MÉRIDA, Yucatán.— La noche cayó sobre Mérida con aire frío y húmedo, pero nadie parecía notarlo. Afuera del Estadio Carlos Iturralde Rivero, una marea de lentejuelas, botas, labios rojos y pelucas moradas, anunciaba que no sería una noche cualquiera, sino la muy esperada parada del “Las Mujeres Ya No Lloran World Tour” de Shakira. Los fanáticos estaban listos para aullar.
El tráfico en los alrededores era insufrible y la espera alcanzó al menos tres horas y media desde la apertura de puertas. Al ingresar, el público recibió brazaletes luminosos. “Son parte del show”, advertían los organizadores. Minutos después, cuando las luces se apagaron, el estadio se convirtió en un océano de destellos sincronizados al ritmo de la música.
El regreso de Shakira a Mérida

La presentación marcó el regreso de la estrella colombiana a Mérida, Yucatán, tras una sequía de 15 años. Su anterior visita a la capital yucateca ocurrió el 16 de julio de 2011, y ahora volvió el pisar la tierra del Mayab como parte de su actual gira mundial.
El arranque fue una declaración de identidad. “Latinas” retumbó como manifiesto y la multitud respondió con orgullo. Pirotecnia iluminó las alturas. Luego llegaron “Las de la intuición” y “Estoy aquí”, coreadas con la fuerza de quienes crecieron con esas letras en la memoria. Enfundada en un vestuario brillante, Shakira lanzó la primera de varias frases que marcarían la noche: “Mérida, esta noche y siempre somos uno”.

“Inevitable” bajó la intensidad para elevar la emoción. Caminó por el escenario y la enorme pasarela, con sonrisa cómplice mientras miles de voces hacían el resto. Después, teatral y juguetona, dio paso a “Que bien actúas”, con una estética teñida de rosa y referencias visuales y un maniquí viviente que combinaron ironía y elegancia pop.
Entre canción y canción habló de resiliencia, de aprender a levantarse y de transformar las lágrimas en impulso. Tomó la guitarra y el público guardó un silencio reverente. Ese momento íntimo contrastó con la energía desbordada de “Te felicito” y con la interpretación más cruda de “Monotonía”, presentada más adelante en una versión desnuda, casi confesional.

Al piano apareció un intro nostálgico y luego tonos de empoderamiento que se convirtieron en “La Loba”. En pantalla, la figura de la loba acompañada de sus crías reforzaba la narrativa visual mientras un mar de aullidos inundaba el estadio. Una escultura gigante de loba lanzaba láser por los ojos asombrando a los presentes. Más tarde, el escenario se transformó en paisaje marino para “Acróstico” los rostros de los hijos de Shakira en un video convirtieron el momento en nueva complicidad femenina.
La nostalgia dio paso a la fiesta. “La bicicleta” convirtió el recinto en carnaval caribeño, seguida de “La tortura”, al sonar la frase “No quiero que todos los días sean de sol” rápidamente encontró eco colectivo. Tras un momento de oscuridad, en las pantallas se leía “Las caderas nunca mienten” y el estadio explotó con “Hips Don’t Lie”. Rojo y dorado bañaron el escenario mientras la artista bailaba junto a su ballet femenino mostrando por qué es la reina del movimiento de vientre; los brazaletes luminosos acompañaban cada golpe de ritmo.

Hubo constantes cambios de vestuario. “Chantaje” apareció en pantallas mientras ajustaban detalles de producción, y más adelante la versión en salsa encendió las gradas con pasos improvisados. Se escuchó “Soltero de oro a los 40, ¿y a ellas qué?”, preguntó sonriente. “Lo mejor es el amor propio”, añadió antes de interpretar “Soltera”, en una escena que combinó sensualidad y empoderamiento sin concesiones.
En uno de los momentos más celebrados, descendió del escenario para acercarse a los asistentes. Tocó manos, recibió abrazos y dedicó un saludo especial, leyendo uno de los carteles que decía “¡Feliz cumpleaños, Valentina!”, causando una ovación prolongada. “Mérida, no saben qué feliz la estoy pasando. Gracias por caminar conmigo desde hace 30 años”, expresó.
“Antología” fue un suspiro colectivo; “Día de enero” desató coros multitudinarios. Luego Shakira apareció con espadas en mano y precisos movimientos de cadera llegó “Suerte”, mientras más de uno cantaba su propia historia.

El tramo final fue una celebración compartida. “Waka Waka” llenó el estadio de color. La cámara recorrió al público: madres cargando a sus hijas, amigos abrazados, disfraces y carteles. “¿Cómo están mis lobitas de Mérida?”, preguntó entre risas antes de retomar “Loba” como himno de complicidad femenina.
El cierre llegó con una frase que se ha convertido en estandarte de esta etapa: “Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”, no sin antes proyectar los 10 mandamientos de la loba. Fuegos artificiales iluminaron el cielo y los brazaletes brillaron por última vez. Shakira brincó, lanzó besos y se despidió: “Gracias, Mérida, los quiero mucho, pero mucho, mucho”.
La noche terminó, pero nadie parecía dispuesto a irse. Porque en Mérida, al menos por unas horas, miles de historias encontraron banda sonora en la voz de una loba que volvió a Yucatán 15 años después para confirmar que el vínculo seguía intacto. Los ríos de fans tardaron más de una hora en despejar el estadio, afuera la venta de mercancía oficial y no oficial, comida bebida y todo tipo de antojitos enmarcaban la medianoche tras el inolvidable concierto.
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