La Semana Santa y especialmente el Triduo Pascual son días de profunda reflexión, no es un suceso histórico de hace más de dos mil años sino acontecimientos que nos lleva a revivirlos.
En el jueves Santo, Jesucristo instituyó la eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento del amor.
Jesús expresó de forma suprema la ofenda de sí mismo en la cena acompañado de los doce apóstoles.
Jesús hizo de esta última cena el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre, por la salvación de los hombres: “este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros. Esta es mi sangre de la alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados”.
La eucaristía que instituyó será el memorial de su sacrificio. Jesús incluye a los apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla. Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la nueva alianza: “por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean consagrados en la verdad (Jn 17, 19).
El cáliz de la nueva alianza que Jesús anticipó en la cena al ofrecerse a sí mismo, lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní, haciéndose obediente hasta la muerte. Jesús ora: “Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26, 39).
En el Viernes Santo, el Catecismo de la Iglesia Católica menciona: “que la muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres por medio del cordero que quita el pecado del mundo y el sacrificio de la nueva alianza que devuelve al hombre a la comunión con Dios reconciliándole con Él por la sangre derramada por muchos para remisión de todos nuestros pecados”.
Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios.
Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo mismo y la humanidad.
Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor ofrece su vida a su Padre por medio del Espíritu Santo, para reparar nuestra desobediencia.
En la cruz, Jesús consuma su sacrificio y el amor hasta el extremo, es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida.
El amor de Cristo nos apremia al pensar que si uno murió por todos, todos por tanto murieron.
Ningún hombre estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos.
La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos. En estos días es momento para reflexionar de la importancia del significado del Jueves y Viernes santos.
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