Franck Fernández (*)
De la misma forma que hay mujeres que se transforman para convertirse en verdaderas beldades y actores o cantantes de poca monta que con mucho esfuerzo de sus agentes llegan a ser grandes estrellas, también existen objetos o esculturas a los que se les da un aura, historia y se vuelven obras maestras.
Pienso específicamente en el caso de la Venus de Milo, a la que la historia y acontecimientos que la circundan la hicieron muy famosa.
Si queremos conocer la historia de la Venus de Milo debemos remontarnos al Primer Imperio francés, creado por Napoleón Bonaparte.
A la caída de Napoleón, con la restauración del reinado en Francia con Luis XVIII, el nuevo régimen quiere mantener una presencia naval en el Mediterráneo y, en este contexto, los barcos navales surcaban esas aguas.
Fue así que, en abril de 1820, un barco militar llega a la isla de Milo, del archipiélago de las Cícladas, que hoy en día pertenece a Grecia y en aquel entonces formaba parte del imperio otomano.
Meses antes, un campesino de la isla, Yorgos Kendrotas, buscaba piedras para hacer su albarrada y en esta tarea encontró lo que de inmediato reconoció como una escultura femenina pero dividida en dos.
En total la obra unida mide 2 metros de altura y pesa 900 kg. Un joven oficial de la marina militar francesa, Olivier Voutier, vino a ver al campesino en cuestión, quien le pidió una elevada cantidad por las piezas.
El joven Olivier pidió ayuda a su gobierno, porque consideró que era importante la compra de esta obra. Después de muchos altercados y con la autorización del sultán de Estambul llevó la escultura a Francia.
Al llegar a París se la obsequiaron a rey Luis XVIII, que no era nada menos que el hermano menor del guillotinado Luis XIV.
A la caída de Napoleón, las potencias de la época se reunieron para establecer un nuevo orden mundial, es lo que se llamó la Conferencia de Viena.
Entre los acuerdos a los que se llegaron en esta Conferencia se estableció que todas las obras de arte que Napoleón había robado del resto de Europa tenían que regresar a sus respectivos propietarios. El Palacio del Louvre, al que Napoleón había convertido en Museo Imperial, de buenas a primeras se vio despojado de muchas de sus grandes obras.
Luis XVIII consideró que era oportuno mostrar esta hermosa pieza en el ahora Museo Real.
Los expertos del museo de aquella época consideraron que efectivamente era una obra mayor del arte helenístico. El campesino griego la había encontrado en dos pues esta era una técnica muy utilizada por los escultores griegos hacia el siglo IV ADC, a saber, las esculturas se hacían por pedazos y después se ensamblaban, quedando casi invisible esta unión a la altura de la cadera de la diosa.
Traductor, intérprete y filólogo. altus@sureste.com
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