Presbítero Manuel Ceballos García
Jesús prosigue su ministerio con dos parábolas que completan la del sembrador. A primera vista, con la parábola del “grano de trigo” que germina por sí solo, se insiste en la fuerza vital que posee la semilla del Reino de Dios, depositada ya en la tierra, es decir, en el corazón de los hijos de Dios. En la parábola del “grano de mostaza” Jesús hace recaer el acento en el sorprendente y grandioso resultado final de la acción de Dios, pero subrayando el valor decisivo del momento presente.
Así pues, las parábolas de la semilla y del grano de mostaza contienen la idea de crecimiento, con diversas posibilidades de aplicación: la de la semilla habla de la eficacia intrínseca del Reino y de su desarrollo progresivo; y la del grano de mostaza, de la desproporción entre el origen, siendo la más pequeña de las semillas, y el final, cuando es ya un árbol grandioso.
La semilla es fecunda, pero necesita que nosotros seamos la tierra buena que la acoge; después, vendrá el fruto de la virtud: “Cuando concebimos buenos deseos, echamos las semillas en la tierra; cuando comenzamos a vivir bien, somos hierba, y cuando, progresando en el buen actuar, crecemos, llegamos a ser espigas, y cuando ya estamos firmes en la virtud con perfección, ya llevamos en la espiga el grano maduro”, escribió san Gregorio Magno.
Así pues, el reino de Dios —como dirá Jesús en otra célebre imagen— es efectivamente parecido a pocos miligramos de levadura, una realidad invisible respecto a las poderosas estructuras de este mundo, rodeadas de ironía incomprensiones y fracasos. Pero, en cambio, pensemos en el esplendor del éxito final: la espiga llena de granos que se eleva hacia el sol y el árbol de mostaza que puede alcanzar hasta tres metros de altura y sobre el cual pueden posarse y anidar las aves del cielo.
En esta misma línea se sitúa el profeta Ezequiel en la primera lectura cuando habla de la parábola del cedro: en los comienzos hay una ramita frágil plantada por Dios en el monte de Sión, una rama destinada a crecer y convertirse en “un cedro magnífico, a cuya sombra descansarán todas las aves”. Es el árbol mesiánico, signo de vida, de esperanza y protección. “Yo, el Señor, humillo el árbol alto y elevo al pequeño”. Es la oposición entre poderío y pobreza…
En resumen: entre la ramita y el cedro gigantesco, entre la semilla diminuta y el hermoso árbol de mostaza, entre el grano de trigo y la espiga no hay vacío sino energía, dinamismo, un crecimiento silencioso pero eficaz. Hay un movimiento interno dentro de la semilla misma que hace alusión a la gracia divina que impulsa hacia el crecimiento y la plenitud.
