Oloroso anexo de la librería Proceso en céntrica plaza
Si usted o yo –amable lector– tuviéramos un día tan agitado y plural como el de la maestra Yazmín Gaspar Góngora, algún cortocircuito neuronal nos dejaría derrumbados dos o tres horas en algún sillón al retornar a casa por la noche.
Cinco o seis tazas de café sirven de combustible de ignición y marcha para esta amazona que tiene dos muchachotes en edad universitaria, un esposo michoacano que suda Matemáticas por todos los poros (es docente en UADY) y una simpática vecina, casualmente su madre, quien siempre intenta —infructuosamente— vigilarla.
Yazmín es vendedora de libros y revistas de Proceso, trabaja en los engranajes inmobiliarios, vende fina ropa para niños llamados Gaby o Mateo el monstruo y lee en voz alta poemas eróticos y sagrados junto a un compadre que tiene la doble desgracia de ser adolescente y de la tercera edad al mismo tiempo.
La hemos visitado en Plaza Diamante dos amigos: el historiador Adolfo Góngora López, su paciente tío, y quien estas líneas unifica. Nuestro propósito fue de modalidad simplemente práctica: conocer los anexos que la maestra ha colocado a una librería a cuya inauguración asistimos hace tres años.
El tal anexo resultó —¿Cómo no?— una cafetería para surtir de energía a otros viciosos del aromático liquido que, en el siglo XI, ya bebía con fruición el poeta Omar Ilbrahim al Kayyam después de esas huarapetas que el Corán prohíbe en varios de sus suras.
Quiere la maestra Yazmín ofrecer a los clientes varios tipos de café, motivo por el cual se ha surtido de máquinas preparadoras que ya humean a escasos metros de libros escritos por aficionados al capuchino como Juan Villoro, Julio Cortázar, el espléndido invidente de Buenos Aires, Antonio Machado y el tenebroso Edgard Allan Poe.
La cafetería se llama “Poesía”, nombre que intenta inducirnos la idea de un lapso grato asociado a los textos poéticos cuando exponen su belleza cerca de tazas humeantes con grano recién molido.
El virus chinesco hace impensable una inauguración en forma, con invitados sencillos y de la intelectualidad, así que Yazmín nos recibe con la noticia de que la apertura oficial sería enseguida, sin más ni más, con nosotros de padrinos y portadores de la buenaventura.
El menú está formado sólo con galletas —de nuez y almendra— más una serie de ofertas cafeteriles con nombres lanzados al regazo de los clientes: Soneto es el café americano; Décima, el capuchino; Verso libre, el café con leche. Un tratado de preceptiva literaria se desenredada entre muchas olorosas tentaciones para quienes son adictos al “negrito” mañanero.
“Corte de listón”
Don Adolfo y un servidor, tras el imaginario corte del listón rojo, nos acomodamos en unas silletas para saborear la taza correspondiente y beber con los ojos las ofertas en libros y revistas. Hay misterio, arqueología, historia universal y patria, ciencia, algo de cine, una que otra biografía, sobre todo la consagrada a Beethoven con motivo del 250 aniversario de su natalicio.
El cronista husmea en su cartera para ver si puede adquirir los cuatro gruesos tomos de los textos periodísticos de Gabriel García Márquez. Textos repletos de esos apetitosos bocadillos narrativos que dejara el Premio Nobel en redacciones de Medellín y Bogotá desde 1948 hasta 1956. La maestra ofrece un plan cómodo: tres se pagan de contado y el cuarto tomo en dos exhibiciones.
Tras cuatro tazas de café, el par de visitantes e inauguradores se marcha a sus respectivas obligaciones, no sin antes prometer un pronto retorno. Y así será, pues algunos libros de los anaqueles nos hicieron guiños y caritas de buen humor.— Jorge H. Álvarez Rendón
