A diferencia de la voz nasal de Silvio Rodríguez o la profundidad aguerrida de Mercedes Sosa, la de Luis Eduardo Aute es una voz tersa y melodiosa, una voz que acaricia, que susurra, que suplica. Y esa súplica es precisamente la que encierra su canción “Al alba”, en ese verso desgarrador que dice “Presiento que tras la noche / Vendrá la noche más larga / Quiero que no me abandones /Amor mío, al alba /Al alba, al alba”.
La primera vez que escuché en vivo a Luis Eduardo Aute habrá sido por ahí de 2004 o 2005, en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México. No sé qué habrá sido para otros, pero para mí fue emoción pura bañada en lágrimas, y el recuerdo de esa emoción regresó a mí a través de la pantalla como una descarga eléctrica en una voz totalmente diferente, la de Israel Fernández.
Español igual que Aute, Fernández es la nueva promesa del flamenco. Con su juventud salvaje y desgreñada de gitano romaní, apenas se le ve la cara al final del capítulo 4 de la serie española “El legado” que arrasa en Netflix, y que elegí un poco al azar sin saber nada de su música.
En el capítulo 4 muere un personaje clave y, en sus funerales, en una biblioteca y no en una sala de velaciones o en una iglesia, Fernández canta al más puro estilo flamenco “Al alba”.
Y aquí viene un breve diálogo:
—¿Te acuerdas, Federico, las discusiones de tenían estos dos, Enrique (el muerto, que era periodista) y Luis Eduardo (Aute), por esta canción? Enrique, empeñado en que no se podía decir ‘quiero que no me abandones amor mío al alba, que lo correcto era ‘no quiero que me abandones, amor mío, al alba’. Claro, no es una orden.
—Era una súplica, secunda Federico a su ex esposa.
“Al alba” en la voz de Fernández es una de las dos interpretaciones en vivo por las que vale la pena ver la serie. La otra es la de la gironesa Silvia Pérez Cruz, “Pastores”, en el capítulo 1. Ambas dotan de un nivel estético este thriller familiar lleno de corruptelas y traiciones.
De Israel Fernández dice Luis Pastor en un texto publicado en la página web de la Universidad Complutense de Madrid:
“En su disco ‘Naranjas sobre la nieve’ Israel nos presenta once cortes viajando desde lo más profundo del flamenco hasta la fusión con el jazz más melódico. Once pasajes de ida en un viaje por los sentidos, por la raza, y por el saber hacer”.
“Flamenco en estado puro. Entendida la pureza, como la más alta expresión del alma, en el cante. Oración del sentimiento. La inspiración momentánea del Duende y el instante estremecido del grito y el silencio. Flamenco del siglo XXI. Israel lo tiene todo. Ritmo, compás y armonía”.
La ExpoFlamenco también tuvo elogios para Fernández: “Sin lugar a dudas, Israel Fernández se ha convertido en un fenómeno musical procedente del flamenco. Desde José Monje Cruz no habíamos visto ese tipo de tesitura orgánica que tanto caracteriza al toledano. Es un placer poder ver y ser testigo de cómo un artista flamenco, siendo su voz su herramienta principal, tiene la capacidad de aglutinar tanto a neófitos como a los ya doctorados en la materia. Tanto a los que proceden de la música urbana como a aquellos que el flamenco es su estilo de vida”.
Por su parte, Silvia Pérez Cruz es poseedora de una de las voces más sobrecogedoras de los últimos tiempos; en palabras de Jorge Drexler, “una voz que marca una generación”. Compositora e intérprete, ha hecho musicalmente de todo, teatro, cine… no se encasilla en un solo género y canta igual con la Orquesta Nacional de España dirigida por Josep Pons que con Natalia Lafourcade, Lila Downs, Liniker, Joan Manuel Serrat. De verdad que quien la escucha no la olvida.
Sorpresa dos.
Una mujer encuentra un casete en el auto robado a Juan Salvo (“El eternauta”) y exclama: “Al fin algo como la gente” antes de ser atacada por algo que no podemos ver (aún, en ese capítulo). La canción es “Cuando pase el temblor” de Gustavo Cerati.
Al igual que en “El legado” con “Al alba” y “Pastores”, si bien la banda sonora de “El eternauta” es buena, pieza fundamental en la narrativa, como debe ser, son las canciones populares argentinas las que aportan profundidad emocional a la exitosa adaptación de Bruno Stagnaro.
Las canciones de Carlos Gardel, Mercedes Sosa (“Credo”) y Soda Stereo son las más reconocibles para el oído mexicano y acompañan momentos clave de la trama poniendo el acento en la tragedia, el sacrificio, la hermandad o simplemente los créditos. Pero hay otras que tal vez no nos parezcan tan conocidas, y la serie es una buena oportunidad para acercarse a ellas, como las del grupo argentino Manal, “No pibe” y “Jugo de tomate frío”.
Y es que más que el tango, es el rock argentino el que resuena en las canciones de la serie con grupos como “Pescado Rabioso”, “El reloj” o “Billy Bond y la Pesada del Rock and Roll”.
¿Por qué el rock? Suponemos que, porque al igual que en México, con sus claras diferencias, el rock argentino es un movimiento musical y cultural que refleja la realidad social y política de un país, así como la identidad de sus jóvenes, y “El eternauta”, adaptación a la pantalla de la historieta homónima de Héctor Germán Oesterheld, a pesar de no ser una crítica directa a la dictadura argentina de Videla, se convirtió en un símbolo de resistencia y memoria frente a la violencia y la opresión.
Caro le saldría a Oesterheld el atrevimiento. Fue secuestrado y desaparecido en 1977, después de que sus cuatro hijas también fueran raptadas y asesinadas.
Hace unos días, el director mexicano de cine Guillermo del Toro y el compositor francés Alexander Desplat, hablaron en el Festival Internacional de Cine de Cannes de la importancia de la música en el cine. Ambos coincidieron en que debe de emocionar.
Para Del Toro la música es esencial para entender el cine, tanto que solo escuchando una banda sonora, con los ojos cerrados, es cuando puedes evocar sin problema una película.
“Amo la música”, señaló rotundo el realizador mexicano, que asegura que el 90 por ciento de lo que escucha son bandas sonoras y recordó que los primeros discos que compró en su vida eran composiciones para películas, entre las que citó El padrino (The Godfather, 1972), con música de Nino Rota, que ganó un Oscar por la segunda parte de la saga de Coppola.
Esa pasión por la música está clara en la cinematografía de Del Toro, que edita sus películas sin ella porque cree que es el filme el que te dice “lo que necesita”.
Lo cierto es que sin música el cine no sería lo mismo, y es muy agradable escuchar, ya sea en una sala de cine o en casa frente al televisor, propuestas de calidad que enriquecen un producto y lo hacen memorable. Les juro que se me podrán olvidar los nombres de los personajes de “El legado”, pero jamás esa versión de “Al alba” agitanado.— Patricia Garma Montes de Oca



