Integrantes del colectivo literario Atorrantes. Foto: Facebook
Integrantes del colectivo literario Atorrantes. Foto: Facebook

Lo primero que debería uno hacer antes de enfrascarse en la lectura de esta antología es tomar el diccionario y buscar el significado de atorrante. Etimológicamente, la palabra deriva del verbo atorrar, que a su vez procede de torrar o turrar, que significa abrasar, tostar o, también, sufrir sopor o embotamiento.

Existe cierta polémica sobre su origen debido a la idea de que la palabra nació en Argentina. Según esta etimología, en la ciudad de Buenos Aires, cuando se hacían las obras sanitarias, los caños utilizados eran de marca A. Torrent. Los pordioseros que habitaban en este mundo subterráneo, comenzaron a ser llamados, por extensión, atorrantes —vagabundos, holgazanes—, en referencia a la marca. Sin embargo, esta leyenda carece de rigor histórico y es considerada más bien una invención popular.

      Lo cierto es para los diecisiete integrantes del grupo que hizo posible el libro que hoy nos ocupa, el adjetivo los califica como rebeldes, insurrectos. Desean ser, quiero imaginar, conocidos como un grupo de escritores que no se doblegan ante nada y que toman sus propias decisiones sin temor a ser calificados de políticamente incorrectos. Y para ser congruentes consigo mismos, no solo participan en orgiásticos festines que terminan a altas horas de la madrugada, sino que editan sus propios libros sin esperar que el estado o algún otro organismo benefactor los apoye. Bien por ellos.

      

Tema central

La antología que hoy nos convoca, segunda que este grupo produce, intenta tener como eje central lo perverso, de allí su nombre. Y digo intenta porque no todos los cuentos que se encuentran incluidos basan su argumento en ello. De pronto parece que algunos hubieran sido colocados a la fuerza sin tomar en cuenta la unidad temática, lo que no constituye un pecado, pero es probable que pudieran decepcionar al lector que se anime a adquirir el libro movido por el ansia de toparse con un manual de perversiones.

      Es un acierto, hay que decirlo, abrir el volumen con Carolina Luna. Estoy seguro de que si existe otra dimensión de vida después de ésta, la escritora debe de sentirse muy satisfecha. Secreto a voces, una historia redonda que empieza con una pesadilla y que termina con una realidad aún más pavorosa, resume, de alguna manera, la visión que la autora siempre tuvo de la familia convencional. Cuando leo este cuento me convenzo de que Carolina Luna fue una autora que se adelantó a su tiempo, una verdadera atorrante.

     Con Onda machines, Verónica Rodríguez me sorprende. Había leído su libro de cuentos Somos los mismos, ¡desnudos! y me pareció que a pesar de su correcta redacción, aún no encontraba una voz propia. Pienso que Onda machines es la línea que la autora debería de seguir en el futuro. El texto es despiadado y a la vez seductor. Una mezcla perfecta de confesión y denuncia. Mala cosecha, por el contrario, lo encuentro demasiado experimental para su talento.

   Con Cristina Leirena siempre me sucede que comparo cualquier cuento suyo con Él, un relato magistral que le escuché de viva voz alguna vez en un encuentro literario y que,  años más tarde, incluí en Sureste,  la antología recientemente publicada por Ficticia Editorial en la que reúno, según mi criterio, a los mejores cuentistas vivos relacionados con la península yucateca. Simetría no supera a Él, pero consigue enganchar al lector, sorprendiéndolo con una ficción que atrapa. Me pregunto en qué época habrá escrito Cristina Leirana este texto.

       A Iván Espadas le encanta jugar con sus lectores. Ya en la antología Mérida, Palabras y Miradas II, en la que lo invité a participar, me había obsequiado un texto donde moderniza al Huay Chivo de una manera muy original. Ahora, en Perversiones, trae a Kafka a la Ciudad Blanca con un relato fresco y divertido que invita a seguir la trayectoria de su autor.

    Conocí Déjame pasar, el relato de María Elena González, desde su concepción. Recuerdo que cuando lo llevó a mi taller de los miércoles todos le dijimos que allí había una historia memorable que valía la pena contar. Poco a poco, trabajándolo como debe de ser, María Elena fue puliendo y mejorando el cuento. Me complace descubrir el nivel literario que alcanzó la historia.

     Escrita a dos manos, El maniquí, de Cecilia Silveira y Mario Angulo, es uno de los cuentos más perversos de la antología. La realidad, ya se sabe, siempre supera a la ficción. El acertado uso del alter ego ayuda a que el lector se conecte de inmediato con la protagonista. Sin embargo, tratándose de un caso real, pienso que debieron trabajarlo más para librar la posibilidad de quedar en la simple anécdota.

