Irasema Terrazas y la OSY funden todos sus talentos
Con guiño de paradoja, Ricardo Wagner, patriarca de la orquestación colorida y gigante, adalid de los mitos del pueblo alemán, ensalzado por el nacionalsocialismo, compartió el décimo concierto de la XXXII temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán con un compositor judío —Gustavo Mahler— que lo admiraba y utilizó usualmente el gran formato, aunque con una variante más humana e instrospectiva.
Anteanoche, desde el escenario del teatro Peón Contreras, el maestro Juan Carlos Lomónaco, batuta titular, trató de hallar la pulsación correcta para ambos compositores dentro de las posibilidades de nuestra orquesta y permitir que la mayoría de los escuchas quedaran satisfechos con el ímpetu cromático de don Ricardo y las siluetas epicolíricas de Mahler.
Para redondear el logro arribó de la capital la soprano Irasema Terrazas.
En primer término, nos fue otorgado el preludio para Los maestros cantores de Nuremberg, opera costumbrista, que ofreciera sus tres inolvidables temas ricos en figuraciones de contrapunto, líneas ascendentes y descendentes, voces que se imitan unas a otras.
Al motivo de Hans Sanchs siguieron los del rey David y el que alaba el arte compositivo de los cantores germanos. En el marco wagneriano hallamos el retrato de los tres tipos de poetas: el académico, el popular y el innovador (imagen del propio Wagner).
La fulgente obertura de Tannhauser vino a continuación. Tuvimos, entonces, al típico Wagner, grandilocuente, embelesado en la mitología teutona, con el motivo central resonando en las alturas, tal como le agradaba a aquel soberbio Führer en las grandes concentraciones de militantes en Nuremberg.
Cornos, oboes y fagots marcan el inicio del emotivo tema de la salvación que ha de compartir la temporalidad con los de los peregrinos y el sufrimiento. Alientos van de la mesura al delirio, en crescendos imperativos; las cuerdas no titubean, se abren paso también desde el murmullo a la exaltación; el timbal marcando la intensidad del alma del pecador, expectante ante el perdón que aguarda. Los aplausos quisieron, también, ser épicos.
Tras el intermedio discurrió la Sinfonía No.4 en Sol mayor de don Gustavo. Celebración e ironía. Lapsos celestes y estaciones burlescas. Ese Malher siempre indeciso y cambiante, como buscando las “vetas de eternidad” a nuestro alcance que, en esta ocasión, requieren la voz humana como acento final.
Como él mismo lo marca, sin apresuramientos, va creciendo la silueta del primer tiempo con remedos de campanillas que van y vienen, iluminados ascensos, motivos casi pastoriles y esa parodia de la terrestre vida que se apoya en rudos solos de corno y disonancias de clarinete. Imponente ese “crescendo” que abre y cierra la voz de la trompeta.
Un scherzo con dos tríos formulan el segundo movimiento —pausado, sin prisas— que ingresa por una danza popular dulcemente melancólica con disonancias y un violín de afinación extraña. Corno y trompeta inician una sección burlesca que después se disuelve en variaciones. Golpes de timbal anuncian el fin del fragmento.
“Canten, augures de la música. A construir sobre las ruinas una torre”. La voz más representativa de Mahler llega con el Adagio cuyo inicio ilustran los violoncelos. Cantar sereno, profundo, con series de variaciones temáticas y una conclusión sorpresiva que va de la calma a súbitas fanfarrias de trompetas.
La voz de Irasema —precisa y dulce— sostuvo la visión celestial del último instante sobre la canción “Lo que el niño nos dice”. El clarinete abre el camino melódico de la primera estrofa con un motivo de gran lirismo: “Vamos a saborear el paraíso alejados de lo terreno”.
La presencia orquestal apoya y se intercala entre la sucesión de estrofas. Los placeres de la Gloria, tanto los sensuales como los estéticos, afloran. “Sabrosas verduras crecen en el jardín celeste”. “Todos los peces nadan junto a ti”.
Tras nuevas ideas melódicas esgrimidas por los violines, la soprano expone la estrofa que describe los gozos musicales. El último verso cae con gran dulzura: “Las voces angélicas despiertan los sentidos para que todo renazca de alegría”.
Lentamente, la música la música se desvanece. ¿Soñamos,acaso? ¿Fue el preludio de un futuro?
Mejor que en otras ocasiones —y lo celebramos— la sintaxis malheriana fue aceptada por el público meridano, pues los aplausos para Irasema y orquesta fueron confirmativos y entusiastas.— Jorge H. Álvarez Rendón
