Hispanoamérica, entre dictadura y vida democrática
Entre los jóvenes de Nicaragua el malestar ebulle. Estructuras metálicas que la autoridad llama “árboles de la vida” proliferan en el país, una extravagancia de tintes esotéricos impulsada por la esposa del presidente y que universitarios se disponen a derribar como expresión de hartazgo del gobierno.
Mientras la violencia comienza a salir a las calles, el inspector Dolores Morales tienta a la suerte con su regreso clandestino del destierro en Honduras para estar al lado de la Fanny, enferma de cáncer, y el comisionado Anastasio Prado, conocido a su pesar como Tongolele, trata de recuperar el cargo perdido de jefe de los servicios secretos al mismo tiempo que descubrir a aquél al que debe su remoción.
“Tongolele no sabía bailar” (Alfaguara, 2021), la más reciente novela de género negro de Sergio Ramírez, incorpora al relato sucesos de la historia reciente de Nicaragua que, sin embargo, los lectores mexicanos podrían sentir cercanos. Después de todo, Hispanoamérica tiene un estilo propio de abusar del poder.
“Desgraciadamente es un mal que venimos arrastrando desde el siglo XIX. Ha sido una lucha permanente entre el autoritarismo y la democracia que muy pocas veces se ha resuelto en favor de la democracia. Y esto lo encontramos desde el Cono Sur, extendiéndose por todo el continente”, dice Ramírez, ganador del Premio Cervantes 2017, al Diario.
“Los regímenes dictatoriales lo único que han hecho es cambiar de signo ideológico… yo diría de disfraces; pero la lucha sigue siendo la misma: democracia o dictadura”, señala.
“Tiene mucho que ver con que los procesos de independencia no nos heredaron instituciones fuertes, quedaron definidas solo en la letra de las constituciones. La ambición de alguien cuando llega al poder es controlarlo todo y, después, prolongar ese poder para siempre. Esto se repite bajo distintos modelos en América Latina”.
“Hubo gobernantes que después de la independencia asumieron todos los poderes bajo el pretexto de que se necesitaba una mano firme para crear las repúblicas y las instituciones, pero esos pretextos se acabaron y seguimos viendo el mismo cuento de la reelección, la concentración de poder…”.
Personajes trágicos
Esta forma de gobernar, indica Ramírez, llega a extremos novelescos, de lo que da fe “Tongolele no sabía bailar”, en la que por momentos es inevitable sentir simpatía por los personajes antagónicos. “Lo que pasa es que todos terminan siendo personajes trágicos”, afirma el escritor.
“Vienen de un tronco común que es la revolución. Fueron guerrilleros llenos de ideales, envueltos en una lucha romántica. El inspector Morales sale de la policía consciente que lo que hay es un pretexto retórico que envuelve a esa vieja revolución. Tongolele y Leónidas (líder de la Asociación de Combatientes Históricos) siguen creyendo en ese proyecto”.
“Si lo extendemos a América Latina vamos a encontrar que hay mucha gente que sigue creyendo en los proyectos de los años 60 y 70, en la lucha contra el imperialismo, antioligárquica, cuando es puro humo, lo que tenemos son élites corruptas que se han adueñado del poder para hacerse millonarias o dilapidar los grandes recursos de los países”.
“Pero ¿quién va a convencer a Tongolele y a Leónidas de que eso es así? Ellos son capaces hasta de matar muchachos desarmados por ese ideal que ya no existe”.
Al tomar eventos salidos de la realidad Sergio Ramírez no pretende delatar la situación que vive Nicaragua, porque “una novela cuando se propone denunciar no funciona”, sino que el interés es “establecer en las páginas del libro aquellos hechos que son singulares y por eso llaman la atención”.
Papel de la Iglesia
Figuras religiosas juegan papeles destacados en la historia, como monseñor Bienvenido Ortez y los padres Francisco Xabier Aramburu y Octavio Pupiro, identificados con los inconformes con el régimen. Pero el autor no retrata a la Iglesia bajo una luz uniforme.
“En la vida real el obispo (Silvio José) Báez (Ortega, auxiliar de Managua, y en quien se inspira el personaje de monseñor Ortez) fue enviado a Roma, según el Vaticano para liberarlo del peligro de muerte que corría y donde se suponía que iba a asumir un cargo; otras voces dicen que lo que hubo fue un arreglo diplomático entre el régimen de (el presidente Daniel) Ortega y el Vaticano para sacarlo de por medio. ¿Cuál es la consecuencia de esto, no digamos la verdad? Que el obispo Báez nunca recibió un cargo en Roma y vive exiliado en Miami”.
“El papel de los curas ha sido muy importante a lo largo de la historia de Nicaragua, con sacerdotes que se comprometieron y fueron sancionados por el Vaticano, como el padre Ernesto Cardenal y su hermano Fernando. El cardenal (Miguel) Obando (y Bravo) primero fue enemigo a muerte de Ortega y después su aliado incondicional. Y el papel de los jesuitas, de la Universidad Centroamericana en Managua, universidad católica que siempre estuvo muy comprometida con la teología de la liberación y hoy día sigue comprometida con el movimiento popular contra el régimen”.
Entre tantos sucesos terribles Sergio Ramírez encuentra espacio para el humor, tanto en la narración como en los diálogos. “Cuando uno enfoca hechos de una violencia semejante si no toma distancia de alguna manera se expone al fracaso”.
Una de esas maneras es convertirlos en novela policíaca. “No me veo narrando estos hechos desde la perspectiva de una víctima, porque estaría introduciendo un elemento demasiado dramático y arriesgándome a volverlos retóricos con el discurso. Aquí no puede haber discurso, lo que puede haber son hechos”, sentencia.
“La otra manera es revistiéndolos con la coraza del humor en los diálogos y en la relación que tienen entre sí los personajes”.
Además del Cervantes, Sergio Ramírez ha ganado los premios Alfaguara (1998), de Narrativa José María Arguedas (2000), José Donoso (2011) y Carlos Fuentes (2014), entre otros. De los efectos de obtenerlos también trata de tomar distancia.
“Hoy hay un decreto que establece que cualquier nicaragüense que reciba un premio literario tiene que ser autorizado por el régimen. De manera que para los futuros premios o pido permiso para recibirlos (ríe) o caigo bajo el rubro de traición a la patria”, apunta.
Los agradece porque “abren mi espacio de lectores”, sin embargo “no son un punto de llegada ni mucho menos; los premios se reciben, se disfrutan, pero uno tiene que seguir adelante como si no existieran”.
“La obra literaria debe independizarse de los premios literarios porque la confianza en un premio puede afectar lo que uno va a escribir; la confianza en que ‘bueno, como soy premiado puedo escribir cualquier cosa’ es mortal para un escritor. Uno tiene que enfrentar el desafío de la escritura como si estuviera en la mera llanura”.— Valentina Boeta Madera
