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PRESBÍTERO MANUEL CEBALLOS GARCÍA

“¿No es éste el carpintero?”

San Marcos dice que Jesús llegó a Nazaret, a su tierra, en la que se había hecho hombre y en donde tenía a sus familiares; pero no fue en plan de visita familiar sino a predicar también a sus paisanos la proximidad del Reino de Dios. Por eso aprovechó la primera ocasión y les habló en la sinagoga, como hizo en otros pueblos. Era sábado, por eso no fue preciso una reunión especial.

San Marcos no nos dice nada del contenido de la predicación, pero no descuida el informarnos sobre la reacción que produjo en los oyentes: asombro y desconfianza.

Sus paisanos le conocían bien —al menos eso creían ellos—, conocían a su mamá y a sus parientes —esto debido a que a los primos y a otros parientes se les denominaban con la misma palabra: hermanos—; pero, resultó que, según la opinión de los judíos, cuando llegara el Mesías, nadie conocería su origen.

Por eso, a nadie se le ocurrió pensar que su ilustre paisano fuera el mismo Mesías. Además, sospechaban de su doctrina porque no había estudiado, él no era más que un simple carpintero.

Sus paisanos no aceptaron las palabras de Jesús y no comprendieron en ese momento el misterio de su persona y de su misión al escandalizarse del origen humilde que quiso compartir con ellos.

Así pues, como en el caso del profeta Ezequiel, la soledad y la hostilidad rodearon también a Jesús cuando visitó Nazaret. Siendo ya famoso por sus enseñanzas y por sus milagros, Jesús se presentó a la gente de ese ambiente pequeño y tosco. Los nazarenos escucharon las palabras que pronunció en la sinagoga, palabras que desconcertaron como solo lo sabe hacer un profeta.

Pero los lugareños se quedaron en los detalles de la ropa, en las murmuraciones de los familiares y en las mezquindades del pueblo. En vez de captar lo extraordinario de la palabra de Jesús, los nazarenos se detuvieron en la actitud escandalizada de su familia: sus modestos orígenes de obrero, el lenguaje sencillo, la sencillez de María como mujer de pueblo, lo cual no pudo sino suscitar ironía e incredulidad.

Y, claro, ante ese muro de frialdad, Jesús reaccionó “asombrándose por la incredulidad”, es decir, esa amarga sorpresa ante el rechazo preconcebido, la desilusión ante el vacío espiritual de quien busca solo lo espectacular, y el desconcierto ante la mezquindad y lo superfluo.

Pero, la reacción de Jesús también se expresa a través de aquella cita descubierta en un papiro hallado en Egipto en su forma más completa: “Ningún profeta es apreciado en su patria, ningún médico hace curaciones entre los que lo conocen”, algo que en el mundo griego solía decirse de esta forma: “Los filósofos tienen la vida difícil en su patria”.

Jesús se identificó con Ezequiel que fue maltratado por sus propios conciudadanos o, como Jeremías, que fue perseguido por sus correligionarios. Jesús fue incomprendido, despreciado y dejado solo en este mundo.

Para captar el misterio de la persona de Jesús, hay que abrirse al Jesús real y no reducirlo al retrato que se pudiera hacer de Él.

 

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