Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán

“Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (Jn 15, 5).

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este quinto domingo de Pascua. Envío un saludo muy especial a todos los niños de Yucatán, ya que mañana se celebra el esperado Día del Niño.

El comercio organizado ha dedicado todo el mes de abril a esta temática, así como también tiene un tema para cada mes, motivándonos siempre al peligroso consumo.

Muchos niños tendrán en este día un regalo y tal vez algún festejo, pero muchos más no lo tendrán. Este domingo podemos reflexionar sobre los niños que sufren por la miseria en que viven, por su pobreza, por su enfermedad o por ser víctimas de violencia o de trabajo que cae en esclavitud.

Pensemos por ejemplo, en los niños migrantes, en los que están en algún hospital, en los que sufren por la desintegración dentro de su propia familia o en las víctimas de abuso.

El miércoles pasado fui invitado a participar en un evento en Ciudad de México que llevó por título “Reunión Interamericana Sobre Castigo Corporal Contra Niñas, Niños y Adolescentes”, organizado por la ONU, Unicef, OEA, Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y otros organismos, como la Dimensión de Justicia y Solidaridad (Dejusol) del Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) con mi representación; el cual tuvo como objetivo general, poder generar un espacio para el análisis de retos e intercambios de buenas prácticas para poner fin al castigo corporal contra niños, niñas y adolescentes en la región de América Latina.

Estoy consciente de que hay mucha gente de mi edad que cree que los castigos físicos son necesarios, añorando aquellos tiempos en que estas sanciones eran bien vistas en la casa y en la escuela para una buena educación.

Educar sin violencia física a los pequeños es todo un arte que supone mucha paciencia, sabiduría y amor.

A finales del siglo XIX, san Juan Bosco decía a sus sacerdotes que en la educación de los niños: “Es más fácil enojarse que aguantar, amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez…

Guárdense de que nadie pueda pensar que se dejan llevar por los arranque de su espíritu” (cfr. Epistolario, Turín 1959, 4, 201-203).

Que Dios nuestro Padre bueno les dé a todos los padres de familia y demás educadores, la paciencia y sabiduría necesaria en la corrección de sus hijos, para que tampoco haya niños mal formados que crean que se merecen todo, que no aprendan generosidad, humildad y servicialidad, osea fe en Dios y amor al prójimo.

El santo evangelio del día de hoy presenta una de las afirmaciones de Jesús en las que se autodenomina como Dios, al decir “Yo soy”.

En esta ocasión afirma: “Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el viñador” (Jn 15, 1).

Esta alegoría toca muy de cerca la cultura vitivinícola de aquellos tiempos y también de los tiempos actuales, pues el consumo del vino permanece en la cultura europea, en la del Medio Oriente; y hoy en día muchas personas acostumbran beber vino en todos los rincones del planeta.

No es casualidad que el primer milagro de Jesús en las bodas de Caná, fuera la conversión del agua en vino; y que su último milagro antes de la pasión, fuera la conversión del vino en su propia sangre, misma que al siguiente día derramó en la cruz para nuestra redención. Así pues, la vid tiene esa carga de significado, de gracia de Dios, de vida divina y de redención.

El Padre celestial nos reconoce como hijos, en la medida que nos vea unidos a su Hijo. Hay millones de personas en el mundo que no creen en Jesús, pero que viven de una manera digna de los hijos de Dios, respetando la voz de su conciencia y/o los postulados de alguna religión, de este modo ellos también son sarmientos unidos a la vid que es Cristo.

Luego dice Jesús: “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos” (Jn 15, 5). Con esta alegoría Jesús deja muy en claro que, todo lo bueno que hay en nosotros nos viene de él, que nos comunica su Espíritu que viene en la “savia de la vid”.

Con esa savia, con ese Espíritu, somos capaces de hacer las cosas más grandes y santas, en obediencia al Padre y en amor a nuestros hermanos.

Unidos a él nos comunica toda su divinidad.

Para eso, el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre, para que nosotros los hijos de los hombres nos hiciéramos hijos de Dios, es decir, para que pudiéramos participar de su divinidad.

Así es que nadie se debe gloriar de sus obras buenas, porque son obras que nos vienen del poder de Cristo, de su Savia, de su Espíritu.

He escuchado a gente que se sorprende al enterarse, de que a una persona buena le ha sucedido alguna tragedia, alguna enfermedad o accidente; y entonces se cuestionen: “Pero ¿por qué le pasó eso, si es una persona tan buena?”. Jesús desde entonces nos daba la respuesta diciendo: “Al sarmiento que no da fruto en mí, él (el Padre celestial) lo arranca, y al que da fruto lo poda para que dé más fruto” (Jn 15, 2).

 

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