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Presbítero Manuel Ceballos García

“Hoy estarás conmigo en el paraíso”

Por vez primera en los evangelios aparece el título de “rey” aplicado a Jesús cuando llega la hora suprema de su pasión y muerte. Es en verdad significativo si consideramos que diferentes instancias provocaron a Jesús para que se desviara de la voluntad del Padre y condescendiera con los intereses de un mesianismo triunfalista que esperaba del Mesías la restauración temporal de la dinastía davídica.

Pero Jesús no cederá ahora en el momento de su pasión a las burlas y a las provocaciones del populacho y de sus enemigos encarnizados. Es cierto que ha confesado ante Pilato que él es rey, y es verdad lo que ha mandado escribir Pilato en tres idiomas, para fijarlo en la cabecera de la cruz. Los que se mofan de Jesús crucificado y hacen alusiones al letrero en el que se proclama la causa de la pena y de la gloria del Nazareno, no recibirán otra prueba de la realeza de Cristo que su paciente persistencia hasta el final en la voluntad del Padre.

Cristo es rey en medio de su debilidad y no abdicará de la cruz. Cristo no es rey como lo son los reyes de este mundo, los poderosos que imponen su dominio a punta de espada y de violencia. Cristo es rey en el amor y por un amor que le lleva a prestar a todos, el servicio de su muerte en la cruz.

Así, la realeza de Cristo no se manifiesta en un acto triunfal sino en una humillación, no se efectúa a través de un acto judicial supremo sino a través de un gesto extremo de perdón. San Lucas hace brillar en el horizonte del reino que se inaugura, a un hombre crucificado en un día de primavera de Jerusalén, porque las únicas palabras que Jesús pronuncia tienen como vértice el término “paraíso”, colocado en paralelo con la palabra “reino” pronunciada por el compañero de muerte de Jesús.

Tomada del mundo oriental con sus palacios reales rodeados de fascinantes parques ricos de fuentes y de vegetación lozana, esta imagen de “paraíso” en labios de Jesús evoca la página fundamental con la que se abre la Biblia, la del Edén, de donde el hombre con su pecado y con su rebelión fue expulsado y a la que ahora regresa guiado por Cristo. Ahora sí, el hombre reencontrará paz y plenitud de vida, armonía y felicidad.

Cristo no nos da cita en el reino de la muerte sino en el de la vida, de modo que su muerte no es un sello definitivo sino una puerta que nos introduce en el “paraíso”. Este episodio es el canto no de una muerte trágica, sino que es el himno del éxodo hacia la vida divina y eterna. El teólogo Karl Rahner escribió: “Un malhechor miró la muerte de Cristo y lo que vio bastó para que comprendiera también su muerte, la bienaventuranza de su muerte. El otro malhechor apartó la mirada y Jesús no le dijo nada. La oscuridad y el silencio que envuelven esa muerte nos recuerdan que la muerte puede ser lamentablemente también el comienzo de la muerte eterna”.

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