Renglones
“En la abnegación lo más raro es la perseverancia”. Napoleón Bonaparte emperador francés
Mateo fue uno de los 12 apóstoles elegidos por Jesús de Nazaret y la tradición cristiana le atribuye la autoría de evangelista. Él, quien vivió 74 años, se dedicaba a coleccionar los impuestos para los romanos, era recaudador cuando entendió la labor que Cristo tenía en la tierra.
El ahora santo predicó varios años en Judea y en países cercanos para, al final, morir en Etiopía, atravesado por una espada cuando estaba orando al pie de un altar después de una misa. Su muerte sucedió después de oponerse al matrimonio del rey Hirciaco con su sobrina Ifigenia, la cual se había convertido al cristianismo debido a la predicación de Mateo.
Esto viene a cuento debido a su evangelio —que fue el primero de los libros del Nuevo Testamento originalmente escrito en hebreo y traducido después al griego— sobre la luz y la sal mismo que clarifica lo que deberíamos de ser los seres humanos para nuestros semejantes: sal y luz.
La sal conserva y le da sabor a los alimentos que preparamos y la luz abre caminos, nos protege de las sombras y nos permite ver con claridad todo lo que nos rodea.
El evangelio de Mateo comienza con un repaso a la genealogía de Cristo, el hijo de Dios y su nombre se simboliza como un ángel cuyo significado es mensajero.
En la religión cristiana, el ángel es el encargado de guiar y aconsejar a los seres para que éstos sigan en el camino del bien. También Mateo, en algunas esculturas de la antigüedad, está simbolizado como hombre. Hombre alado o ángel porque se centra en la humanidad de Cristo.
Los sacerdotes en las iglesias nos aconsejan ser como la luz y como la sal para así poder llevar el mensaje que Cristo dio a la humanidad. Sal y luz, luz y sal. Y perseverar en ese objetivo.
Presidenta del Patronato Pro Historia Peninsular de Yucatán.
