El maestro Miguel Salmón del Real dirigió anteanoche el primero de los dos conciertos de la OSY

Generosas palmas para el director huésped y solistas

En la festividad de la mártir Cecilia, protectora de la música, dos italianos algo excéntricos y un alemán de origen judío muy quebradizo de salud fueron las voces altísimas que inundaron el noveno programa de la XXXII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY).

El teatro José Peón Contreras recibió anteanoche al maestro Miguel Salmón del Real, capitalino con numerosos grados, como director huésped y con la encomienda de hacernos asequibles piezas representativas de Gioachino Rossini, el reverendo padre Antonio Vivaldi y Félix Mendelssohn.

Otro visitante distinguido fue el oboísta Héctor Fernández, quien llegó desde la capital de la república para asociarse creativamente a su colega Alexander Ovcharov, quien milita en las filas de la nuestra orquesta.

El recital se inicia con la obertura rossiniana, la correspondiente a la ópera “Semíramis”, segmento acumulador de fama y que ha sido arma arrojadiza de orquestas y bandas de todos los calibres cuando de solemnizar con estruendos se trata.

Con inicio encomendado a los timbales y uno de esos típicos “crescendos” del obeso autor, nos adentramos en un texto en el cual —a diferencia de muchas de sus restantes oberturas— don Gioachino nos anticipa claramente motivos de la ópera basada en una reina asiria que habita entre la historia y la fantasía. El maestro Salmón del Real mantuvo tiempos y acentos, sin permitir desbordamientos.

Un par de oboes

Con toda seguridad, ahí por 1730, habría en el Hospital veneciano de la Piedad un par de chicas traviesillas y aptísimas en soplar el oboe para que el maestro don Antonio les escribiese no una, sino tres piezas formando pareja y secundadas por las voces de cuerdas utilizando esa figura de ensamble camerístico que se derivara del concierto grosso en el ambiente veneciano.

Don Héctor y don Alexander desempolvaron dos de aquellos conciertos entre sociales y académicos: el 535 en Re Menor y el 536 en La Menor y así nos dejaron la única huella de la escuela barroca disponible en la programación de la presente temporada.

La dulce, penetrante y algo nasal tonalidad del oboe fue admirada por autores celebérrimos como Händel, Scarlatti y Mozart porque en la vibración de sus lengüetas hallaban muchas posibilidades de expresar diversos estados de ánimo: el temor, la esperanza, la conformidad, el sosiego.

Así nos fue dado advertir en el par de piezas encomendadas a la elevada destreza de Fernández y Ovcharov. Los tiempos veloces, con sus énfasis tímbricos, nos ubicaron en la vecindad de aquellos recitales sabatinos en la Piedad que Alejo Carpentier detalla con su follaje descriptivo en Concierto barroco, una novela impecable.

En los momentos lentos, homenajes a esa serenidad que resulta terapéutica para las almas fatigadas, los oboístas tejieron el encaje vivaldiano desde la fugaz reiteración de motivos que parecen dirigirse a Dios en las diáfanas alturas de los pintores venecianos. Satisfecho, el público volcó sus palmas abierta y generosamente ante la capacidad de los solistas y la sensata guía del visitante sinaloense. La pareja concedió un dúo de Monteverdi.

La “italiana”

Tras dos itálicos insignes pareció un detalle de cortesía que se nos ofreciera como remate de programa la bullente, festiva, inolvidable Sinfonía “Italiana” de don Félix, quien, como su amigo Goethe, quedó seducido por la cálida y llena de historia península que fuese tierra natal de Virgilio, Horacio, Dante, Leonardo da Vinci y Francisco de Asís. ¿Qué no podía esperarse de un muchacho rico que se dio el lujo de escuchar a Paganini en la sala de su casa y tener a Hegel como maestro de Estética?

La Sinfonía en La Mayor Op. 90 es popularísima, la predilecta entre las cinco del autor. Salmón del Real obtuvo en su lectura esa sensación de equilibrio y simetría que es emblema de esta pieza cuya accesibilidad no debe llevarnos a creer que no posee complicaciones técnicas.

Nerviosas ráfagas señalan el allegro vivace con ambiente de carnaval y tres temas que marcan un alejamiento de la forma clásica. El director visitante se esmeró en el andante cuyo primer motivo se propone reproducir una marcha de penitentes con base en una canción germana y que presentan el oboe, las violas y el fagot con acento como meditativo y resignado. El segundo tema insiste en la idea procesional con un desarrollo lento.

Viene después un minuetto que evoca salones romanos con el girar de danzantes frente a grandes espejos. Un nostálgico nocturno nace al llamado del corno y nos enreda en los floreos de un mundo mágico que aumentan la trompeta y los timbales.

Un presto en forma de rondó llega a finalizar la sinfonía. Con cuatro acordes violentos, el autor nos ofrece un saltarello, especie de vigorosa tarantela, con violines y flautas figurando una canción napolitana. Con el desarrollo, que inician las cuerdas, se ingresa en un “crescendo continuo” de lo más tenue a lo más intenso durante el cual los otros instrumentos se van sumando.

Como detalle final, aparece una liviana danza que evoca ese deambular de hadas tan amadas por Mendelssohn y que después se corta por el retorno estruendoso de la tarantela. Salmón del Real entusiasmó al público con su vigorosa ejecución.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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