Estampas

Jorge H. Álvarez Rendón (*)

En su primer viaje de exploración, el almirante Cristóbal Colón, ahora tan denostado, encontró en su oceánico camino el obstáculo de una inmensa formación de algas a la que llamó Mar de los Sargazos.

Hasta entonces, ningún europeo había alcanzado aquel punto (entre los paralelos 25 y 35) de ahí que los pilotos se desconcertaron y cayeron momentáneamente en pánico.

Atenidos al viento que hinchaba las velas, los aventureros se hallaron, de repente, atrapados en una burbuja llamada “calma chicha” en la que ningún aire sopla porque un remolino de ellos lucha por definición y consistencia.

Entre esas algas que parecían infinitas, los barcos permanecían hasta que una corriente vertebral y un viento salvador los empujaba primero lenta y después tenazmente. Era como desprenderse de unas entrañas monstruosas.

En los días que corren, cada quien en el yugo de su hogar atraviesa una cuarentena sanitaria que parece brusco quiebre del ritmo vital, una sensación de captura en mitad de región sofocante y desconocida. Cada cual se enfrenta a su mar de los Sargazos.

Sospechamos presagios, conocemos temores, sentimos crecer el pelo y las uñas entre el silencio de nuestra calma chicha. ¿Hasta cuando? ¿Qué espacio vital ocupa esta vegetación nunca antes vista?

Como el almirante y sus nautas no hay que perder por mucho tiempo la serenidad. El navegante que habita nuestro espíritu sabrá hallar el cauce para sobrepasar la inmensidad inhabitada, el letargo de la existencia habitual.

Lecturas

En mi caso concreto, sumido hasta el cuello en los sargazos, he dado brazadas en varias direcciones, olfateando el ambiente, aguzando el oído, a la espera del viento salvador. He recurrido a viejos hábitos.

Para apuntalar el optimismo, acudí al género de la biografía. Un inglés (Robin Lane Fox) me brindó una reconstrucción cuidadosamente analítica de cuanto puede asegurarse de un personaje mayúsculo en la historia: Alejandro de Macedonia.

Este conquistador paradigmático estuvo en varias ocasiones a punto de extraviarse física y moralmente en ese su camino desde la Hélade hasta los ríos de la India, pero una extraña confianza en su destino lo mantuvo firme. Creía que era un elegido, un nuevo Aquiles, y arrumbó cualquier temor para enfrentar a Darío y sus ochocientos mil bárbaros soldados.

Otro libro que llegó hasta mis manos fue una antología poética de la norteamericana Emily Dickinson elaborada por Jorge Luis Borges, quien dispuso un prólogo clarificador de la artista. Esta mujer pasó 19 años sin salir de su casa en Massachusetts adolorida por un amor que no pudo ser.

Autorecluida, dejó que una amapola íntima creciera hasta dejar su corazón en sosiego, vestida de blanco, sentada junto a una ventana. Si el adversario era la soledad, no le permitiría entonar victoria. Sus 980 poemas nos llevan a observar, tras las membranas del enclaustramiento, un rumor de vigilante avispero.

El poema Hope (Esperanza) resume su pensar: “La esperanza es esa cosa con plumas que se posa en el alma, y entona melodías sin palabras, y no se detiene para nada, y suena más dulce en el vendaval”.

En nuestra forzada habitación, no facilitemos a lo depresivo su mala obra.

Con los hijos o los hermanos, junto a los padres o la cónyuge, alimentemos la savia para que siga circulando, desatemos los muchos lazos que pudieran atar la certeza de un mal pasajero.

Cada quien sabe cómo darle hospedaje a la esperanza. Que el ánimo se justifique y resplandezca.

Cronista de la ciudad

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán