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Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán

“Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo como siempre afectuosamente y les deseo todo bien en el Señor.

Un hombre en su sano juicio siente miedo ante la muerte. Quien no tenga miedo está afectado mentalmente sin lugar a dudas.

El patrón de conducta de los hombres, especialmente jóvenes, que han derramado sangre de sus compañeros o maestros en distintos tiroteos en el País del Norte, es el de terminar suicidándose.

Yo veo en el fondo de estas locuras un problema ético social, cuando el dinero que debería servir, es servido por la avaricia ciega de los dueños de las fábricas de armas, quienes tienen modo de influenciar la política para que la población se pueda seguir armando; y de auspiciar la corrupción para que las armas puedan cruzar fronteras suministrándolas a los bandos contrarios en distintos países, como sucede en el nuestro.

La desintegración familiar, los jóvenes que se apartan de sus padres, el libre acceso a las drogas y al licor, son factores que abonan al clima de inseguridad y de menosprecio de la vida.

Jesucristo, Dios encarnado como verdadero hombre, y un hombre totalmente sano que creció en el seno de una familia perfectamente integrada con María y José, tiene un auténtico miedo ante la muerte en cruz que se le avecina. Tiene además el valor de confesar públicamente su miedo ante sus apóstoles con toda humildad, como lo dice en el santo evangelio de hoy según san Juan: “Ahora que tengo miedo, ¿le voy a decir a mi Padre: ‘Padre, líbrame de esta hora’? No, pues precisamente para esa hora he venido” (Jn 12, 27).

La segunda lectura de hoy tomada de la Carta a los Hebreos nos dice que: “Cristo ofreció oraciones y súplicas, con fuertes voces y lágrimas, a aquel que podía librarlo de la muerte…” (Heb 5, 7).

Pero antes, en el mismo pasaje del evangelio Jesús habla de que su hora que ha llegado. Él había sido enviado solamente a las ovejas descarriadas de la casa de Israel (cfr. Mt 15, 24) y por eso, cuando Andrés y Felipe le dicen que hay dos griegos que quieren hablar con él, Jesús reconoce y proclama que ha llegado su hora, la hora de la cruz, la hora de ser glorificado y de dar fruto como el grano que se siembra en la tierra, que muere para dar fruto. En Jesús la muerte adquiere la dimensión novedosa de fructificar, cuando se acepta libremente por amor a los hermanos, los hombres, y en obediencia al Padre; aunque considerando que la aceptación no quita el miedo tan humano y normal.

Llega para él la hora de la cruz, mientras que para la Iglesia llega la hora de comenzar a vivir y de nacer “católica”, es decir, con la misión universal de predicar la Buena Nueva a todas las naciones; como de hecho ha sucedido desde aquel día de Pentecostés cuando la Iglesia inició su hora.

Luego, cada uno de los que estamos en el mundo vamos tarde o temprano llegando a nuestra hora, y esto es algo ineludible ya que ninguno de nosotros es indispensable en este mundo, pues tenemos que dejar nuestras obras a las siguientes generaciones en las familias, en la Iglesia, en las asociaciones y en los gobiernos.

 

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