Renglones

Margarita Díaz Rubio (*)

Confieso que tengo debilidad por libros y sobre todo por papeles que están en cajones, debajo del escritorio y en repisas de diversa índole.

Conservo con avaricia cartas de mis abuelos y de mis hijos. Guardo con esmero notitas envidiablemente cursis escritas por amigas al cumplir los 15 años, estampas del colegio, recibos, manuscritos, tarjetas de visita, tiernos mensajes llenos de flores dibujadas en la infancia de mis hijos, fotografías sin ordenar, varios cuadernos de apuntes y papeles escritos con una letra apenas entendible.

Al escribir estos renglones, una caja me mira de manera retadora, pues sabe —estoy segura de ello— que me estoy rebelando a tener que revisarla concienzudamente. Una carpeta recién escrita, y que debía ingresar a esta maraña sin nombre, ha desaparecido de manera misteriosa rehusándose a no ser la única en este paraíso de imágenes, escritura y maravilloso desorden…

¿Qué hacer? Estoy en plan de limpieza y trato de eliminar lo innecesario, y lo único que consigo es cambiarlo de cajón pensando que son cosas interesantes que me pueden servir algún día o que, tal vez, podré releer en el futuro.

Lo elemental

Esto está acabando con mi paciencia y sosiego haciéndome recordar a una amiga de Ciudad de México que salió de compras y al regresar trató de encontrar su casa. Ésta había volado por los aires debido a una inexplicable fuga de gas. Las que la estimábamos comentamos entre nosotras que cuál de las cosas materiales hubiese sido la más dolorosa de perder y una servidora contestó al momento: las fotos y los papeles, pues son el sustento para el futuro al recordar el pasado.

Espero, amables lectores, que los libros, los papeles y las fotografías no acaben conmigo antes de que yo termine de cambiarlos de lugar y, ¿saben algo?, por el momento y como resultado de todo esto, tengo miedo de tocarlos, ya que siento que lo único que hacen es reírse de una servidora.

Presidenta del Patronato Pro Historia Peninsular. mardipo1818@gmail.com

 

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