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“Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Mt 3, 3)

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor en este segundo domingo del tiempo de Adviento. En esta ocasión la fiesta de la Inmaculada Concepción de María será celebrada el día de mañana para no perder el ritmo de este Adviento en preparación para la Navidad, aunque el momento secreto de la historia en el que María fue concebida sin pecado original, es un momento maravilloso, único en la historia de la humanidad, pues era el modo con el que Dios preparaba el cumplimiento de sus promesas hechas a Israel por medio de sus profetas. Recordemos que el plan salvífico en la mente de Dios se remonta en la eternidad de su ser.

En el santo evangelio de hoy según san Mateo, aparece san Juan Bautista como “la voz que clama en el desierto”, quien con su predicación nos ayuda aún hoy a prepararnos para la venida del Señor recordándonos: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos” (Mt 3, 3). Su mensaje es muy exigente pues llamaba a todos a reconocer sus pecados y a recibir aquel bautismo de penitencia que anunciaba nuestro Bautismo.

Su mensaje era escuchado con mucho respeto por su testimonio auténtico de pobreza y austeridad, con lo que les hacía ver, y hoy nos hace ver también, lo superfluo de tantas cosas que tenemos o deseamos tener, siendo así que lo que realmente importa es recibir al Mesías. Era muy duro contra los fariseos y saduceos que se acercaban a él, quienes creían ser los mejores judíos, por lo que les echaba en cara con firmeza diciéndoles: “Hagan ver con obras su conversión y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham” (Mt 3, 9). Ante esto yo me pregunto: ¿Cuál puede ser hoy nuestra ilusión, aquello en lo que creemos que podemos confiar y que nos impide dar muestras de verdadera conversión?

Nosotros que ya hemos sido bautizados “en el Espíritu Santo y su fuego”, como anunciaba Juan el Bautista, ¿ardemos de veras en el amor a Dios, en el amor a nuestra Iglesia, en el amor a nuestro prójimo? Ojalá que sí, pues ese calor y esa luz del amor, es el mejor calor y luz para esta Navidad.

Nuestro Sumo Pontífice nos ha enviado una carta apostólica a toda la Iglesia desde la gruta de Greccio, el lugar donde san Francisco de Asís realizó el primer nacimiento de la historia en la Navidad del año 1223; y desde entonces el pesebre es un signo sencillo de evangelización en la temporada navideña. En algunos países le llaman “el Belén”. Esta carta del Papa lleva el título de “Admirabile signum” (Signo Admirable); en ella hay un pasaje que nos puede a todos motivar para la elaboración del nacimiento, el cual dice:

“Con esta Carta quisiera alentar la hermosa tradición de nuestras familias que en los días previos a la Navidad preparan el belén, como también la costumbre de ponerlo en los lugares de trabajo, en las escuelas, en los hospitales, en las cárceles, en las plazas… Es realmente un ejercicio de fantasía creativa, que utiliza los materiales más dispares para crear pequeñas obras maestras llenas de belleza. Se aprende desde niños: cuando papá y mamá, junto a los abuelos, transmiten esta alegre tradición, que contiene en sí una rica espiritualidad popular. Espero que esta práctica nunca se debilite; es más, confío en que, allí donde hubiera caído en desuso, sea descubierta de nuevo y revitalizada” (n.1).

Por otra parte, el próximo viernes 13 de diciembre el santo adre, el papa Francisco, celebrará su 50o. aniversario sacerdotal, motivo por el cual su vicario en Roma pidió que en todas las iglesias romanas se añada una petición por el Papa dentro de la oración de los fieles en las misas de hoy domingo. A su vez, yo he solicitado a mis hermanos sacerdotes de nuestra Arquidiócesis de Yucatán que en todas las misas de este domingo se añada la misma oración, que dice:

“Por el papa Francisco, que el próximo 13 de diciembre celebra el cincuenta aniversario de su ordenación sacerdotal: el Señor que lo ha llamado a ser administrador de los Santos Misterios y Obispo de Roma lo guíe y lo sostenga con la gracia de su Espíritu y le dé la consolación que deriva de la oración de toda la Iglesia. Oremos”.

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