Presbítero Manuel Ceballos García

“Dios es Dios de vivos, pues para Él todos viven”

Los saduceos eran unos personajes relevantes en la vida política de Israel; eran los “colaboracionistas” de la ocupación romana de Palestina; entre ellos figuraban los sumos sacerdotes y, entre sus creencias, negaban la resurrección de los cuerpos. El nombre de “saduceo” recuerda a Sadoc, el sumo sacerdote en tiempos del rey Salomón, al que se refería una auténtica dinastía sacerdotal que adquirió un fuerte poder, sobre todo en los siglos sucesivos al destierro babilónico.

El grupo de saduceos que, según relata el evangelio de hoy, se acercó a Jesús para exponerle un supuesto problema moral, con el ánimo de hacerle quedar en ridículo, inventaron una historia extraña, pero posible teniendo en cuenta lo dispuesto por la llamada ley del “levirato”. Probablemente se trataba de una objeción típica que utilizaban los saduceos en sus controversias con los fariseos que sí creían en la resurrección.

En primer lugar, Jesús resolvió la dificultad y denunció la ignorancia extrema de sus adversarios sobre la Sagrada Escritura, porque en la Biblia no se dice nunca que la existencia futura de los resucitados sea exactamente igual que la vida terrena. Además, Dios es poderoso para resucitar a los muertos y acabar con la necesidad de la procreación, para asegurar la supervivencia de la humanidad una vez glorificada.

Que la vida de los resucitados sea como la de los ángeles no quiere decir, sin embargo, que no puedan tener cuerpo sexuado; sólo se quiere excluir la necesidad de la procreación y afirmar la libertad de todas las necesidades a las que se ven sometidos los seres humanos de la tierra.

Por lo tanto, nuestro futuro último no es una copia mejorada del presente, sino que es un inesperado ingreso en lo infinito de Dios. Dios es vida y quien cree en Él, vive con Él y por Él en un horizonte perfecto y misterioso. Jesús nos invita a comprender que la unión de vida y de amor entrelazado entre Dios y el fiel ya durante esta existencia terrena no puede romperse, sino que alcanza un florecimiento perfecto. La comunión de la vida de gracia durante el itinerario terreno llega a una comunión de vida eterna y plena.

El incomparable Dostoievski escribe: “Mi inmortalidad es indispensable porque Dios no querrá cometer una iniquidad y apagar totalmente el fuego de amor que Él ha encendido para Él en mi corazón. Yo empecé a amarlo y me alegro de su amor colocado en mí como una chispa divina. ¿Cómo es posible que Él me apague y apague la alegría y nos convierta en cero? Si existe Dios, también yo soy inmortal”.

A esto corresponde aquella confidencia de Jesús a sus discípulos: “Voy a prepararles un lugar. Cuando me haya ido y les haya preparado un lugar, vendré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn 14, 2-3).

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