Presbítero Manuel Ceballos García
“Ustedes son la sal y la luz”
Las palabras de Jesús, en este relato del evangelio, van dirigidas a todo el grupo de sus discípulos. El tono es exhortativo, y Jesús espera de los discípulos, de todo el grupo, que sean sal de la tierra. Esto puede significar que la fe de la comunidad cristiana es tan necesaria para el mundo como lo es la sal para cualquier alimento, y que el mundo sin la presencia en él de una comunidad creyente y fiel, desagrada a Dios lo mismo que una comida sin sal.
En el judaísmo se llama a Dios “luz del mundo”, y, también, a la Ley y a todo el pueblo de Israel. Pero Jesús llama “luz del mundo” a todos los discípulos, en la medida en que éstos pertenecen al Maestro y constituyen la Comunidad de Jesús. Jesús es la luz del mundo en sentido original.
Esta luz puede entenderse de dos maneras: la que nosotros vemos y la que nos alumbra. Una ciudad puesta sobre el monte es como la luz que nosotros vemos. La posición de una ciudad en lo alto de un monte hace que esté necesariamente manifiesta a todas las miradas. Así es la comunidad de Jesús: una realidad pública que no puede esconderse. Jesús quiere que sus discípulos vivan en el mundo y que manifiesten al mundo la salvación que Dios realiza en ellos.
Así, la luz de la que se habla hoy en este domingo, es la de la persona inundada por la luz divina que se convierte, a su vez, en antorcha que resplandece y calienta. Es plena noche, la naturaleza y la gente están inmóviles…; lentamente en el horizonte aparece una llama de luz e inmediatamente hay vida.
Esta imagen describe el influjo de una persona justa, generosa y creativa en el hielo y en la noche del egoísmo de una sociedad cerrada en sí misma, cuya sigla es la puerta cerrada y el gozo personal.
Cuando llega el viernes, los judíos comienzan a encender las lámparas de la casa para que brille y alumbre durante todo el sábado, día de fiesta. Toda la habitación se llena de luz. ¡Ay si algún tonto pusiese encima de la lámpara una olla! La luz debe resplandecer y la luz de las personas son sus “buenas obras”, es decir, los actos de amor y de justicia.
Por lo tanto, la luz que la persona debe irradiar en el mundo es su ejemplo, su testimonio. La indiferencia y la oscuridad de muchos creyentes es el signo de su alejamiento de la fuente de la luz que es el amor y la misericordia de Dios. Una lámpara sin aceite no sirve para nada, como la sal sin sabor. El evangelio no llega sólo a través de las palabras sino también a través de las manos que obran la paz, que confortan, que colaboran como las manos de Cristo, que curaba y consolaba. El católico debe estar expuesto al sol de Dios como la ciudad construida en lo alto. Federico Nietzsche decía que cada uno de los creyentes deberían ser una “Biblia viva”, que hable por sí misma a través de la persona del creyente.
