Guillermo del Toro ha devuelto a Frankenstein su dimensión más humana. En su nueva versión, el director mexicano no se limita a contar una historia de horror, sino una de orfandad.
Su lente se detiene en el dolor de quien nace sin ser amado, en la tragedia de quien busca un rostro que le devuelva ternura y solo encuentra miedo.
En su criatura, encarna el grito silencioso de quienes son rechazados por su diferencia. Así, la película se convierte en un espejo de nuestras propias sombras: la del poder sin empatía, la del miedo a lo distinto, la de la creación abandonada a su suerte.
Visualmente, la cinta “Frankenstein” recién estrenada en streaming de Guillermo del Toro es maravillosa. La crítica coincide en que el diseño de producción, los decorados, la fotografía, el vestuario y la ambientación gótica/victoriana son de primer nivel.
La versión de Del Toro respeta el alma de la criatura de Shelley: un ser que busca amor y es rechazado. Pero traslada la historia a un entorno distinto, embellece el horror, abre una rendija de redención que en la novela no estaba tan clara. Lo hace a través de su lente estético-emocional: “más lírico”, visualmente opulento, más “monstruo que siente” que sólo “monstruoso”.
Hay películas que no se limitan a contarnos una historia, sino que nos devuelven la esencia de lo humano. La versión que Del Toro nos acaba de entregar de “Frankenstein” pertenece a esa rara especie de obras que tocan el alma antes que los sentidos.
Desde el primer fotograma, la película deslumbra. La fotografía es de una belleza conmovedora; cada encuadre parece pintado con manos que entienden la luz, el color y el dolor. La ambientación gótica, los tonos fríos y las sombras doradas construyen un universo donde la belleza convive con la tristeza, como si el director quisiera recordarnos que hasta en lo oscuro puede haber ternura. Pero lo que más me conmovió no fue su perfección visual, sino su fidelidad al espíritu de Mary Shelley. Del Toro no copia su historia: la reinterpreta con respeto y compasión. El dice: manejo el libro original de Shelley como si fuera “mi biblia”.
Mantiene viva la idea central de la novela —esa criatura buena, inocente, que solo anhela amor y es transformada en “monstruo” por el rechazo y el maltrato. Shelley siempre lo escribió así: el verdadero horror no era el ser creado, sino la crueldad de quienes lo negaron.
En esta versión, esa verdad resplandece. La criatura de Del Toro no da miedo: duele. Su mirada es la de alguien que ha comprendido demasiado pronto que el mundo castiga la diferencia. El director nos invita a sentir ternura, no temor; empatía, no repulsión. Y en ese gesto poético reside la fidelidad más profunda al libro original.
Sí, hay cambios: la época se traslada, la estructura se flexibiliza, y el ritmo es más contemplativo que el de Shelley. El horror deja paso a la emoción. Pero el alma —esa pregunta eterna sobre la soledad, el abandono y el límite del amor humano— permanece intacta. Los diálogos son intensos y serenos a la vez, capaces de sostener el peso filosófico de la historia. El “monstruo” reflexiona, se duele, recuerda, ama… y en ese proceso, se vuelve más humano que quienes lo crearon.
Del Toro nos entrega un Frankenstein que renuncia al miedo para abrazar la compasión. Su criatura no destruye: busca comprensión. No ataca: se defiende. No odia: se duele. Y ese tránsito de la oscuridad hacia la ternura convierte a la película en una obra profundamente espiritual.
Quizás el mayor acierto del director —y la razón por la cual su filme emociona tanto— es ese pequeño gesto de esperanza que deja flotando en el aire. Shelley cerró su novela en la desesperanza; Del Toro abre una rendija hacia la redención. Es como si quisiera decirnos que el perdón también puede ser un tipo de creación.
Frankenstein, en sus manos, no es un monstruo. Es un espejo. Y al mirarlo, entendemos que todos hemos sido alguna vez esa criatura: heridos por el rechazo, transformados por la falta de amor, y deseosos —pese a todo— de volver a empezar. Detrás del mito del monstruo se esconde, en realidad, una metáfora feroz sobre la humanidad misma. “Frankenstein” no habla solo de una criatura deformada, sino de lo que ocurre cuando los seres humanos se vuelven incapaces de amar y de hacerse responsables de lo que crean.
La monstruosidad no está en la piel, ni en los tornillos, ni en la torpeza del cuerpo, sino en la ausencia de compasión y ternura que, una vez suprimidas, convierten cualquier alma en desierto. Del Toro lo entiende con maestría: el verdadero monstruo no es el creado, sino el creador. Víctor Frankenstein engendra vida sin asumir el compromiso de acompañarla, y en esa omisión se vuelve culpable de lo que su criatura llega a ser.
La falta de amor no solo deforma al rechazado, sino que lo llena de rabia, de soledad y de venganza; es el espejo más cruel de nuestra época, donde la indiferencia fabrica sus propios monstruos todos los días. Porque lo que destruye a las personas no es el mal en sí, sino la ausencia del bien; no es la violencia, sino la falta de cuidado. Frankenstein —como toda gran historia— nos devuelve al principio de todo: el amor. Sin él, incluso la creación más noble se pervierte. Con él, hasta lo roto puede redimirse.
Abogada y escritora.
