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Hablemos de Bioética

No son pocas las personas que enfrentan una gran dificultad a la hora de ejercer su trabajo o en sus relaciones familiares y sociales.

El perfeccionismo tiene que ver con la salud mental y podría tener sus raíces en la soberbia. En el manual de Wenceslao Vial, “Madurez psicológica y espiritual”, dice que en el perfeccionismo se busca a toda costa hacer bien las cosas por amor a nosotros mismos, en vez de hacerlo por amor a Dios, y agregó, “por amor a nuestros semejantes”. Cuando se es consciente de este perfeccionismo se puede llegar a sufrir, pues nos damos cuenta de que no todas las personas son así.

Suelen experimentar una ansiedad exagerada ante lo que deben hacer en el futuro, tienen poca tolerancia por los asuntos pendientes y una gran dependencia de la opinión de los demás.

Un aspecto positivo en estas personas es que tienen una fuerte voluntad de hacer lo que se proponen y resultan muy buenas para desarrollar proyectos. Su deseo es hacerlo todo bien, son responsables y, en general, ordenadas.

Entre los aspectos que se pueden considerar desfavorecedores están que suelen actuar con un sentido anómalo del deber, sin reflexionar, haciendo las cosas porque hay que hacerlas y basta, por obligación y no por la bondad de lo que se hace.

Tienden al nerviosismo, la ansiedad, la tensión y la somatización. A veces son hiperactivos: intentan llegar a todo lo que se proponen. El perfeccionismo es frecuente en la depresión u otras patologías.

Estas características se reflejan bien en lo que dijo san Alberto Hurtado acerca de lo que llamaba “pecados del hombre de acción”: creerse indispensables para Dios. No orar bastante. Andar demasiado de prisa. Querer ir más rápido que Dios. Ceder a los impulsos naturales, a la prisa inconsiderada y orgullosa, dejar de controlarse a sí mismo, alejarse de sus propios principios y finalmente hacer del apostolado un negocio, aunque sea espiritual.

Pero, ¿cómo combatir el perfeccionismo?

Tenemos que partir, que el perfeccionista debe entender que su meta es la serenidad de la vida, que está en un mundo imperfecto, que se encuentra en camino de perfección, es inacabado y se va haciendo cada día por hombres y mujeres imperfectos, limitados, pecadores y con defectos.

Partiendo de esta premisa, todo lo demás se puede trabajar porque en el fondo el hombre y la mujer imperfectos viven en una ansiedad que se puede controlar, a través de la oración y meditación, ejercicios de respiración, ejercicios aeróbicos, una alimentación equilibrada y saludable, y la búsqueda de relaciones sociales sanas y auténticas que permitan un autoconocimiento de sí mismo, y le ayuden a enfrentar sus realidades.

Es muy importante, como menciona el autor Wenceslao Vial, “mirar las cosas con visión de eternidad”, descubrir el verdadero sentido del amor humano y divino, y que Dios es un Padre que nos espera.— Presbítero Alejandro Álvarez Gallegos, doctorando en Bioética

 

“El perfeccionista debe entender que su meta es la serenidad de la vida”

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