25 años de hacer historia
“¡Que Dios bendiga a México! ¡Que Dios bendiga a todos los hijos e hijas de esta amada nación! Alabado sea Jesucristo”. Desde el aeropuerto “Manuel Crescencio Rejón” de Mérida, Juan Pablo II se despedía así de los mexicanos la mañana del jueves 12 de agosto de 1993, 24 horas después de haber llegado al Estado, que por primera vez recibía en su territorio a un sucesor de San Pedro.
Dos mil personas en la terminal aérea en la bienvenida del miércoles 11, seis mil en el atrio del convento franciscano de Izamal y 800 mil en el Campo Eucarístico de Xoclán —las cifras que el Diario reportó en su momento— fueron testigos directos de los mensajes que pronunció el Papa polaco en “esta bendita tierra maya”, como él la llamó.
A partir de mañana y todos los sábados de agosto, además de algunos otros días de la semana, este periódico recordará el histórico viaje a la entidad de Karol Wojtyla, quien el 16 de octubre de 1978 se convirtió en jefe de la Iglesia católica.
En voz de integrantes del clero, seglares y funcionarios de gobierno recrearemos momentos ocurridos antes, durante y después de la presencia de Su Santidad en el Estado, un viaje de cuya posibilidad se habló por primera ocasión en 1989.
En julio de ese año, un reportero del Diario se comunicó a la oficina del delegado apostólico en México, Girolamo Prigione, para saber si Yucatán figuraba en la agenda de la visita del Papa al país en 1990. “Ya recibimos una carta del arzobispo de Yucatán, doctor Manuel Castro Ruiz, quien solicitó que la ciudad de Mérida sea incluida en el itinerario que seguirá el Papa; pero, repito, todavía es prematuro anticipar cualquier juicio al respecto”, declaró el prelado.
La capital yucateca quedaría fuera del programa de ocho días en que Juan Pablo II visitó ciudades del centro, norte y sur de la República. Pero la posibilidad de que llegara a la entidad siguió latente, como lo demostraba la declaración en 1991 de monseñor Andrés Erba, obispo de Vellerti, en el sentido de que “es muy probable que el papa Juan Pablo II pernocte en esta ciudad en su próxima visita a México, ya que, según me comentó, está interesado en conocer Mérida”.
El 3 de mayo de 1992, monseñor Prigione confirmó en Guanajuato el viaje de Su Santidad, previsto para el 15 de octubre siguiente. La emoción del anuncio duraría hasta el 28 de julio, cuando la Arquidiócesis declaró que la visita se cancelaba definitivamente debido a la convalecencia del Papa, al que le habían extirpado un tumor benigno en el colon.
Se dejó abierta la posibilidad de que el viaje se reprogramara para 1993, cuando Juan Pablo II debía trasladarse a Denver.
El 2 de marzo de ese año tuvo lugar el esperado aviso: el Papa estaría en Yucatán el 11 y 12 de agosto y pasaría la noche en Mérida. El comité organizador que se había integrado para el viaje de 1992 volvió a trabajar en el programa, que tuvo un cambio notable: involucraría a autoridades civiles, pues para entonces ya se habían restablecido las relaciones entre el Estado y la Iglesia y Juan Pablo II sería acogido en México por primera vez como jefe del Estado.
Es por esta razón que el presidente Carlos Salinas de Gortari lo recibió la mañana del día 11 en el aeropuerto con honores de mandatario. Ambos volverían a encontrarse horas después, en Palacio de Gobierno, donde hablarían de la nueva relación entre México y el Vaticano.
Después de la bienvenida en la terminal aérea, Juan Pablo II se trasladó a Izamal, donde sostuvo un encuentro con representantes de etnias de América. Luego de comer y descansar un momento en el Seminario, se dirigió al Campo Eucarístico de Xoclán para presidir la misa.
Pasó la noche en la casa de formación de futuros sacerdotes y ahí celebró la Eucaristía la mañana del jueves 12, antes de salir hacia el aeropuerto para abordar el avión que lo llevaría a Denver, a la Jornada Mundial de la Juventud. A nombre de los mexicanos lo despidió la gobernadora de Yucatán, Dulce María Sauri Riancho.— Valentina Boeta Madera
