Hay una niña que Mar Montero Morales lleva consigo a todas partes: cuando subió al avión rumbo a Nueva York, en las clases de actuación en la American Musical and Dramatic Academy (AMDA) o pisando el escenario Off-Broadway. Esa niña sigue ahí, acompañándola.
La lleva en un álbum de fotografías que empacó entre las dos maletas con las que hace dos años y medio dejó México para comenzar su formación como actriz en Nueva York. “Me traje un álbum de fotos de cuando yo era chiquita”, cuenta en una entrevista con el Diario desde la ciudad que por ahora es su casa.
Mar nació en Tizimín, pero creció en Playa del Carmen. Sin embargo, sus recuerdos más felices tienen un paisaje yucateco, las navidades con la familia, las visitas al rancho de sus tíos en Sucilá, aprender a montar a caballo, las ferias, los días en la playa y los paseos en moto con sus primas. “Todos los recuerdos divertidos y que están llenos de felicidad son en Yucatán”, dice. Quizá por eso, aunque Nueva York sea hoy el escenario de sus sueños, hay algo de Yucatán que sigue apareciendo en su trabajo y en su vida.
El arte estuvo cerca de Mar desde pequeña. Su mamá y su abuela son maestras de baile y ella comenzó con el ballet, aunque pronto encontró en el hip-hop una nueva pasión. Durante más de una década bailó y compitió, convencida de que aquella sería su profesión. Hasta que llegó la pandemia de Covid-19. El encierro cambió sus planes y también le permitió descubrir algo que estaba allí, pero que todavía no había nombrado.
Las películas y la televisión se convirtieron en parte de sus días y una tarde bajó a la sala de su casa para decirle a su mamá algo que terminaría cambiándole la vida. “Quiero tomar clases de actuación”. Su madre la miró con sorpresa, pero la apoyó. Encontraron una escuela y Mar tomó su primera clase. “Desde mi primera clase dije: ‘Esto es lo mío’”.
A partir de entonces asistió a clases de actuación para cine, teatro y televisión, además de trabajar en monólogos y dedicarse a buscar nuevas oportunidades. Si quería dedicarse a aquello, entendió que tendría que prepararse. Fue su maestra de teatro musical, Anabel Dueñas, quien le habló de AMDA, institución fundada en Nueva York en 1964 y especializada en la formación de artistas escénicos.
Solicitó su ingreso y fue cosa de tiempo saber que la habían aceptado. Y entonces llegó el momento de explicarle a la familia que aquel sueño ya no cabía solamente en la sala de su casa. Sus padres, ambos artistas, la respaldaron, aunque también le pidieron que pensara bien las cosas. Mar tenía entonces que resolver visa, mudanza y todo lo necesario para empezar una nueva vida. “Empacar mi vida en dos maletas y ver qué me llevo y qué no me llevo”, recuerda.
Mar añade que cuando recibió la llamada de aceptación estaba sola en casa. Brincó de emoción, llamó a sus papás. Del otro lado del teléfono hubo gritos, lágrimas y alegría. Dos meses después, Mar estaba volando a Nueva York.
El primer contacto con la ciudad estuvo marcado por la curiosidad. Todo era nuevo: el paisaje, las personas, los compañeros, las costumbres; quería conocerlo todo.
En AMDA encontró un pequeño grupo de compañeros que terminó convirtiéndose en una familia. También descubrió que ser la única extranjera de su salón implicaba aprender de otras culturas, aunque el inglés no representó para ella una barrera tan grande gracias a la formación que recibió desde niña. Lo que más extrañó fue la comida y los ingredientes de su país.
“En Nueva York puedo encontrar comida mexicana, pero no siempre se encuentra el sabor de casa”, confiesa y asegura que todavía busca el lugar donde unas enfrijoladas sepan como las de México. Y cuando regresa a Yucatán, aunque sea por unos días, aprovecha para recuperar esos sabores. “Son como mis minivacaciones. Así que, mamá, cocíname”, cuenta entre risas.
