Era domingo en Mérida. Los árboles de la Plaza Grande sombreaban bancas y promesas que nunca florecieron. Aleksandr Solzhenitsyn, Nobel y superviviente del Gulag estalinista, hojeaba el Diario de Yucatán. Don Víctor Cervera Pacheco, dos veces gobernador, apuraba su café. Yo asistía a aquella tertulia imposible con una coquita de vidrio: el champán de Yucatán.
Su apellido enredaba la sobremesa; bauticé al ruso “don Chan Ruskín”. Sonrió. Pareció gustarle.
—En Harvard, en 1978 —recordó don Ruskín—, advertí sobre la pérdida de valentía cívica en Occidente. Lástima que cierto exgobernador suyo todavía no hubiera nacido para escucharme.
—No se aflija —repuso Cervera—. Aquí muchos nacieron antes, escucharon después y tampoco entendieron.
— ¿Por falta de inteligencia? —preguntó don Ruskín.
—No. Por exceso de conveniencia. Algunas convicciones duran menos que una precampaña disfrazada de cruzada soberanista. Ayer juraban morir por su partido; hoy cambian de camiseta antes de que el arquitecto termine su coquita.
En Yucatán perfeccionamos al político reciclable. Ayer combatía la transformación; hoy abraza a sus apóstoles y presume certificado de pureza cuatroteísta. Ni en Izamal se registran tantos milagros. Los fundadores guindas observan desde la calle: repartieron camisetas cuando la lealtad gastaba suelas y no garantizaba cargos. El recién llegado obtiene palco y fotografía. Sin penitencia ni examen de conciencia.
— ¿Y Mérida? —preguntó don Ruskín.
—Cecilia Patrón tendrá que responder con resultados —dijo don Víctor—. Baches, maleza y basura no desaparecen con propaganda. Oficio tiene la Chula.
— ¿Y Morena?
—Se menciona a un vallisoletano, “el amigo Libo”. Conoce los atajos del poder como un taxista veterano los de Chuburná. Falta saber qué convicciones viajaron con él.
—Cambiar de opinión es legítimo —objetó el ruso.
—Desde luego —intervine—. San Pablo encontró su conversión camino a Damasco. Lo imaginamos cayendo de una montura, aunque los Hechos de los Apóstoles no mencionan caballo, jumento, dromedario ni mucho menos candidatura asegurada.
Cervera se acomodó el copete que Tony inmortalizó en sus caricaturas. Su afilado colmillo político distinguía entre conversión y conveniencia.
—Y ciertos neopanistas tampoco deberían hacerse las viudas sorprendidas. Compartieron secretarías y manteles con quienes hoy condenan. Su memoria es de hamaca: se mece hacia donde sopla la brisa del presupuesto.
— ¿Y los moches? —preguntó don Ruskín.
—Las licitaciones sospechosas exigen investigación —respondí—. No confundamos prudencia con sordera, ni rumores con sentencias.
Don Víctor contempló los palacios de la plaza.
—El camaleón cambia de color; el chapulín, de rama. Algunos dominan ambas especialidades.
— ¿Y los partidos?
—Al PRI no lo resucitará la nostalgia. Movimiento Ciudadano necesitará más que una canción alegre. Los demás deberán demostrar que no viven del erario como un beodo abrazado a su Tonayán.
— ¿Toda la culpa es de los políticos? —preguntó el Nobel.
—No —respondí—. Condenamos en el adversario lo que perdonamos al compadre. Cuando un líder convierte el desencanto en sentido de pertenencia, cuestionarlo puede parecer una ofensa personal. López Obrador supo transformar con astucia el resentimiento social en identidad política y la esperanza en fanática devoción. Pero sus obras faraónicas con resultados fallidos no deben quedar a salvo del escrutinio. La valentía cívica consiste en exigir cuentas incluso al propio mesías tropical. Porque el poder, sea del color que sea, no merece altares, sino vigilancia.
— ¿Qué ocurrirá en 2027?
—Elegiremos 106 ayuntamientos y 35 diputaciones locales; no santos ni criaturas de piel mutante y lealtades saltarinas. Los antecedentes perduran como los arcos de Dragones y San Juan, aunque cambien las siglas o aparezca un acordeón.
Cervera dejó la taza sobre el plato.
—Gobernar es dirigir una gran orquesta. Si un secretario desafina, el director no puede hacerse el sordo. Ahora entregan instrumentos a recomendados sin oído musical y culpan del concierto a Calderón, su maleante favorito. Pronto le atribuirán hasta las interpretaciones de von Karajan.
—Les hace falta valor civil —dijo don Ruskín.
—Y diputados que fiscalicen —añadí—, no marionetas que aplaudan por consigna. Sobran ovaciones; faltan preguntas incómodas y auditorías.
—La libertad exige responsabilidad de todos —sentenció el ruso.
—Aquí somos muy atentos —respondí—. Servimos café, decimos “a sus órdenes” y procuramos no incomodar.
—Magnífico para conservar amistades, arquitecto —replicó Cervera—. Desastroso para vigilar gobiernos. El totalitarismo soviético aplastó libertades; quienes vivimos en democracia debemos defender sus instituciones y su prensa libre, sin refugiarnos en el refinado arte de enterarse de todo y fingir que no sabemos nada.
—En nuestro Itzimná, don Víctor, lo decimos sin tanta parsimonia: hacerse pendejo —intervine.
Al despedirnos, un paisano que nos escuchaba discretamente señaló a un personaje que estrenaba partido, guayabera de lino irlandés y fervor de beato peninsular.
— ¡Qué divina conversión! Hasta parece cristiano ejemplar.
— ¿De verdad usted le cree? —preguntó don Ruskín.
— ¡Qué va, don Chan Ruskín! Ese “maistro” cambió de flus, pero le agrandaron los bolsillos… ¡y ahora le cabe más ambición!— Mérida, Yucatán
Expresidente del Colegio Yucateco de Arquitectos, A. C.
