Vargas Llosa y Borges
Gonzalo Navarrete Muñoz (*)
Mario Vargas Llosa presentó su libro sobre Jorge Luis Borges. Vargas Llosa es uno de los mejores artesanos literarios de la lengua castellana y de todas las lenguas. Pero también es un espléndido crítico literario.
Vargas Llosa observó que Borges cambió la forma de adjetivar en español. La aportación “borgeana” le debe un color muy especial a la escritura que se ponía al servicio de lo que se quería decir. El adjetivo a menudo es el que estimula la imaginación.
En el siglo XIX se decía que hasta lo feo podría ser bello por efecto del lenguaje, así, la lengua era una impostura o una manifestación ególatra del autor.
Cierto, a Borges a menudo le interesaba sorprender, pero otros usaron esta aportación histórica con mayor eficiencia.
Borges escribió: “Le cruzaba el rostro una cicatriz rencorosa”. El adjetivo “rencorosa” es absolutamente original y da una idea de la cicatriz.
Así dice: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”. Pudo decir “negra noche”, “noche oscura”, “silenciosa noche”, pero optó por una fórmula novedosa.
En “El amor en los tiempos del cólera” Gabriel García Márquez dice que una “negra tenía senos atónitos”. A Julio Scherer los “senos atónitos”, atónito lo dejaron. Le habló a García Márquez para agradecerle esa genialidad. Ignoraba Scherer que le estaba rindiendo un homenaje a Borges, el magno escritor argentino. Pero quizá el autor de “La fiesta del Chivo”, esté cometiendo la misma confusión que Scherer.
Posiblemente el primero que cambió la forma de adjetivar en la lengua castellana fue el poeta mexicano Ramón López Velarde, pues dice: “Y mi prima llegaba con un contradictorio prestigio de algodón”. El “prestigio de algodón” es asombroso.
“Tejía mansa y perseverantemente en el sonoro corredor”. En este caso queda claro que no hay aviso de que hubiera música o ciertos ruidos; todo parece indicar que el corredor sonaba en sí mismo como un caracol.
Pero nada es más sorprendente que: “Me causaba calosfríos ignotos”. Si hubiera dicho “desconocidos” no hubiera logrado el mismo efecto, quizá “anónimos” o “inéditos” tuvieran una novedad pero no el acierto de “ignoto”.
López Velarde era leído por Borges, pero no es traducido como el argentino ni goza del mito que enciende a este.
Hace unos días le hice esta observación al crítico literario Guillermo Sheridan, quien publicó un libro sobre López Velarde, solo me respondió: “Salud”.
Abundo, y no de paso, si los programas educativos incluyeran español y literatura desde el primer año elemental hasta el último universitario, como se hace con matemáticas, México sería otro.
Cronista de la ciudad