   

Incomprendido

  Carlos Gómez Camuzzo es, quizá, uno de los nuevos escritores más incomprendidos que conozco. Su exacerbada ironía no conecta con cualquiera. Sus cuentos suelen narrar situaciones extremas que terminan en tragedia. El trío que entrega en este libro funciona bien en el contexto. Sus textos me remiten al libro de La banda de los enanos calvos, de Agustín Monsreal.  Allá está el camino, estoy seguro, que hará trascender a Camuzzo.

      Para ser un escritor primerizo, Noé Castillo Sánchez, ha hecho un buen debut. Porno mata videojuego está sostenido por un protagonista difícil de olvidar, un tipo solitario que disfruta el porno tanto como la velocidad en las motocicletas. No obstante, en la prisa por buscar un final adecuado, Noé se aleja de su objetivo y opta por una salida fácil.

      Con su entrega Entre Xtab y la Petit Mort, Fer de la Cruz  demuestra que un buen poeta también es capaz de crear un cuento de buena calidad. Me gusta la manera en que introduce la historia, la forma en que avanza para contarnos la anodina existencia de Teo. Y aunque los diálogos son inocentes –en los diálogos revela su novatez un escritor, diría el maestro Gabriel García Márquez–, no le restan credibilidad a la historia.

        Algo me sucede con el cuento de Martha Rosario, Quebrados por los ánimos, pues no termino de entenderlo. Sé que hay una pareja, un abuso por parte de él o ella,  un desquiciamiento, un intento de suicidio y un ataque, pero el argumento se pierde entre tantas rutas abiertas. Con todo, descubro a una autora tenaz con una gran capacidad para describir emociones y crear profundas y opresoras atmósferas.

     ¿Qué decir de los textos de Adolfo Calderón Sabido? Afuera de la casa de nuevo los perros es un buen ejercicio de taller, un texto correctamente escrito, pero sin la vuelta de tuerca indispensable para convertirse en relato. En cuanto a Priversiones, se trata, ante todo, no de un cuento sino de un lamento literario –por cierto ameno, puntual y bien escrito–, diseñado ex profeso para exorcizar al político que su autor todavía lleva dentro. Elogio su valentía. No cualquiera se atreve a poner en blanco y negro la caída del imperio. Ojalá que vengan más crónicas como ésta.

       Bon apetite, de Zindy Abreu, es un texto excepcional al que no le sobra ni le falta nada. Si la memoria no me falla, la autora recibió un premio por este cuento en un certamen nacional. Desde esta trinchera exhorto a Zindy a no abandonar nunca la escritura.

       Aunque me gusta mucho Andanzas, el texto de Mauricio Sánchez de Mier, debo reconocer que revela a un escritor con falta de pericia. Comienza con una genial descripción del ambiente desértico, continúa con unas fantásticas secuencias que mantiene al lector atento a la trama, pero se cae cuando se acerca a los párrafos finales. Como dirían los que saben: es cosa de ajustar el desenlace.    

      En cuanto a Modigliani…, el relato de Milagros Rentería, no tengo la menor duda de que su autora es una experta en el arte de la palabra. Pulcra en su expresión, en sus metáforas y en la utilización de los tiempos verbales, aparentemente no habría nada que reprocharle. Sin embargo, de pronto uno siente que es la autora, y no los personajes, quien decide el rumbo de la historia. A veces, por el bien del relato, es necesario dejar actuar libremente a los protagonistas.  

Entre los mejores

El cuento de Alba Vales es, en mi opinión, uno de los mejores. Alguna vez conversamos que lo suyo era la crónica y creo que no anduve errado con la sugerencia. Ensaladas en tiempo de guerra sugiere, invita, nos traslada a Italia con una facilidad asombrosa. Es un cuento perverso y disfrutable.

     El último texto, Meche, de Gabriel Briceño, devela a un escritor experto en el manejo de los diálogos. No en balde, Gabriel se ha dedicado desde hace mucho a escribir, con gran éxito, guiones para televisión. Por supuesto que no hay nada que objetarle porque en este caso escribe desde su zona de confort. Yo lo invitaría a probar nuevas estructuras que habrán de revelar,  sin duda –parafraseando a Truman Capote– otras voces, otros ámbitos.

       Mención aparte merecen el buen trabajo de edición de Elisa Balam, la certera corrección de estilo de Cristina Leirana, la incitante fotografía de portada de Socorro Chablé y la contribución especial del caricaturista Tonigo.  Dos gritos en la noche, el comic de este último, celebra el voyeurismo e instiga a conocer más de su autor.

       La prisa no es elegante, reza un viejo proverbio que suele repetir con frecuencia Adolfo Calderón. Y concuerdo con él. Nadie debería estar desesperado por publicar sin haber revisado a conciencia su entrega, sin haber dejado reposar sus textos un buen tiempo. En el caso de los relatos incluidos en Perversiones, como bien apunta Patricia Garma en su certero prólogo, la calidad y honestidad de los textos incluidos refrenda que de esta manera fueron concebidos. Enhorabuena.-

Carlos Martín Briceño