Ruth Bennett interpreta la obra “Máscaras”

La lluvia no fue pretexto para no escuchar a la orquesta

En primer término, albricias y un paso al frente. Anteanoche, en su teatro sede, Peón Contreras, comenzó la XXXVI temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán bajo el liderazgo del maestro Juan Carlos Lomónaco, director titular, y con el desarrollo del tradicional recital “mexicano” que puntualiza el ánimo septembrino en nuestra patria todavía “vestida de percal y de abalorio”

Para esta ocasión, don Juan Carlos armó un relicario con piezas ubicadas en el modernismo expresionista y breves pulsaciones de la vieja Europa. Un madrileño refugiado entre nosotros (Rodolfo Halffter), dos clásicos del nacionalismo (Silvestre Revueltas y Pablo Moncayo), un idealista que representa lo mejor que se compone actualmente en nuestro país (Arturo Márquez) y un yucateco —Roberto Abraham— con estudios avanzados en Austria y en Estados Unidos. Para recibir esta canasta, el público fiel que nuestra sinfónica se ha ganado a pulso dejó a la lluvia pertinaz con un palmo de narices.

El exiliado

Dado su indiscutido talento, una vez que la guerra civil española lo aventara en nuestras costas, el maestro Halffter supo hallar acomodo entre sus colegas del modernismo mexicano, aunque sin renunciar a su propia inclinación estilística, algo plural, pero que lo involucraba con Manuel de Falla y Enrique Granados.

De entre sus partituras escuchamos ahora la Obertura Festiva op 21 (1953) que resulta una vibrante miniatura con sintético lenguaje y chispeante acentuación que deriva en un feliz acceso para el oyente común que le teme a las complicaciones. Melodía quebrada con cambiantes énfasis que vitalizan el ritmo. Nuestra orquesta mereció los nutridos aplausos del público.

La hora del arpa

Siguió Márquez —“Máscaras”, Concierto para arpa (1998)— cuya habilidad técnica se ha decidido no solamente en otorgarle al danzón textura sinfónica con puntuaciones rítmicas de gran donaire, sino también adhiriendo su vocación al dolor ante las injusticias que padecen los campesinos indígenas, cuyas protestas derivan muchas veces en crímenes masivos.

“Máscaras” —simbólico nombre de faz oculta— está dividida en cuatro segmentos: el primero y el último evocan la lucha social. El par intermedio hace hincapié en el perpetuo oleaje de la música popular que es como la semilla espiritual de la sencilla gente.

La composición inicia con un adagio —Máscara flor— que reproduce el recuerdo de una niña chiapaneca, superviviente de la matanza de Acteal (1997), quien sostenía un brote de áloe en mitad del infortunio, entre las mujeres y los niños masacrados. Se trata de un fragmento dulce, delicado, en el que clarinete y flauta ceden la primacía al arpa, acariciada en este caso por la maestra Ruth Bennett.

El segundo movimiento —Máscara son— es un elogio a la forma musical más genuina de México. El arpa abre la danza con brío y recibe el tributo orquestal con insistencia de las percusiones. Las partes de solista están dispuestas para el activo virtuosismo y ni qué decir que la señorita Bennett estuvo en plenitud de facultades.

El tercer instante —Pasión según san Juan de Letrán— es un cariñoso ofertorio de Márquez a su forma favorita, el danzón, en recuerdo de la avenida capitalina donde abundaban los salones de baile. Las cuerdas en bajo profundo evocaron los danzables pasos. Por último, llegó la Pasión según Marcos, donde las cuerdas en pizzicato y un arpa nerviosa hacen referencia al manifiesto de aquel “comandante” durante el alzamiento zapatista de 1994. Fueron vehementes los aplausos del público ante este estreno musical entre nosotros.

Revueltas

Tras el intermedio, vino Revueltas con su alborotado pelo y el rostro desesperado. Junto a su tumba dijo Pablo Neruda: “Tu corazón de catedral nos cubre, así como tu canto grande y volcánico”. Ese fue el que escuchamos en una de sus obras “menores” según Peter Garland.

Una compañía ferroviaria solicitó a don Silvestre que urdiera el entramado musical para un documental sobre el tendido de redes en Baja California. De aquella partitura, el autor extrajo más tarde una pieza que llamo Música para charlar.

En una carta a su hermano Fermín, Silvestre Revueltas se refiere a la pieza como una búsqueda de serena pureza: “música para charlar, para tomar el te, qué se yo… Música para no pensar”. Paradójicamente, a no pocos oyentes les inunda el pensamiento de imágenes.

En la composición privan dos ideas: el lento tendido de las rieles y la soledad inmensa del desierto y se combinan los sonoros brincos rítmicos con ese pulso tenso, exploratorio siempre, que es propio del maestro. Fue recibido con sensible agrado.

Acto seguido, nos fue dado escuchar una evocadora y firme página un tanto impresionista del señor Abraham, cuyo mismo nombre —Pieza vienesa— nos reporta posiblemente a remembranzas de su etapa estudiantil por las calles de la antigua urbe imperial, cuando el extraño intenta amoldarse a nuevas realidades mientras la existencia se mira con ojos poblados de optimismo que el devenir de los acordes lograron capturar. La disfrutamos.

El Huapango

Un recital septembrino no finaliza apropiadamente sin la obra emblemática del nacionalismo, la oda triunfal sobre la patria no importa cuantas décadas transcurran: el Huapango de José Pablo Moncayo, que fuera, antes que el himno oficial de Bocanegra, la pieza de ingreso a la Hora Nacional cada domingo.

Aunque en arreglo reducido por exigencia de las dimensiones orquestales, la pieza mantiene, hasta cierto punto, su elocuencia. Sus briosos, celebrados compases, párpados abiertos de la raza, convocan el alzamiento de las fibras más íntimas de cada ciudadano. Es como si un mariachi inmenso, surgido para el caso, estallara en clamores que abarcan matices desde la melancolía hasta la euforia.

Toda la patria suave y amorosa late en esta enérgica pieza. Vislumbramos el relámpago verde de los loros, la provincia con el rondar de palomos colipavos; aspiramos el santo olor de la panadería y nos extasiamos con la galana pólvora de los juegos de artificio. Como Velarde, podríamos decirle al gran Huapango: No cambies nunca. Sé siempre igual, fiel a ti mismo.

Un aplauso generoso y prolongado premió no sOlo la ejecución del Huapango, sino la suma de la noche entera.— Jorge H. Álvarez Rendón

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