María Teresa Mézquita Méndez (*)
Es el año 1939, primer día de septiembre. En el viejo continente, las tropas alemanas invaden Polonia: comienza la Segunda Guerra Mundial. A kilómetros de distancia, en Mérida de Yucatán –en aquel mismo año en el que se inauguró el estadio Salvador Alvarado y se rodó la película “La noche de los Mayas” con música de Silvestre Revueltas–, dos niños, Adolfo y Roger, de 12 y 10 años de edad, miran con los ojos muy abiertos, atentos e interesados, el plano de Europa que su abuelo Adolfo Patrón Martínez, médico de profesión, despliega sobre la mesa.
A partir de entonces el anciano médico haría para sus nietos un relato diferente a cualquier parte noticioso, con marcas en los movimientos, avances del ejército, ubicaciones estratégicas, retrocesos, invasiones. Un trazo vívido de lo que ocurría en la zona de guerra.
“Por experiencias como esa, mi abuelo fue muy importante para mí”, decía Adolfo Patrón Luján, hombre de una pieza, cerebro de empresario, corazón de filántropo, alma gigante que ha partido tras una vida inmensa y plena, generosa. Muchas vidas en una persona.
Y es que Adolfo Patrón, el entrañable “don Fito”, no sólo heredó el nombre de su eminente abuelo, a quien hoy, en tiempos de pandemia, debemos recordar como el responsable de erradicar la fiebre amarilla de Yucatán desde su puesto como director del Hospital O’Horán, a principios de siglo XX.
Adolfo, el nuestro, trajo en el espíritu la semilla de la energía creadora, la fuerza del impulso transformador y la generosa capacidad de tocar el alma de quienes le rodearon.
Alguien escribe por ahí que de él recibió el mejor consejo de su vida: “confía siempre, hasta que te demuestren lo contrario”; alguien más, que su memoria será como su gran aportación a la industria química: el Resistol, el Resist all que todo resiste y que trasciende; otro más, que con él una relación que inició en la formalidad del trabajo se convirtió para siempre en una amistad sincera; otro, que era un regalo descubrir su gran calidad humana y su enorme sonrisa en una charla inolvidable.
En el universo de sus acciones y gestiones (desde el rescate de la revista “Artes de México” en los años 70, el Patronato del Conservatorio de las Rosas, el apoyo a la Universidad Iberoamericana o los libros que promovió y patrocinó) es nuestra maravillosa Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY) el vínculo que a muchos nos ha unido con él y a su mayor regalo de filantropía, su consolidado legado final, pleno de ecos.
A quienes tuvimos el honor de trabajar con él en algún instante de su vida, nos demostró con el ejemplo que el voluntariado se profesionaliza, que la disciplina es la columna vertebral de cualquier acción que se quiera llevar a buen término, que la previsión y la planeación son necesarias. Comentarios hechos con total seguridad como “ya es momento que yo deje la presidencia del patronato, no quiero soluciones de emergencia”, transparentan la personalidad de un ser universal quien se confesó “obsesionado con que las cosas que hago sean de alguna utilidad”.
Enemigo de las parafernalias y grandilocuencias, Adolfo, en su longeva lucidez, lamentaba la preeminencia actual de la “Civilización del espectáculo”, sobre la que había leído en el libro así titulado, obra de su amigo el escritor Mario Vargas Llosa.
Individuo práctico y directo, escribió sus memorias, fruto de sus reflexiones y vivencias personales, que luego actualizó para heredar a sus nietos un producto trascendente e invaluable: su experiencia. De nuevo la utilidad como leit motiv.
Su biblioteca, su sanctasanctórum privado de la lectura, el arte y la música, fue el escenario de las charlas con las que privilegió a sus amigos, desde donde concedió entrevistas, hizo llamadas, envió correos electrónicos, siempre él personal mente y sin intermediarios, siempre próximo y afable, con un sentido del humor tan jovial como su espíritu.
En su casa, donde él y su esposa Margarita Molina han sido siempre espléndidos anfitriones, se refrenda en cada rincón una máxima por él repetida: “El arte existe y aunque no lo veas, aunque no lo entiendas, está a tu alrededor”.
Con Adolfo Patrón se va toda una era. Es de los últimos representantes de la generación que la sociología llamada “silente” –mucho antes de los “baby boomers” y los “X”–, y en la cual había que ser muy fuerte, muy visionario y con gran ímpetu para enfrentarse, en tiempos de guerra y depresión económica, a un sistema descimentado y en debacle.
Aquel doctor Patrón, su abuelo, gran viajero, gran lector, obsequió a Adolfo y a Roger con sendas bicicletas inglesas que les enseñó a montar, y que los chicos estrenaron para ir a clase a la Escuela Modelo.
El vacío Paseo de Montejo, intransitado y apacible, era el vasto espacio también de algunas temerarias hazañas de los hermanos preadolescentes que se paraban de cabeza o de manos en el artilugio de dos ruedas sin ningún accidente qué lamentar. Ochenta años después de ese episodio, al recordarlo, la emoción del riesgo y el éxito perviven intactos a don Fito, en el brillo de su mirada y la amplitud de su sonrisa.
El investigador cultural y divulgador Ramón Giner publicó recientemente un libro que dedicó a la muerte de su padre, en el que recorre el universo de creadores, compositores, ejecutantes y artistas que integran su particular y entrañable constelación. El título de este libro sobre música, pintura, creación y sobre todo humanidad, en la periferia cósmica de Adolfo Patrón es un innegable colofón para alguien que abrazó con su vida el arte y la cultura y a quien le agradecemos su generosa trascendencia: El amor te hará inmortal.
Periodista y promotora cultural, editora e investigadora.
“El arte existe y aunque no lo veas, aunque no lo entiendas, está a tu alrededor”
