“No ves que son magos”, sentenció mi tía Minda y con eso despejó cualquier duda que pudiese existir sobre la forma en que un caballo, un camello y un elefante entraban por las puertas de la terraza y cocina de casa de mi abuela.
La duda surgió al encontrarme un día en el patio los trastes con el maíz y el zacate que la noche anterior les había dejado bajo mi hamaca, junto con mi lista de regalos, a Melchor, Gaspar y Baltazar, los Tres Reyes Magos de Oriente, para que sus cabalgaduras retomaran fuerzas.
Fue así como llegó la sabia respuesta aderezada con la explicación de que en todas las casas les dejaban comida y debían haber estado ya muy llenos cuando pasaron a la nuestra, razón por la cual la dejaron en el patio, aunque era seguro que sí habían comido algo, o al menos el elefante se tomó toda el agua, pues su traste estaba vacío.
Todos estos recuerdos forman parte de los días mágicos en mi querido Hopelchén, los cuales empezaban en diciembre al conjugarse los novenarios a la Virgen de la Concepción, al Niño Dios, la celebración de la Guadalupana, la cantada de la rama, las cenas de Navidad y de Año Nuevo y la visita de los tres Reyes Magos de la ilusión cargados de regalos.
Desde las primeras noches de diciembre mi tía nos mostraba en el cielo tres estrellas juntas (Almitak, Almilan y Mintaka, astros que forman el cinturón de Orión), y nos aseguraba que eran Melchor, Gaspar y Baltazar, quienes se acercaban a Belén para visitar al niño Dios y de ahí a los Chenes a dejar juguetes, bueno… si te habías portado bien.
De inmediato empezaba la visita a las tiendas de don Pipe, Hiram o don Chito, que era las que exhibían juguetes, para estas fechas, o a Simón, Farah y la Literaria, cuando realizábamos nuestro viaje decembrino a Mérida.
Una vez seleccionado el juguete, exigíamos se le pusiera nuestro nombre, por aquello de que no se equivocaran de niño los reyes, y si la selección estaba en Hopelchén, de vez en siempre nos dábamos una vuelta, para verificar que siguiera nuestro nombre en él.
Y eso de portarse bien no tenía alternativa, tenía que ser cosa segura y quedar asentado en la carta validada por familiares y calificaciones escolares que los reyes consultaban.
Esto lo comprobé cuando un diciembre acabé la Navidad de un flamazo. Mi tía Minda, la segunda mamá que Dios nos regaló a mis hermanos y a mí, tenía la devoción de colocar desde el primer día de diciembre su nacimiento y a su lado o encima, el árbol navideño.
Bajar de los roperos las empolvadas cajas con el viejo árbol plateado, adornos, esferas, personajes del nacimiento, y las series de chilitos y estrellas multicolores, no tenía igual, y convertía el día, la tarde y la noche en toda una fiesta que culminaba con el encendido.
Las vueltas con Chap, sobrenombre cariñoso de Don Carlos Lara y Lara, quien tenía y aún tiene su familia la ferretería más antigua de la población, para buscar repuestos a los focos quemados de las series de luces, eran de lo más frecuente, hasta que por fin el sistema de iluminación navideño quedaba al 100.
El nacimiento se hacía al principio con cajas forradas con los llamados papel tierra, semejando más que establo, una cueva y al fondo se forraba con papel estrella, para simular la noche, luego se rodeaba de paja o rizos de papel pintados de verde, para el follaje y ya después se empezaron a vender las llamadas casitas o nacimientos de madera.
El nacimiento de mi tía era sui generis, no solo tenía a los pastores y a los reyes con su caballo, camello y elefante, sino también vacas, toros, chivos, gallinas, adquiridos en el famoso “El Paje”, de Mérida, sino también leones y hasta un tarzán y uno que otro luchador que le añadíamos comprados en la pasada feria del pueblo, pues todos querían ver al recién nacido.
El singular nacimiento contaba igual con un espejo que simulaba un lago y “nadando” en el patos y cisnes, pero lo “más mejor”, hoy sí que como se dice en buen castellano, era la blanca nieve de algodón, que cubría todo el nacimiento y el árbol plateado y que de verlo hasta frío daba.
Se narra que la noche en que nació Jesús había mucho frío, pero no sé a ciencia cierta si había nieve, pero de que se veía bonito el nacimiento ni qué decir, era algo precioso a mis ojos y aún me estremezco al recordarlo y me estremecí más al quemarlo.
Sucedió que como les contaba líneas arriba me desperté temprano en casa de mis tíos la mañana de Navidad, y hurgando entre los restos de la fiesta de Nochebuena, me topé con un encendedor.
Mis ansias de explorador quisieron experimentar si al encendedor aún le quedaba gas y si el algodón era un material inflamable. La respuesta fue positiva en ambas interrogantes y lo comprobó una enorme llama que en fracción de segundos consumió o más bien derritió el arbolito plateado, acabó con todo el nacimiento y por poco se lleva las cortinas de no ser porque mis gritos de alerta despertaron a toda la familia.
Como la esperanza es lo último que muere un cinco de enero a pesar de las advertencias de que los reyes estaban muy enc…orajinados conmigo, desde temprano fui a buscar el mejor zacate a la calle y los mejores granos de maíz al molino, para junto con el agua ponerlo bajo mi hamaca con la carta que iniciaba: “Querido santos reyes…”.
La alegría de mis hermanos al abrir sus juguetes la mañana del seis de enero contrastaban con las lágrimas que pugnaban salir de mis ojos al observar un largo y hermoso chicote junto una carta que decía: “Querido Luis Iván, esperamos que el próximo año te portes mejor y no andes quemando cosas. Atte. Los Reyes Magos que te quieren mucho”.
