El maestro Fernando Lozano dirige el concierto en honor de su colega Jorge Medina Leal

Honran con sus obras favoritas al director de coros

“Dale la eterna luz por siempre, oh Señor, pues Tu eres misericordioso”

Anteanoche, en el Palacio de la Música, con el fluir de dos obras que amó sobremanera, el maestro de coros, el admirado amigo don Jorge Medina Leal recibió un homenaje de quienes alguna vez fueron sus colegas o sus discípulos.

Ante la urna funeraria del maestro dispuesta en el proscenio, el veterano director Fernando Lozano, quien, como Medina Leal, formara parte de los batalladores escuadrones de la UNAM, otorgó emotividad y mayor solvencia académica a la ceremonia al ponerse al frente de orquesta, solistas y coros que desataron los lazos de la ofrenda.

Un predilecto de don Jorge, el romántico francés Gabriel Fauré, desde el pálpito medular de un par de sus piezas sacras, trazó la línea directriz de la ofrenda tal como al maestro le hubiese satisfecho, haciendo un solo latido con las voces humanas y las coloridas ansiedades de lo instrumental.

Bajo la guía del maestro Lozano ocuparon la escena la Orquesta de Cámara de la ciudad de Mérida, cuyo director original es Russell Montañez; el barítono Wilberth Gardea, la soprano Mariana Echeverría, el organista Carlos Camacho y dos coros: el de Cámara de Yucatán y el de la Ciudad de Mérida cuyos directores respectivos son Jonathan Rentería y Nidia Góngora.

Antes de las dos piezas programadas —Cántico de Jean Racine y Réquiem en Re Menor— la maestra Thusnelda Nieto Jara, viuda de don Jorge, tejió un sorpresivo y cálido instante al dirigir los coros— a capella— en la última pieza ensayada en vida por el desaparecido: la canción “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara, con supremo arreglo de combinaciones tímbricas.

El programa se inició con un motete que el cronista viese ensayar a don Jorge en su escuela de Mejorada con un despilfarro de tierna sabiduría, ese cántico raciniano que denota la piedad de aquel genio del teatro clásico cuando, en la vejez, retornó a esa fe jansenista de su niñez en Port Royal.

Nos consta que el Réquiem en Re Menor tuvo siempre un ascendente en el espíritu creativo de Medina Leal. Le complacía la innovación esperanzadora que el agnóstico compositor francés estableció como premisa antes de escribir el primer compás: alejarse del terror de la muerte medieval, con cóleras divinas y rechinar de dientes, abriendo ventanas a la idea del tránsito de almas como un reposo final cuando el paisaje de este mundo se derrumba.

Acariciador fue el Introito coral, súplica a la potestad para despertar su piedad eterna. “Escucha mi plegaria. Tú eres el destino de todos los mortales”. Sosiego a media voz, reconocimiento de la arcilla cuyo anhelo es dejar su prisión corpórea para volar, como decía Juan de Yepes, tan alto, tan alto, que a la gloria diese alcance.

También emocionaron el Kyrie, apoyado en cuerdas graves con el apunte del órgano (que Fauré tenía en la versión inicial) y la invocación del Ofertorio en que la voz de Gardea sostuvo intensamente la aspiración comunitaria. “Señor, acepta las almas de aquellos a quienes recordamos”.

Tras el Sanctus, Mariana, con dulzura de murmullo, entonó la hermosísima solicitud que busca ese definitivo parpadeo de misericordia. “Piadoso Jesús: concédeles el descanso”.

En el paraíso —segmento final— constituyó un manso relicario de donde brotara el más compasivo deseo del autor para quienes han conocido el instante final. “Que los ángeles te conduzcan al paraíso. Que a tu llegada te reciban los santos y los mártires”.

El ángulo protocolario se vio satisfecho con las palabras de rigor, a cargo de la secretaria estatal de Cultura, Erica Millet Corona, y el investigador Enrique Martín Briceño, muy cercano alumno de don Jorge.

Ambos bordaron el elogio del maestro para dejar en claro lo mucho que le debe Yucatán, pues la apertura de su escuela coral fue el umbral de un proceso de profesionalización de músicos que hoy es evidente.

En el acto estuvieron presentes también Daniela y Mariana Medina Nieto, hijas de don Jorge; su hermana Rosa y algunos sobrinos, así como el maestro Luis Pérez Sabido, gracias a cuya insistencia y tenacidad fue posible el homenaje.— Jorge Humberto Álvarez Rendón

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