En la XIII Asamblea Nacional del Partido Revolucionario Institucional (PRI), las palabras de su presidente, Jorge de la Vega Domínguez, fueron recibidas con una atronadora ovación de los asistentes puestos de pie:
“Desde esta gran asamblea les decimos a todos quienes de aquí en adelante no quieran respetar la voluntad de la inmensa mayoría de los priistas, que renuncien a nuestro partido y que busquen su afilación (sic) en otras organizaciones políticas. En el PRI no tendrán cabida ni la quinta columna ni los caballos de Troya”.
Era el 4 de marzo de 1987 y ni De la Vega Domínguez ni sus entusiastas aplaudidores imaginaron que aquel discurso llevaba inmerso un gran error de cálculo de ellos y del entonces presidente Miguel de la Madrid Hurtado. Ello porque los destinatarios de la flamígera filípica, encabezados por un trío de notables políticos —Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez y Hernández— estaban iniciando un movimiento que años después, desde la pluralidad opositora, expulsaría al PRI de la Presidencia de la República, para llevarlo posteriormente a una lastimosa postración cuyo destino apunta hoy a la extinción o al menos a una larga irrelevancia.
Talla histórica
La talla histórica de Cárdenas es tan grande que sus derrotas, cuando buscó la Presidencia, palidecen frente a la potencia de aquel movimiento, sin el cual la alternancia partidaria no se habría producido al iniciarse el siglo.
Tras el despojo que sufrió para beneficio de Carlos Salinas —cuya usurpación lo acompañará para siempre—, Cuauhtémoc denunció fuertemente el fraude y luchó contra él, pero su esfuerzo no se limitó a la denuncia y el reclamo.
Bajo su impulso, transitoriamente asentado en el PRD, partido fundado por él y del que habría de apartarse, se crearon instituciones y se diseñaron reglas que permitieron la transición a una democracia imperfecta, pero creciente.
No es que Cuauhtémoc —quien acrecentó el lustre del apellido heredado del general Lázaro Cárdenas— hubiera hecho todo ni hubiese estado solo.
Cierto que la transición es obra colectiva, pero cierto también que, sin la gesta quebrantadora del monolito priista, muy probablemente el esfuerzo colectivo habría sido poco fértil y la derrota del PRI hubiera requerido mucho más tiempo para producirse.
Irónicamente, los primeros usufructuarios de la hazaña iniciada en 1987 fueron sus adversarios de derecha, pero hay consenso en que la visión y la tenacidad de Cárdenas no se limitaban a la obtención de un puesto por más alto que fuese, sino se ampliaban al avance democrático de la nación.
Así se explica que, en la hora de su muerte, el duelo haya tenido como principal carácter la pluralidad, y el lamento por su desaparición haya sido compartido también por la izquierda, el centro y la derecha.
Y cuando los diferentes y contrarios comparten el dolor, es muy claro que se subraya la grandeza de quien se fue.
Bartlett define a cárdenas
Tuve el privilegio hace 38 años, el 25 de junio de 1988, de escribir para el diario unomásuno la crónica del mitin de cierre de campaña de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, en el Zócalo de la Ciudad de México.
Escribí un texto —rescatado con la ayuda gambusina de mi nieto Juan Pablo— en el que repetidamente se preguntaba “¿Quién es este Cuauhtémoc?”. Y se respondía con diversos hechos del ya candidato presidencial. La última pregunta era esta: “¿Quién es este Cuauhtémoc que cierra la concentración cantando y escuchando por la Voz del Zócalo el Himno Nacional, emotivo y contundente?”.
Esta última pregunta tenía una respuesta que contrastaba la opinión oficialista del antes y el después del surgimiento de la Corriente Democrática (encabezada por Cárdenas) en el PRI. El responsable de la edición de esa noche creyó que el contraste podría tener consecuencias negativas para el diario que había revelado la existencia de la disidencia cardenista y lo suprimió. Eran los tiempos en que se luchaba por la libertad de expresión, pero había que ejercerla con moderación.
Enterado por mí de la supresión, el legendario director del unomásuno, Manuel Becerra Acosta, ordenó la publicación de la respuesta que cerraba la crónica, en la sección de Correspondencia del martes siguiente:
“Es un hombre formado en la más pura tradición de la Revolución Mexicana, en cuya atmósfera creció y se desarrolló… un hombre político, serio, modesto, tenaz, patriota y revolucionario (que) ha encontrado en las clases populares directrices de gobierno”.
“No es definición del periodista. La formuló el 12 de agosto de 1986, en el sexto y último informe del Cárdenas-gobernador, Manuel Bartlett Díaz, secretario de Gobernación”.
Las palabras de Bartlett pertenecían al panegírico ritual priista, pero hoy definen bien al estadista que no requirió, para serlo, llegar a la cúspide del Estado.— Ciudad de México.
Periodista
Así se explica que, en la hora de su muerte, el duelo haya tenido como principal carácter la pluralidad, y el lamento por su desaparición haya sido compartido también por la izquierda, el centro y la derecha.
