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El salón de baile lucha por seguir sus actividades

CIUDAD DE MÉXICO (AP).— Desde 1937, el Salón Los Ángeles se llena siempre los fines de semana con parejas que bailan mambo, chachachá, salsa y danzón. Los vecinos de barrios populares se codean con estrellas de cine y millonarios en un sitio del que se dice que “quien no conoce el Salón Los Ángeles no conoce México”.

El lugar, al igual que bares y locales nocturnos, lleva más de cinco meses cerrado total o parcialmente por la pandemia del coronavirus y sus propietarios dicen que están tan endeudados que probablemente tengan que cerrarlo y demolerlo.

Los clientes, algunos de los cuales se presentan en zoot suits (trajes largos, de pantalón ancho, ajustado en los tobillos) de la década de 1940, consideran que la desaparición del salón sería una pérdida irreparable para la vida social y cultural de la ciudad. Un fin de semana pasado el sitio fue usado para vender tortas y por una feria de artesanías. Se pidió a los asistentes que ayudasen a salvar un espacio donde cubanos como el “rey del mambo” José Dámaso Pérez Prado y Beny Moré ayudaron a popularizar el mambo.

Sus dueños aseguran que comprenden la necesidad actual de mantener distancias, pero al mismo tiempo se quejan de que no han recibido ayuda de las autoridades.

“Estamos al final en términos de prioridad de los negocios, tenemos que llamar la atención de que somos una prioridad en el tema de la salud mental”, afirma Miguel Nieto, integrante de la tercera generación de la familia que maneja el salón fundado por su abuelo.

Subraya que el Los Ángeles ayuda a combatir el estrés, el aislamiento y la violencia asociados con los confinamientos.

Nieto indica que sería una tragedia doble si el Los Ángeles sucumbe a una pandemia tan antisocial, que acabó con la vida nocturna de la capital mexicana.

“Este tipo de actividad, el baile, es importante… y es importante cambiar esta tendencia a aislarse y no comunicarse con los demás. Tenemos que prevenir el aislamiento social, recuperar los enlaces, la felicidad en la vida, el tener amigos, y venir a disfrutar de la familia y de algunas cosas de la vida, como el baile”, enfatiza.

Pachuco en 2020

El contador Ricardo Zamorano, de 58 años, está de acuerdo. Se presentó en el salón en días pasados luciendo el atuendo que usa desde hace 20 años: un traje pachuco rojo, holgado, y un sombrero de ala ancha a tono. Su acompañante, Paola Tiburcio, iba vestida como una rumbera de los años 40.

Zamorano describe el sitio como “un ícono, algo importante, una tradición”.

“Desde el momento que uno entra, es más, desde que salimos de casa para venir ya somos otras personas”, explica. “Y cuando ya no está eso sientes como si algo te faltara, como que se está acabando. Nos preocupa que se quiera cerrar el salón”.

El sitio, conocido también como la “Capital del Mambo”, tiene algunas reglas: no se permiten las drogas ni las peleas, no se puede molestar a las mujeres para que bailen con uno y cuando la orquesta toca un mambo todos tienen que salir a bailar. Pero hay que pagar a 25 empleados, sin mencionar una cantidad innumerable de músicos que se quedaron sin trabajo, y Nieto admite que no sobrevivirán más que unos pocos meses. “Cada mes se hace más difícil pagar las deudas”, señala.

Peligro y glamur

Su salón de baile de piso de madera está rodeado de espejos y carteles de neón de los años 40. Se encuentra en la colonia Guerrero, uno de los barrios más bravos de la metrópoli, lo que ayuda a proyectar una imagen de peligro, emoción y glamur diluido dignos de los salones que aparecen en las películas de los 40 y 50, la edad de oro del cine mexicano, cuando gángsters y boxeadores se enamoraban de bailarinas.

El salón ha cambiado con los tiempos. Nieto promueve a una joven banda que toca con marimba, guitarra eléctrica y batería. No quiere que el salón se quede congelado en el tiempo.

Patrimonio

“No necesitamos una declaratoria de patrimonio cultural porque ya lo somos”, sostiene. “Es imposible copiar al Salón Los Ángeles porque es imposible que resuciten todas las personas que han pasado por aquí”.

David Romero, de 71 años, es despachador de autobuses. Cuando termina sus turnos se transforma. Se pone un zoot suit, cadenas, anillos y sombrero de ala ancha —tiene una docena— y sale de su modesto departamento para ir al Salón Los Ángeles. A veces lleva un segundo traje, por si alguien se aparece luciendo el mismo color, y en ese caso se cambia.

“Siempre me gustó distinguirme de los demás”, expresa. “Si se perdiera esta tradición del Salón de Los Ángeles sería muy grave, ¿no? Muy triste para mí”.

Romero dice que ha ido a otros salones, pero nada se compara con el Los Ángeles. “Siempre ha sido como mi segunda casa. La gente que viene a bailar aquí es como si fuera de mi familia”.

Mario Morales llegó con su mejor vestido, incluido un ancho sombrero blanco con camisa blanca y saco negro, para disfrutar de la atmósfera, por más de que no hubiese música. Extraña el sitio que frecuenta desde hace años. “No hay dos lugares (como éste) en el mundo. Es único”, dice. “Tiene mucha magia, carisma. El ‘feeling’ que necesitamos los bailarines para bailar”.

“Se siente una nostalgia de ver que esto no tiene vida”, agrega. Y asegura que ve pasar los fantasmas de las personas que bailaron allí durante 83 años.

¡A bailar! Pandemia

Otros salones de baile de la metrópoli afrontan situaciones parecidas al Los Ángeles.

Esperanza

El legendario California Dancing Club, que los taxistas seguían frecuentando hasta su cierre en marzo, espera poder reabrir.

Deceso

El dueño de La Altena, por su parte, falleció durante la pandemia.

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