Uno, dos, tres… por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz(*)

Los discípulos del profeta, querido lector, están establecidos en un campamento ubicado en la ribera Este del Yarden donde confluye con el río Yarmuk, a la altura del poblado de Ainón.

Andreas, primer discípulo del bautista, junto con Philippos, coordinan a los veinte varones y más de diez mujeres que lo apoyan en su misión.

Eran ya más de treinta días —con sus noches— de ausencia y silencio de parte de Yeshuá.

En la comunidad de los discípulos esto provocó aridez y dudas, confusión y conflictos entre ellos respecto a la veracidad del Reino del Cielo y de su desaparecido caudillo.

Algunos de los discípulos del profeta oraban para que el caudillo regresara, pues mucho temían las amenazas del pueblo que los tildaban de embusteros. Otros sugieren organizarse para ir en busca de Yeshuá.

En estos momentos críticos, el bautista, tomando la palabra, habló a sus discípulos diciendo:

“El Reino del Cielo ya está entre nosotros, y en realidad es de tal naturaleza que lo que ven los ojos y los oídos oyen, no es suficiente para descubrir su relevancia y dimensión”.

“Es necesario el obsequio de la fe, la cual nos hace aferrarnos a lo prometido, aun cuando no lo podamos ver”, les dijo.

Y comenzando con el sacrificio de Abel, hasta llegar a Elisheba —su madre— y a Mariam —la madre del Mashiaj— el profeta dio la mejor lección que he escuchado acerca de la fe que recibieron y profesaron nuestros antepasados.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06.

@delosabuelos Antonio Alonzo

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán