Foto: Megamedia

Uno, dos, tres… por la adultez

Antonio Alonzo Ruiz(*)

En el valle casi desértico que se extendía al oriente de la fortaleza, se levantaban pétreas murallas de unos 20 metros de altura que se extendían hasta llegar a una calle de subida —totalmente amurallada— que trepaba directamente a la hermosa puerta del sol de palacio.

El nombre de la ciudadela era Mishnaqa; creada como cerco de protección y para que las familias de soldados, guardias, miembros de la corte real, sirvientes y trabajadores de la fortaleza vivieran en ella.

Entre sus habitantes había simpatizantes, seguidores e incluso algunos discípulos del Bautista que habían estado yendo y viniendo a partir de que el profeta fue encerrado en la fortaleza.

Dos discípulos más habían llegado a Mishnaqa para visitar al precursor.

Uno, el joven Yohannan Markus —discípulo del afamado Theodorus de Cirene— que traía una carta de su tío —Yohannan Barnabas, el chipriota— dirigida a Hordos Antípas, en la cual le solicitaba, en nombre de su larga amistad, permitiera a sus portadores visitar al profeta. El otro era Luqa, quien había acompañado al Bautista en su camino a Mishnaqa.

Sin dilación ambos discípulos fueron conducidos al subterráneo donde estaba preso el profeta.

Hablaron de todo lo sucedido —sin interrupción alguna— por largas horas.

Fue un encuentro reconfortante de viejos amigos; ninguno de los tres personajes parecía tener prisa o preocupación alguna pues, al parecer, todo marchaba sobre ruedas.

Eran hombres de fe, eran hombres de Dios.

Psicólogo clínico, UVHM. Manejo de Emociones y Envejecimiento Saludable.WhatsApp: 9993-46-62-06. @delosabuelos Antonio Alonzo

 

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