de los textos de Anatomía, del Testut, Rouviere, Quiroz, bellamente ilustrados, donde las arterias están pintadas de rojo, las venas de azul, los nervios de amarillo; las vísceras de colores: el hígado café obscuro, esófago, estómago color naranja, intestinos delgados…rosaditos.

Pasaron dos años más, antes de que la parca apareciera por primera vez en mi formación. Siendo estudiante, una madrugada solicitaron mi presencia unos vecinos, alarmados por su padre que se sentía mal, crucé la calle, orgulloso, con sobrada arrogancia y soberbia, estetoscopio al cuello; ahí estuve con mi artilugio tratando de detectar los saludos habituales de tórax y abdomen y fue cuando escuché la voz de la muerte: el silencio, la fanfarria que anuncia la caída del telón de la vida.

Revancha

Tiempo después pude cobrar venganza. Cursaba el 5o. grado, y desde entonces hacía mis pininos en la Cruz Roja, aquella situada en el centro de la ciudad. Se recibió una llamada de auxilio. Los socorristas acudieron cerca del Mercado Grande, el motivo: una paciente epiléptica había convulsionado. La ambulancia partió veloz rumbo al Hospital O’Horán, pero hubo un cambio de planes, la joven mujer había caído en paro, así que en veloz carrera se desviaron y llegaron a nosotros. No había tiempo que perder, fue bajada y ahí en el estacionamiento, después de comprobar que no tenía signos vitales procedí por vez primera a una reanimación cardiopulmonar (RCP). No había ambú. Ahora sí que, respiración de boca a boca, mientras nos alternábamos para el masaje y una enfermera buscaba una vía para administrar medicamentos…, y a los dos minutos, jamás olvidaré, aquella bocanada, cuando ella por sus propios medios impregnó sus pulmones.

Lo que siguió fue el complemento con medicamentos, la estabilizamos y continuamos con calma hacia el hospital. Me quedé con una sensación totalmente inédita, no solo en mi carrera, en mi vida. Y a pesar de que en estos casi 40 años he participado desde el internado, la residencia y luego en la institución en equipo muchas veces a una RCP, nada comparado a lo que experimenté.

Límite

El médico se enfrenta a la muerte no solo como un hecho biológico o el cese de funciones vitales, sino como el límite de su saber técnico, un conflicto emocional profundo y un desafío ético. Pero además parte de nuestra derrota ante la muerte es la pesada losa de ser los primeros en comunicar la noticia a la familia. Y muy, pero, muy lejos, se los aseguro, es pensar que el médico se endurece y pierde sensibilidad, que no nos duele porque no lo soltamos, pero el mal sabor comienza desde el momento en que las miradas de los allegados al paciente observan cada uno de nuestros movimientos, analizan nuestras gesticulaciones y hasta la modulación de la voz, de cierta forma, y no se diga cuando ocupamos el sitio de ser el médico de la familia.

Sin embargo, no debe verse la muerte como “fracaso” en la formación médica. La facultad de medicina nos entrena para conservar la vida, diagnosticar y curar, desde luego consolar cuando no sea posible hacer más. Cuando llega el deceso, muchos médicos lo viven subjetivamente como una derrota personal o profesional y se pierde la objetividad de que la muerte es también un bálsamo para el paciente terminal, el de larga agonía, que asfixia en dolor a los seres queridos.

Vacío

Siempre ha existido un vacío en el plan de estudios: una carencia histórica de formación en el manejo del duelo, la comunicación de malas noticias y los cuidados paliativos.

Para no frustrarse y lidiar con la impotencia, el médico suele refugiarse en tecnicismos, distanciamiento afectivo o en la sobreintervención terapéutica (encarnizamiento terapéutico). El contacto constante con el sufrimiento ajeno si no se modula genera ansiedad frente a la propia muerte, culpa y síntomas somáticos. Lidiar con desenlaces fatales frecuentes eleva el riesgo de agotamiento emocional y depresión en el personal sanitario, como ocurrió en la pandemia. Pero también y por paradójico que pareciera, grave podría ser el lado opuesto, y ante los frecuentes decesos, volverse insensibles o indolentes y quiérase o no es un riesgo posible cuando los sistemas de salud colapsan.

Y así hemos transitado los que pueden volverse de héroes de capa blanca a verdugos indolentes, sin que la mayor parte comprenda que no demostrar el dolor no significa que al médico no le duela.

Me atrevo a decir que, si algo pudiera hacer distinto al médico mexicano, sobre todo cada año, en los primeros días de noviembre, es contemplar a la muerte no como un final absoluto, sino una etapa más de la vida con la que se convive de manera familiar, íntima y, a menudo, con humor. Lo que nos permite hasta bromear con los familiares cuando fuimos artífices de salvar una vida: “no señora, no se confunda…, su marido no se fue porque vaya usted a saber que culpas tiene todavía que pagar”.

Lo que no me cabe duda es que en esos momentos y siempre, la bata clínica debe estar tejida con algo elemental: empatía; así podemos sostener con más firmeza los bártulos de guerra con los cuales nos enfrentamos a la muerte, sí, a la que terminaremos también sucumbiendo. Mientras tanto, prepararnos para no contemplarla desde gayola como el colofón de la vida, y en todos estos años, no se debe de olvidar que: ser médico no te hace ser mejor persona, pero ser buena persona te hace ser mejor médico.— Mérida, Yucatán

Médico y escritor

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