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Uno, dos, tres… por la adultez

Por Antonio Alonzo Ruiz (*)

Recuerdo, querido lector, cuando el bautista explicaba que la fe necesaria para entrar al Reino del Cielo es un regalo que viene de lo alto.

El obsequio de la fe, enseñaba el precursor, no es solo la luz de la que habló el profeta Isaías cuando dijo: “a los que habitaban un país de sombras, una luz brillante los cubrió”, sino que la fe que viene de lo alto además de iluminar, transforma la mente del creyente en una totalmente nueva y distinta.

Creer en la buena nueva del Reino del Cielo, predicaba el bautista, es dejar la vieja forma de pensar y adoptar un nuevo orden de pensamiento y de vida.

Al nuevo creyente, explicó, le toca la difícil tarea de creer y guiarse, no por lo que revela la carne o la sangre sino por lo que se le revela de lo alto.

Al nuevo creyente, abundó, le toca vivir en un continuo “confiar” en lo que no se ve y en un siempre “abandonarse” a lo que aún no se posee.

Para que se establezca el nuevo orden del Reino del Cielo, insistió el profeta, es necesario que el creyente se deje transformar desde dentro y entregue lo más valioso que posee y lo único que puede decir que es realmente suyo: “su pensamiento y su conducta”.

Dicho de otra manera, debe morir al hombre viejo y revestirse del hombre nuevo que, por cierto, ya está en medio de nosotros, concluyó.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de emociones y envejecimiento. WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo

 

 

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