Pero si esas lágrimas fueron dolorosas, no creo que lo fuesen más que las derramadas años después, el día en que por fin y tras varios años de intentos descubrí la misteriosa identidad de los Reyes Magos.
“Hoy no me duermo hasta verlos”, me dije con todo un plan ya trazado, que consistió en dormir por la tarde y acostarme temprano por la noche aduciendo mucho sueño, para así mantenerme vigilante, ya que por sabiendas ellos no llegan hasta que el sueño te venza.
Esa noche sabía que los mayores tendrían fiesta en casa de unas amistades, así que mis hermanos y yo nos quedaríamos solos en casa de mi abuela, donde llegaban los Reyes cada año, por lo que desde temprano nos acostaron.
Pasaban las horas y nada, ni los Reyes llegaban, ni mis tíos y mamá salían, lo que me enojaba pues así menos llegarían los Reyes y mis bostezos eran cada vez más frecuentes.
De pronto y entre sueños escucho que se abre la puerta y veo de reojo a mi tía Minda que entraba y en silencio observaba las tres hamacas tratando de confirmar si Morfeo había hecho ya su efecto en nosotros.
Con el cuerpo rígido y el corazón paralizado, más que imaginar adivinaba la escena, y de pronto una voz silenciosa hizo que la sangre se me helara:
“Ya se durmieron trae las cosas”, y a los pocos minutos mi Mamá, mi tía Minda y mi tío Pelón, mis tres Reyes Magos, fueron depositando en silencio los regalos bajo nuestras hamacas, mientras mis lágrimas brotaban una a una desde el fondo de mi corazón.
Mis tíos comprendieron al otro día todo, pues con la escandalosa apertura de juguetes de mis hermanos, contrastaba el silencio del sobrino mayor que ni caso les hacía a los suyos.
Al año siguiente vino el consabido intento de amenaza: “Como tú ya lo sabes, entonces no te van a traer nada los reyes este año”. Más rápido que nada reviré: “Pues si no me traen nada, se lo cuento a mis hermanos”.
Y como el cariño y amor de mis Reyes Magos era inmenso, ese año me trajeron un tocadiscos portátil con dos discos de 45 rpm, uno de Leo Dan y otro de José José, con la Nave del Olvido en el lado A y El Triste en el B.
Así acabó para mí una época de milagros y magia, donde la Navidad en mi querido Hopelchén se respiraba por los poros desde que iniciaba diciembre, con los discos de villancicos que inundaban el aire y los cánticos de las ramas que se multiplicaban a las puertas de las casas.
Con los toritos de luces, los globos, las visitas de la Purísima Concepción a las viviendas que la habían solicitado, los voladores de luces multicolores, petardos y demás juegos artificiales.
Una época en que las puertas y ventanas de la casa de mi abuela Chata se abrían por las tardes y la gente se asomaba a ellas para observar el nacimiento, el arbolito con las tarjetas navideñas prendidas a él, y un pequeño Santa Claus de Luz, sin faltar la estrella de Belén en lo alto del nacimiento y la rosa blanca en espera de que Jesús llegara al mundo.
Iniciaba así otra maravillosa etapa, la de la adolescencia y juventud, cuando a los reyes se les cambiaba por princesas y príncipes y a los juguetes por ropa, pero de esa ahí después hablamos.
Por lo pronto recordemos y celebremos a los Reyes Magos con una tradición reciente: La rosca, y otra muy antigua: el chocolate caliente, y si tienen algún recuerdo o anécdota para aderezarlo compártala con nosotros que con gusto las leeremos.
El Paseo de Reyes…
Con todas las precauciones y medidas de prevención, visité esta Navidad a mis padres en Hopelchén, Campeche, pues yo radicó en Mérida, ahí me enteré de que este año el Tradicional Paseo de Reyes en la ciudad de Campeche no se realizaría, por efecto de la contingencia.
Mi mente viajó muchos años atrás cuando una noche víspera de Reyes acompañé a mi tía a una consulta médica por la tarde a la hermosa ciudad de las murallas, y al salir mi tío César nos llevó a pasear por las interminables calles donde esa noche y hasta el amanecer se colocaban los vendedores de juguetes, ya que la tradición era salir a comprarlos al dormirse los infantes.
En nuestra casa conocíamos a Santa Claus por los discos de las Ardillitas, pero era más bien una figura decorativa, quienes imperaban en nuestro mundo de la fantasía eran los Reyes Magos, además de ser los correctores de conductas, pues a cualquier travesura venía el consabido: “Acuérdate que los Reyes te están viendo”.
Creo que toda época es maravillosa, siempre y cuando exista eso: Fantasía. Al final de cuentas los juguetes que más nos divertían eran los que no costaban tanto o quizás nada: Una lata de leche nido rellena de tierra con un hilo era un carrito.
Un rin de bicicleta girado con un alambre te hacía pasar horas de interminable alegría y del palo de escoba de tu casa salía una maravillosa kimbomba, los árboles te regalaban tirahules, bates y proyectiles para la guerra de naranjazos, huayasos o limonazos.
Y la noche te dotaba de escondites ideales en el parque para guarda busca o pesca pesca. Pero ni hablar siempre estaban presentes para los varones las bicicletas Apache y las Pistas Scalextric y para las damas las muñecas Lily Ledy y los juegos de té.
Amigos inicia 2021 y a seguirnos cuidando por favor. Feliz Día de Reyes.
