Presbítero Manuel Ceballos García
Adorar a Dios “en espíritu y en verdad”.
Para mantener el orden y custodiar el Templo existía un cuerpo policial formado por levitas; seguramente son éstos los judíos que, en el relato del evangelio según San Juan, interrogan a Jesús.
Llama la atención que no le acusen de alterar el orden y que le pidan una señal, un milagro, que demuestre su autoridad para intervenir en el Templo. Solo un milagro puede legitimar la acción de Jesús, y así piensan esos “policías”. Tal modo de pensar era característico de la mentalidad judía.
El “ataque” de Jesús al Templo judío significa el fin del antiguo régimen de salvación y el anuncio de un orden nuevo en el que Jesús mismo será el lugar de la cita de Dios con los hombres, el verdadero Templo. La resurrección de Jesús y su Ascensión serán el comienzo de una nueva presencia del Señor en medio de la comunidad cristiana.
Si Jesús es el Templo, los fieles pueden ya reunirse en cualquier parte para dar culto a Dios Padre en Espíritu y en verdad.
Pero los guardianes del Templo tomaron al pie de la letra las palabras de Jesús y, más tarde, le acusarán ante los tribunales de lo que para ellos era una amenaza sacrílega. Jesús murió también por oponerse a la religión establecida, sacralizada y mercantilizada.
Sin embargo, la celebración de hoy se abre con la presentación solemne de Dios que se revela como el autor de la experiencia de libertad del pueblo de Israel: “Yo soy el Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto y de la esclavitud”. Y, a continuación, se desglosan los Diez Mandamientos.
Martín Lutero, en una de sus “lecciones de catecismo” que escribió en 1528, afirma: “No hay mejor espejo en el que puedas ver lo que necesitas sino los Diez Mandamientos: allí encuentras lo que te falta y lo que debes buscar”.
Estas no son unas simples normas morales, sino la expresión de un diálogo en el que Dios indica su voluntad y la persona se adhiere con todo su ser, entretejiéndose las voluntades, la divina y la humana.
Hoy, en este camino del tiempo cuaresmal, teniendo como “telón de fondo” el episodio del evangelio en el que Jesús declara: “¡no conviertan en un mercado la casa de mi Padre!”, debemos detenernos largo tiempo a meditar el primer mandamiento: “No tendrás otros dioses fuera de Mí; porque yo, el Señor, soy tu Dios”. Nuevamente resulta significativo citar de nuevo a Lutero quien en esas mismas “lecciones”, escribió: “Tener a un solo Dios significa tener aquello a lo que el corazón se abandona totalmente”.
