Monseñor Gustavo Rodríguez Vega, arzobispo de Yucatán
Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo vigésimo sexto del Tiempo Ordinario, día en el cual concluye el mes de la Patria. Hoy también es el día en el que termina el mandato del gobernador Rolando Zapata Bello, a quien le agradecemos todos sus afanes y desvelos en favor de nuestro estado de Yucatán durante estos pasados seis años: Dios nuestro Señor será su mejor juez y su mejor recompensa. Que Él lo lleve siempre por el camino del bien y del servicio a los demás.
Y en consecuencia, mañana lunes primero de octubre se inicia su mandato el nuevo gobernador electo, Mauricio Vila Dosal, a quien hoy encomendamos en nuestras oraciones en cada Eucaristía para que los próximos seis años sea guiado por el Espíritu Santo, buscando el bien común y la justicia, así como el desarrollo integral de todos los habitantes de este gran Estado, particularmente de los pobres y marginados, y conservando la paz tan deseada y difícil de construir para otros lugares de México. El gobernador electo mencionó a algún medio de comunicación cuáles son los desafíos que le esperan en su gobierno, y yo quiero añadir a esos desafíos uno muy importante en la actualidad para Yucatán, para México y para el mundo, el desafío del cuidado de la ecología integral, y particularmente por el tema del agua, que es un vital líquido: por encima de cualquier interés económico está la preservación del agua para nuestra ciudad, para las futuras generaciones y para el mundo entero, “porque cuando sólo se busca un rédito económico rápido y fácil, a nadie le interesa” la preservación del ecosistema (cfr. LS 36). Dios bendiga a nuestro nuevo Gobernador.
El evangelio de hoy según san Marcos, comienza hablando de la expulsión de demonios, que practicaban otros que no eran discípulos de Jesús. El exorcismo es un ritual que se ha practicado en la Iglesia siempre, pero con la conveniente discreción, para no suscitar el morbo de los curiosos o de otras personas con alguna clase de trastorno mental. Si alguien tuviera un caso especial que cree que debe ser atendido como posible posesión diabólica, acérquese con confianza a su sacerdote y expóngale su caso, así él decidirá si es oportuno llevar a la persona necesitada ante los exorcistas de la diócesis. Nadie necesita acudir a otro lugar fuera de nuestra Arquidiócesis.
Al igual que san Juan apóstol en el evangelio de hoy, quien quería prohibir a los que expulsaban demonios sin ser de su grupo que lo siguieran haciendo; algo semejante pasa en la primera lectura, tomada del Libro de los Números. Yahvéh Dios tomó del espíritu que reposaba sobre Moisés y se lo dio a los setenta ancianos que habían sido convocados, los cuales se pusieron a profetizar; sin embargo dos hombres que se habían quedado en el campamento recibieron también el espíritu que se posó sobre ellos y se pusieron igualmente a profetizar. Josué le pidió a Moisés que les prohibiera a estos dos profetizar, a lo que Moisés respondió: “¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el Pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor” (Num 11, 29).
Hoy en día el Espíritu Santo ha descendido sobre ti el día de tu Bautismo y el día de tu Confirmación, también ha descendido sobre sus ministros el día de nuestra ordenación: no apaguemos al Espíritu en nuestras vidas, no lo dejemos fuera de nuestro corazón, permitamos en cambio que él dirija todos nuestros pensamientos, palabras y obras, así a diario estaremos expulsando al demonio de nuestra existencia e iremos profetizando con el testimonio de nuestra vida.
Recuerdo que a los dos días de mi ordenación episcopal, fui a celebrar la santa misa a mi parroquia y al llegar a la colonia donde crecí en Monterrey, me esperaba una pequeña multitud de vecinos; tocaba la banda de guerra a la que yo pertenecí en la misma escuela secundaria y de la casa de la esquina, don Roberto Castillo me esperaba con una jarra de agua y un vaso para ofrecerme de beber en aquellos calores de agosto. En aquel momento yo recordé las palabras que hoy Jesús dice en el evangelio: “Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa” (Mc 9, 41).
En nuestro pueblo hay mucha gente sencilla de una fe muy grande que ama a sus sacerdotes. Cuanto más nos quiere y consiente nuestra gente, los sacerdotes y todos los ministros hemos de esforzarnos por corresponder en fidelidad a nuestra vocación, en amor y entrega generosa a Nuestro Señor, así como a nuestros fieles.
Hemos de tener un respeto muy grande a toda esa gente de corazón sencillo y de una fe enorme, que son mayoría en Yucatán. Jesús nos amonesta y señala la gravedad que hay en escandalizar a una de estas personas. Así lo dice en el evangelio de hoy: “Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valiera que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar” (Mc 9, 42).
Cada una de esas personas significa para los sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosas, religiosos y apóstoles laicos, una gran responsabilidad para darles siempre el mejor de los ejemplos junto con un testimonio de vida cristiana, y así de este modo ellos nos impulsen a la santidad.
