La historia de la humanidad es un enorme y particular mecanismo parecido a un reloj: por momentos existen grandes engranajes que permiten que el orden del tiempo avance de manera lineal, y en otras ocasiones otras piezas hacen que el reloj se detenga. Pero en el gran reloj de nuestra historia moderna existió un hombre que no únicamente fue una pieza clave para mantener ese reloj girando en un momento en que la situación mundial pendía de un hilo.
Fue la pieza que movió los engranajes para que en cualquier momento pudiéramos destruir este reloj y a nosotros con él.
Ese incomprendido engranaje tenía nombre y era J. Robert Oppenheimer, y fue intermediario de un poder indescriptible que lo puso al alcance de la humanidad.
Pero la película dirigida por Christopher Nolan no trata únicamente de cómo llegó este físico a encapsular el poder atómico y convertirse en el “destructor de los mundos”.
Este largometraje habla de consecuencias, habla de la ceguera idealista y habla esencialmente de lo despiadados y arrogantes que podemos ser como seres humanos, más si tenemos el respaldo y el ego manchado detrás de esferas políticas.
Cillian Murphy interpreta a un metódico, narcisista y atormentado Oppenheimer, en uno de los papeles más circulares de su trayectoria que, ayudado con un guión que se apoya mucho en la narrativa “Nolanciana”, da saltos temporales enmarcados con visibles divisiones estéticas y que representa las dos caras de la moneda: la de una figura trascendental para su país y cómo logró lo impensable y la del paria que es perseguido por el mismo gobierno que lo cobijó y para el que ahora no es más que una piedra en el zapato.
El largometraje no deja de mencionar los horrores de tal avance científico y sus consecuencias, especialmente en la resolución de la Segunda Guerra Mundial. Aunque no de manera directa se muestren visualmente, utiliza muchos elementos visuales y sonoros que nos adentran al génesis del calvario de Oppenheimer, quien es por igual víctima y victimario.
Tal cual haciendo referencia a Prometeo, este fuego atómico que el científico trajo a las manos de la humanidad también fue su perdición. A lo largo de la película el discurso que se tiene puede pasar desde la mirada de cómo la humanidad ve la creación de los Álamos como un milagro científico a un horror que experimentó la humanidad. Pero también el verdadero mensaje que trae este último trabajo de Nolan es contundente: la gran mayoría de las veces no somos víctimas de persecución política, intelectual y cultural por crear nuevas cosas, sino por declarar una ideología que va en contra de lo que pueda beneficiar a unos cuantos y allí es donde vemos sus verdaderos colores y donde los corderos se convierten en lobos.
Maestro en ArteCinematográfico