Apenas estaba por terminar sus estudios cuando llegó una de esas llamadas que los actores esperan durante meses y que muchas veces nunca llegan.
Había audicionado para “Lluvia de peces”, un cortometraje dirigido por Andrés Mejía. Un mes después, el día previo a su graduación, revisó su teléfono y encontró un mensaje del director. Pensó que se había equivocado de persona. No era así.
Mejía le estaba ofreciendo el papel de Sonia, una joven hondureña solicitante de asilo que debe luchar por la ciudadanía de su hija frente a quienes quieren verla fuera del país. Mar estaba en su última clase. Sus compañeros y su maestro la vieron reaccionar frente al teléfono sin entender qué sucedía. “Me acaban de dar el rol en un short film”, les dijo.
La noticia fue un secreto durante algunas horas. Quería contárselo a su mamá después de la graduación. Al día siguiente, después de recibir su diploma, finalmente se acercó a ella y le dijo alegre: “Me dieron un papel estelar de una película”. Su mamá lloró, se abrazaron y una semana después Mar estaba volando a Washington para comenzar la filmación.
Allí compartió escenas con la actriz cubana Camila Arteche, quien interpreta a su madre en la historia. Para Mar, interpretar a Sonia tuvo un significado especial, pues no estaba representando desde afuera a una latina que intenta abrirse camino en otro país, sino que “soy una latina interpretando a una latina que lo está intentando lograr en otro país”, explica. El cortometraje todavía forma parte de su presente. Quedan escenas pendientes de filmar y en enero pasado la producción informó que había pasado la primera ronda de evaluación de los Cannes Film Awards.
Off-Broadway
Después de “Lluvia de peces” llegó una oportunidad que Mar considera un privilegio, su debut Off-Broadway. Fue parte del elenco de “Elliot, fuga de un soldado”, producción de Repertorio Español que se presentó en agosto pasado en Nueva York, en español y con subtítulos en inglés. Mar interpretó a la enfermera Ginny.
La obra, escrita por la dramaturga Quiara Alegría Hudes, cuenta la historia de un joven marine que regresa herido de Iraq y se enfrenta a los recuerdos y heridas de varias generaciones de su familia.
Para Mar, cada nuevo escenario confirma aquella certeza que tuvo durante su primera clase de actuación. Pero también sabe que una carrera artística no avanza en línea recta. Ahora audiciona, espera respuestas y continúa trabajando mientras busca resolver su situación migratoria para poder permanecer más tiempo en Estados Unidos. Hay caminos posibles, pero todavía no sabe cuál tomará su vida.
Y eso no parece asustarla. Quizá porque ya aprendió que los sueños no siempre llegan por la puerta que uno imagina. “Hay muchos caminos”, dice. “A veces no es por el camino que tú quieres o por el primer camino que puedes ver”. Habla de subir escaleras y, algunas veces, tener que bajarlas un poco. De detenerse, observar y después continuar.
Y entonces vuelve a aquella niña que guarda en un álbum de fotografías. La niña que pasó sus Navidades en Yucatán, que aprendió a montar a caballo, que bailó hip-hop durante más de diez años y que un día bajó a la sala de su casa para decirle a su mamá que quería actuar. Por ello comparte: “Si tienes un sueño o un objetivo que en tu corazón es tuyo y que en tu corazón y en tu mente no hay otra opción, lo vas a lograr”. Mar todavía no sabe exactamente cuál será su siguiente escenario. Pero ya aprendió que mientras siga caminando, la ruta puede cambiar.
Mientras continúa construyendo su camino, Mar invita a quienes quieran acompañarla en este recorrido a seguir sus proyectos a través de sus redes sociales, en Instagram como @mar.monterom, donde comparte parte de su trabajo y las nuevas oportunidades que van surgiendo en su carrera.



